El Apocalipsis

¿Qué es el Apocalipsis?
¿Para quién se escribió?
¿Para qué se escribió?
Estructura del Apocalipsis

 

SITIOS RELACIONADOS

Escatología
Escatología colectiva

 

 

¿Qué es el Apocalipsis?

El Apocalipsis, para muchos cristianos, es un libro que provoca sentimientos de temor e incomprensión. Y no es un sentimiento que parezca injustificado, el último libro de la Biblia se presenta como una crónica de la destrucción del mundo desde una perspectiva amenazadora y violenta. Entretejido de simbolismos que en muchos casos resultan inexplicables y grotescos, el Apocalipsis va desgranando una interminable sucesión de guerras, epidemias y cataclismos sobrecogedores. Muchos han pretendido encontrar aquí una crónica detallada de los acontecimientos finales de la historia a partir de la cual se podría descifrar la fecha del fin del mundo. A pesar de que la lista de los fracasos es amplia (hay algunos ejemplos en el recuadro), todavía siguen produciéndose intentos.

LA FECHA DEL FIN DEL MUNDO

Debido al uso que el Apocalipsis hace de claves numéricas y temporales, este libro ha sido tenido por muchos como un instrumento para calcular la fecha del fin del mundo. Frente a esos intentos debemos recordar que Jesús no quiso decirnos la fecha exacta de su venida para que nos mantuviéramos vigilantes (Mc 13,33). Pese a todo no han sido pocos los que han desoído esta advertencia y han anunciado la fecha del fin del mundo. Como ejemplo aleccionador podemos recordar algunos casos de vaticinios errados.

500 Hipólito de Roma, obispo
1200 Joaquín de Fiore, monje católico

1525

Thomas Müntzer, anabaptista

1533

Melchior Hoffmann, anabaptista
1663 Toldervy, cuáquero
1688 J. Neper, anglicano
1766 Isaac Newton, anglicano
1914 Ch. Russell, testigo de Jehová
1925 J. Rutherford, testigo de Jehová
1988 E. Whisenant
2000 S. Sewall

Sin embargo, no parece ser esta la idea del autor del libro, que dice anunciar algo que está próximo y proclama dichosos a los que lo lean y escuchen (1,3). Esto debe ponernos en alerta, si el Apocalipsis no es un libro que nos hace sentir dichosos es que no lo estamos comprendiendo correctamente. Todos los malentendidos que rodean al Apocalipsis tienen su origen en no hacerse dos preguntas fundamentales para poder comprender su mensaje: ¿qué es el Apocalipsis? ¿Para qué se escribió el Apocalipsis?

En la presentación del libro (1,1-3) encontramos ya una serie de referencias que nos ayudan a situarlo. En primer lugar se dice que se trata de una revelación (Apocalipsis en griego) de Jesucristo, que este manifiesta a Juan. El versículo 3 nos da más datos al hablar del que lo lee y de los que lo escuchan (se trata, por tanto de un libro pensado para ser leído en una reunión comunitaria), y al decir que es profecía y que el tiempo está próximo. Son varios, por tanto, los temas que tenemos que tratar: el sentido de la revelación, la relación entre apocalipsis y profecía, la situación de Jesucristo en el libro y su valor litúrgico.

Una revelación

Apocalipsis significa “revelación”, es decir, descubrimiento de algo que estaba oculto. La primera y principal pretensión de este libro es quitar el velo a la realidad. Hoy, como hace veinte siglos, la historia la hacen los triunfadores, los poderosos, los grandes imperios, pero ¿son las cosas realmente así? Cada vez más nos damos cuenta de que no, la historia está entretejida de sufrimiento, de trabajos y dolores de una ingente masa anónima que parece pasar por ella sin dejar rastro. De esos es de los que en primer lugar nos quiere hablar este libro, de todos aquellos que sufren el poder. El Apocalipsis nos pone ante los ojos ese reverso de la historia que muchas veces querríamos ocultar porque es demasiado doloroso, pero que no deja de estar ahí.

Pero esto no es suficiente, un libro que nos hablara únicamente de los males que acosan a la humanidad sería algo tremendamente realista, pero también tremendamente desesperanzador. El Apocalipsis sabe que no basta con ver este reverso de la historia, porque el único Señor de la historia es Dios que manifiesta su poder decisivo en Jesucristo. De ese Señorío de Dios nos habla el Apocalipsis como trasfondo último de todo acontecer. En este libro todas las luchas de la humanidad se presentan bajo la luz de una deslumbrante liturgia cósmica, porque todo está destinado a servir, el último término, como manifestación del poder salvador de Dios. Ante los males del mundo nosotros también estamos tentados de preguntar algo parecido a lo que los discípulos preguntaron en una ocasión a Jesús: ¿qué pecado hemos cometido para recibir este castigo?, la respuesta de Jesús fue entonces clara: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Juan 9,3). Esta es también la respuesta del Apocalipsis: no nos podemos conformar con mirar los sufrimientos de la humanidad como el castigo de una oscura culpa, sino el camino misterioso por medio del que se manifestarán al mundo las obras de Dios.

