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La promesa: tensión hacia el futuro

 La vida entera de Abraham está marcada por la iniciativa amorosa de Dios. Es el primero que interviene, ya que lo elige, le hace salir y lo conduce “por sus caminos a un país desconocido”. Desde los inicios manifiesta Dios una generosidad para con Abraham sin límites. Las promesas le muestran un futuro maravilloso.

Las promesas de Dios le abren a Abraham un horizonte nuevo: una apertura en tensión hacia el futuro. Por tanto, su fe está marcada dos notas que caracterizaran su propia existencia: la primera es que será en la historia donde se desarrolla y crece, con todos sus avatares, e incluso con sus contradicciones, la promesa de Dios; y la segunda es que esa misma promesa nos abre a una esperanza nueva y transcendente manteniéndole en tensión hacia un futuro por construir.

¿Cuándo y cómo se realizará la promesa? Ella se irá realizando en el mismo caminar histórico de Abrahán que debe vivir su vida en una espera confiada al Dios que lo ha llamado. Será Dios el que la realice aún en medio de condiciones humanas adversas, y será de una manera inesperada. Es por ello que la esperanza es la acompañante inseparable de la fe.

Abrahán conocía a Dios  porque creía en él, esperaba en él. Sin el conocimiento de la fe, la esperanza se convierte en utopía que se pierde en el vacío. Pero sin la esperanza la fe decae, se transforma en pusilanimidad (falto de ánimo y valor) y, por fin, en fe muerta. Mediante la fe encuentra el hombre la senda de la verdadera vida, pero sólo la esperanza le mantiene en esa senda. Así la fe transforma la esperanza en confianza; y la esperanza dilata la fe y la introduce en la vida.

La vida de Abrahán, desde sus inicios está marcada, por estar siempre en camino y, es en este caminar donde Dios se le presenta como aquél que lo acompaña. Dios exige obediencia y fidelidad: he aquí el mensaje del pacto que Dios hace con Abrahán: Dios exige fidelidad y libertad, no estar atado a nada ni a nadie, para que así la fidelidad sea realmente posible; pero Dios ofrece compañía y protección, seguridad en cualquier circunstancia y a toda prueba. Así son los caminos de Dios y el itinerario de la fe.

“La promesa es la gran revelación de Dios en la Biblia. En esta revelación Dios se manifiesta con dos características: como Dios peregrino, es decir, no vinculado, a un lugar, a una situación o a una determinada instalación; y en segundo lugar, como un Dios protector, es decir, como Dios que defiende, ayuda y da seguridad en cualquier situación y circunstancia. Así es el Dios de la historia de la salvación, el Dios de los creyentes, nuestro Dios. Y lo es aunque a veces parezca lo contrario. Abrahán experimento pruebas terribles, pero siguió creyendo y esperando. (.....). La fidelidad de Dios está, sin embargo, por encima de todas las apariencias en contra.

El proyecto de Dios y la salvación que él nos trae no dependen de los medios humanos, de la capacidad del hombre, sino solamente de la palabra de Dios, que se compromete y es fiel hasta el final” (1)

Todo el Génesis, en los determinados ciclos de los Patriarcas, marca esta experiencia de Dios. De ahí que la historia se convierta en Historia de Salvación; y la existencia como historia, como proceso que nos abre a un futuro que no es repetición ni ratificación del presente sino que es la meta de los sucesos que ahora se desarrollan. La meta es lo que le da sentido a la peregrinación a sus penalidades; y la decisión actual de confiar en el Dios que llama está preñada de futuro. Tal es la esencia de la promesa.

Para nosotros los cristianos del siglo XXI tenemos en Cristo la promesa por excelencia que Dios ha hecho a la humanidad. Una promesa que nos abre a una tensión hacía el futuro en la construcción del Reino del Padre en la existencia histórica concreta del hombre. Obediencia y fidelidad debe ser nuestra respuesta al Dios que se hace historia con nosotros y para nosotros. Por eso, la promesa vincula al hombre al futuro y le otorga el sentido para captar la historia, y, lo que es más importante, la obediencia y la esperanza en la promesa nos introduce en un determinado modo de existir en la historia. Por eso la fe se manifiesta en una manera histórica nueva de existencia marcada por la presencia de Dios que nos conduce y que nos hace entrar en comunión con él comprometiéndonos con su misión. En definitiva, el cristiano es y hace una historia nueva marcada, como dice San Pablo, por el Dios en el que somos, vivimos y existimos.

(continuará)

 


NOTAS

1. José María Castillo, Teología para comunidades, p. 19. (volver)

Antonio Manuel Montosa

   

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