Profecía y apocalipsis

Cuando se habla de profecía o de profetas lo que pensamos normalmente es en personas que adivinan el futuro y predicen lo que va a ocurrir. No es ese el sentido de la palabra en la Biblia. Profeta es el que habla en nombre de Dios, tanto cuando predice el futuro como cuando orienta en el presente, que fue la labor más común de los profetas de Israel.

No es este el lugar para trazar la historia del profetismo en Israel. Lo que tiene importancia para nosotros es la existencia de profetas que dejaron un testimonio escrito de sus oráculos (recogidos en los libros proféticos del Antiguo Testamento). Estos oráculos proféticos del Antiguo Testamento tienen unas características literarias comunes que nos permiten hablar de un género literario profético con los siguientes rasgos principales: El autor, que es una persona conocida, transmite una palabra de Dios para que los oyentes se conviertan y obedezcan a su voluntad. El profeta está convencido de que la historia se construye en el diálogo entre Dios y el mundo, detecta los fallos y las necesidades de su tiempo y en nombre de Dios impulsa al cambio. El contexto propio de la profecía es una situación social con cierta estabilidad en la que se advierten posibilidades de mejora. Como ejemplo del oráculo profético podemos leer Amós 5,21-24. En ese texto vemos como el profeta critica las celebraciones litúrgicas y pide, en nombre de Dios, que haya justicia en Israel. Se trata de una invitación a la conversión que se hace en nombre de Dios para que el pueblo viva en conformidad a la Alianza.

Entre las formas de expresión de los profetas tienen un lugar especial también los símbolos, que sirven para expresar de un modo impactante el anuncio profético (por ejemplo Jeremías 19, 1-2. 10-11). Los símbolos proféticos son formas de expresar con más claridad y vitalidad el contenido de la palabra.


LAS VISIONES DEL APOCALIPSIS

Juan habla continuamente en el Apocalipsis de visiones. Esto plantea un problema: si no fueron visiones en sentido estricto (como en un cine) no pueden tener credibilidad, serían imaginaciones del autor, pero si fueron visiones en sentido literal no se pueden explicar las incoherencias que hay en ellas (entre 1,11 y 2-3; entre 6,14 y 6,15; entre 8,7 y 9,4).

¿Qué nos dice el mismo Juan sobre el estado en que tuvo las visiones? varias veces habla de un estado “en espíritu” (1,10; 4,2; 17,3 y 21,10). No es claro el significado de estar “en espíritu”. En cualquier caso, y en primer lugar, el Apocalipsis presenta un número de visiones suficientemente amplio como para que difícilmente puedan ser recordadas con precisión. En segundo lugar no podemos perder de vista que es una composición literaria que incluye grandes dosis de referencias tomadas del Antiguo Testamento. Se trata, por tanto, en la mayor parte de los casos, de imágenes literarias más que visuales. El Apocalipsis es una composición metafórica más que descriptiva.

Desde este punto de vista la visión es un recurso literario con valor teológico. Es una metáfora con la que se expresa una percepción del sentido profundo de la historia. Sería entonces un indicativo del valor del libro, que no es una invención de Juan, sino la expresión de un conocimiento recibido de Dios por Jesucristo: La interpretación del sentido profundo de la historia a partir de la fe. En este sentido se trata de una visión, una forma de ver que detecta aquello que está oculto en el mundo, pero es accesible desde la fe en Jesucristo.

¿Qué podría pasar si la situación se volviera desesperada? ¿qué tendría que hacer un profeta que viera al pueblo tan sometido que su misma conciencia y existencia como pueblo estuviera amenazada? En una situación así no bastaría su propia autoridad para llamar a su pueblo a la conversión y a la esperanza. Es más sería casi imposible dar esperanza porque cualquier intento de reconstrucción por parte del pueblo aparecería como destinado al fracaso. Sería necesario algo mucho más fuerte para provocar la reacción del pueblo. En un contexto así es donde nace la apocalíptica, cuyos rasgos son el resultado de la radicalización del profetismo que se produce en tiempos de desesperación.

El apocalíptico usa la pseudonimia, es decir, atribuye su mensaje a algún personaje importante del pasado. Con esto logra dos efectos, se inviste de autoridad ante los lectores y además puede dar verosimilitud a sus anuncios porque presenta acontecimientos ya pasados como predichos con anterioridad. Por otra parte el apocalíptico no espera ya la conversión del pueblo, sino la intervención de Dios, cuando la situación no tiene ninguna salida humana la única fuente de esperanza para un pueblo totalmente derrotado es una intervención directa de Dios, y eso es lo que anuncia el apocalíptico para generar una nueva esperanza. En este contexto también se radicaliza el uso de los símbolos, que se usan para descifrar la situación presente y provocar una esperanza de algo nuevo. El contexto propio de la apocalíptica es una situación social extremadamente crítica a la que no se ve salida. Por eso se quiere fortalecer la esperanza en la intervención de Dios y en la posibilidad de un cambio radical de la realidad. La apocalíptica judía es un género que tiene sus grandes épocas de florecimiento en situaciones así: el destierro, cuando la nación judía ve amenazada su existencia por haber perdido su tierra y la dominación griega, cuando la amenaza viene por el intento de introducir las costumbres y la cultura griega en el seno de Israel.

Un ejemplo de apocalíptica del Antiguo Testamento lo podemos encontrar en Daniel 5,23-30. Parece un relato profético, un oráculo verbal y un símbolo que expresan la voluntad de Dios. Las cosas son, sin embargo, bien distintas. Aquí no es el símbolo el que explica a la palabra, sino la palabra la que explica el símbolo. El símbolo aparece como un mensaje codificado que necesita ser interpretado por la palabra para ser comprendido. También el mensaje tiene un objetivo distinto, no se da una oportunidad a la conversión, ya todo está decidido y lo único que queda es aceptar la voluntad de Dios en cuyas manos está todo. Daniel se limita a anunciar un futuro insoslayable.

Tanto el profeta como el apocalíptico quieren transmitir una palabra de Dios en una situación concreta. El profeta privilegia y resalta la necesidad de conversión, el apocalíptico la necesidad de esperanza. Esta acentuación admite también sus matices, hay profetas que dan en ocasiones mensajes apocalípticos y apocalipsis proféticos.

La época de finales del siglo I tiene características parecidas para los cristianos. El cristianismo fue considerado por parte del Imperio Romano como una religión antisocial que no aceptaba los cultos a los dioses que servían para cohesionar al Imperio. Ya en la época del Emperador Claudio los judíos y los cristianos fueron expulsados de Roma a causa de las disputas que tenían lugar entre ellos. Nerón acusó a los cristianos del incendio de Roma aprovechando que el secreto con que se veían obligados a protegerse provocaba en la generalidad del pueblo la hostilidad y la maledicencia (se les acusaba de adorar a una cabeza de asno, de canibalismo e incluso de practicar el incesto). En la época de Domiciano también los cristianos fueron de nuevo perseguidos.

En el contexto de esta última persecución parece ser que se escribió el Apocalipsis. Las razones para esta suposición son dos. Juan dice estar en la isla de Patmos a causa del testimonio de Jesús (1,9), esto es bastante coherente con la época de Domiciano, emperador que usó con cierta asiduidad el destierro como castigo. Por otra parte parece aludir a Domiciano la cabeza de la fiera herida de muerte que se cura (13,3), porque en su época existió la creencia de que este emperador era Nerón vuelto a la vida. La Iglesia de esta época era una comunidad oculta y perseguida que temía por su propia subsistencia en medio del acoso a que se veía sometido por parte de los poderes públicos y la sociedad en general. En esta situación de temor en la que puede cundir el desánimo el Apocalipsis quiere renovar la esperanza de los cristianos retomando las técnicas y los modos de expresión de la apocalíptica judía.

El Apocalipsis es precisamente un libro a medio camino entre lo profético y lo apocalíptico. El autor no se oculta tras ningún pseudónimo, como los profetas, pero usa un lenguaje visionario cargado de símbolos que necesitan explicación, como los apocalípticos. La espera de la intervención de Dios no elimina la llamada a permanecer en la fe, sino que la motiva. Es un libro para el presente: El presente cronológico de la Iglesia del siglo I y el presente continuo de toda la historia de la Iglesia.

Un libro cristiano

El Apocalipsis se presenta también como revelación de Jesucristo (1,1), que es el protagonista del libro. Un pasaje significativo y modélico de la forma de entender a Jesucristo del Apocalipsis lo tenemos en la visión inicial de Juan (1,12-20).

Jesucristo aparece entre siete lámparas, que recuerdan tanto al Templo de Jerusalén (Ex 37,17-24) como la vigilancia del Señor sobre la tierra (Zac 4,1-14), Juan recarga todavía más el simbolismo con un nuevo significado: las siete Iglesias. Intentando reunir todas estas ideas el sustrato sería que la Iglesia, en medio de la que está la presencia viva de Jesucristo, es lugar de la presencia de Dios (Templo) y objeto de su vigilancia providente (Zacarías).

¿Cómo es ese Jesucristo que vive en medio de su Iglesia? en primer lugar y sobre todo humano, Hijo de hombre, y aquí Juan recoge un símbolo de Daniel donde el poder humano de Dios se contrapone al poder bestial del mal (Dn 7, 13-14). Este Jesucristo humano y humanitario está adornado por una amplia serie de signos de poder y honor:

  • Túnica larga y pecho ceñido aluden al sacerdocio (Ex 29,5) y a la dignidad (Dn 10,5).

  • Cabellos blancos de anciano que denotan sabiduría.

  • Ojos como llamas: su mirada ilumina (Dn 10,6).

  • Pies de bronce: contrapuestos a la estatua del sueño de Nabucodonosor (Dn 2,31-45) indican un poder duradero.

  • Voz como estruendo de aguas torrenciales: Recuerdan el poder de Dios para acabar con el mal (Gn 6-8), para liberar (Ex 14) y dar vida (Ez 47)

  • Siete estrellas en la mano: Puede ser una alusión a los siete planetas entonces conocidos, con lo cual significaría su poder sobre el universo. Posteriormente estas estrellas son explicadas como signo de los ángeles de las Iglesias, con lo que haría referencia de forma particular a su poder sobre la Iglesia.

  • De su boca sale una espada de doble filo: La metáfora de la espada se usa en la Biblia para expresar el poder de la palabra, aquí en particular estaríamos ante un símbolo del poder de discernimiento de la Palabra de Dios que encontramos en boca de Jesús (Hb 4,12)

  • Aspecto como el sol: Es un Jesucristo glorioso que lo ilumina todo.

A través de este amplio juego simbólico se nos presenta un Jesús resucitado, resplandeciente, y vivo corporalmente en su Iglesia. Es una visión complementaria a la de los Evangelios, mientras que éstos nos llevan al Resucitado a partir del Jesús humano, el Apocalipsis ve la humanidad de Jesús desde el resplandor deslumbrante de su Resurrección. Es precisamente este Jesús glorioso y henchido de poder aquél en quien confía y a quien espera la Iglesia. Desde su ser glorioso Jesús va a dirigirle su Palabra, y veremos como en las cartas a las siete Iglesias se irán retomando los distintos elementos de esta descripción en relación con cada una de ellas.

Un libro litúrgico

La introducción del libro hace referencia a una situación litúrgica al hablar del que lee y los que escuchan las palabras de profecía del libro (1,3). Estamos, por tanto, ante una obra pensada para ser usada en las celebraciones comunitarias cristianas.

La finalidad litúrgica es algo que impregna tanto el libro que su contenido puede ser visto como la descripción de una inmensa y fastuosa liturgia celestial que revierte en la tierra. Mientras la liturgia celestial, que es realización plena de la liturgia del Templo de Jerusalén, marca el ritmo de la historia, la vida de la Iglesia es un reflejo terrestre de la gloria de Dios en el cielo.

La liturgia del Apocalipsis recoge la tradición hebrea reinterpretándola a partir de Jesucristo. Un ejemplo claro lo tenemos en la gran liturgia celestial de los capítulos 4-5. Tras una presentación de Dios en la grandeza de su gloria como Señor del Universo y de la historia que recoge la descripción de Isaías 6 la visión se centra en el libro sellado que está en su mano. Este libro representa el misterio de la historia y de la voluntad de Dios sobre ella. Desde este momento la dirección de la alabanza gira hacia el cordero, que es digno de abrir el libro y romper sus sellos. El misterio de la voluntad de Dios sobre el mundo se hace revelación a través de Jesucristo y la Iglesia es invitada a participar en la alabanza celestial de esa gloria. El cristiano que celebra la liturgia está ya participando por medio de Cristo en la manifestación de la historia como lugar de la obra salvadora de Dios.

EL ESCOLIASTA

   

Portada | Fe | Biblia | Domingo | Pasión | Camino | Cultura | Libros | Enlaces | Correo
 
EL ESCOLIASTA 2004