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LA CONVERSIÓN A propósito del
Innominado,
INTRODUCCIÓN A propósito de un personaje de la obra de A. MANZONI «Los Novios», vamos a adentrarnos en una reflexión sobre el arrepentimiento, el perdón y la conversión. Aunque sea ya conocida, iniciamos nuestro comentario enunciando brevemente algunos datos sobre la vida del autor de esta novela, no sólo por seguir de una manera fidedigna los pasos de un preciado comentario, sino porque el propio autor se ha sentido afectado por una conversión de la cual pueden quedar elementos significativos en la obra que constituye nuestro campo de análisis. Como sabemos, MANZONI nace en Milán en 1785. Hijo de Julia Beccaría y nieto de César de Beccaría, famoso por ser el precursor del moderno Derecho Penal y autor del libro «Tratado de los delitos y las penas». El ambiente de nacimiento es fuertemente ilustrado. MANZONI es un joven muy revolucionario, se corta la coleta, se pone el gorro frigio y se hace jacobino. Entre 1805 y 1806, cuando cuenta con 25 años, se va a París y conoce a varias personalidades que sirven para fortificar su formación como ilustrado. Se casó en estos años con una joven suiza, Enrichetta Blondel, primero por el rito calvinista y después por las formas canónicas de la Iglesia Católica. Fue un escándalo la conversión del escritor a un intenso catolicismo que no dejaría de profesar hasta el final de su existencia. He creído conveniente hacer alusión a estos datos pues, en beneficio de la novela, todo esto se proyecta como complejidad. Por ejemplo, Fray Cristóforo y el Innominado son personajes que han vivido una conversión semejante a la de MANZONI. La importancia de la formación ilustrada y el paso por el calvinismo son también importantes, puesto que estamos ante una novela cristiana, y nos centraremos en aspectos íntimamente relacionados con el cristianismo, como ya he citado al principio de este modesto trabajo. Fue larga la trayectoria de este milanés que abarca las tres etapas fundamentales de la historia política italiana del siglo XIX ( la dominación napoleónica, la restauración y el "risorgimento"); historia que el propio autor intentaría sintetizar al final de su vida en el ensayo «La Rivoluzione Francese del 1789 e la Rivoluzione Italiana del 1859». La novela «Los Novios» abre un gran abanico de posibilidades sobre las que trabajar. Nos podríamos haber centrado en los siguientes temas:
Todos serían buenos asuntos para nuestro detenimiento en comentarlos, pero y .... el Innominado. "Desde lo alto del Castillo, como el águila desde su nido ensangrentado, el salvaje caballero (el Innominado) dominaba a su alrededor todo el espacio donde pie humano podía posarse, y nunca veía a nadie por encima de él, ni más arriba". Este es nuestro personaje. Un todopoderoso malvado que llega, al menos, hasta el arrepentimiento. El Innominado, ayudando a D. Rodrigo y valiéndose de Edigio, el Nibbio y Gertrude, hace raptar a Lucía del convento de Monza y la conduce a su castillo. Lucía era esperada por el Innominado con una inquietud, con una suspensión de ánimo insólitas, pero estaba pasando algo extraño, pues aquel hombre que había dispuesto a sangre fría de tantas vidas, sentía, sin embargo, sobre esta pobre campesina una especie de repulsión, casi de terror. El Innominado, que desde una alta ventana miraba el valle esperando el coche, cuando lo vió, mandó llamar a una vieja de la casa para que fuera a la "Malanoche" y acompañara y mimara a Lucía. Ésta obedeció, pues la voluntad poderosa y desenfrenada de tan gran señor era para ella como una especie de justicia fatal. Y cuando ella se marchó, alzó los ojos al sol que se ocultaba tras la montaña. Alusión vivísima al poder sobrenatural que está más arriba de las montañas, en perfecta simetría con el comienzo del capítulo donde el caballero "nunca veía a nadie por encima de él, ni más arriba" Esto nos da la medida del gran cambio que insensiblemente ha tendido lugar en el ánimo de este personaje. El Innominado empieza a tener pena por Lucía cuando el Nibbio le dice que le ha hecho estremecer, y va a visitarla. Y estando en su habitación dice: "¿Qué ha pasado?, ¿qué diablo se me ha metido por el cuerpo?, ¿qué hay de nuevo?. Puedo decirle también: perdonadme...¿perdonadme?, ¿pedir yo perdón?. ¡Ah! y sin embargo, si una palabra, una palabra así pudiera hacerme bien, quitarme de encima este embrujo, la diría. ¡Oh sí! siento que la diría". El Innominado hablará con el arzobispo sobre su angustia de tener retenida a Lucía. En el cambio experimentado por el Innominado, no cabe la menor duda de que para lograrlo, MANZONI se valió ante todo de la ayuda de Shakespeare y en particular de su Ricardo III. En su charla el Innominado sufre una gran transformación, obrada por la mano de Dios que hasta en su cara se notaba que se había convertido en un santo. El Innominado convoca en la sala grande a todos sus hombres y allí les dice: "Hijos, el camino que hemos seguido hasta ahora conduce al fondo del infierno. Dios misericordioso me ha llamado a cambiar de vida, y yo la cambiaré, ya la he cambiado; ojalá haga lo mismo con todos vosotros. Sabed, pues, y tened seguro que estoy resuelto a morir antes que volver a hacer nada contra su santa ley. Y tened por seguro que nadie, a partir de ahora, podrá hacer el mal con mi protección a mi servicio. El que quiera quedarse con estas condiciones será para mi un hijo, y me quedaría contento al final de un día en que me hubiera quedado sin comer para saciar al último de vosotros con el último pan que quedara en mi casa. Pensad en ello esta noche. Y que Dios, que ha sido tan misericordioso conmigo, os mande un buen pensamiento". Este comentario se podría realizar desde muy variadas perspectivas. El tema elegido nos invita a acogernos a una visión religiosa, que sin embargo omitiera el análisis detenido en las últimas motivaciones de todo acto humano. Recordaba
continuamente el Innominado las palabras dichas por Lucía: Las palabras mayúsculas sobre las que vamos a centrar nuestro escolio.
CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO: CAMBIAR DE VIDA "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Y por fuera yo te buscaba; en medio de las hermosuras que has creado irrumpía yo con toda la insolencia de mi fealdad. Junto a mí estabas y yo no estaba contigo. Aquellas cosas que nada serían sin tu sustento me mantenían alejado de Ti. Pero me llamaste, me gritaste, derrumbaste mi sordera. Centelleaste, resplandeciste, ahuyentaste mi sordera; Tu fragancia me fue derramada, la inhalé en mi respiro y ya suspiro por Ti; te gusté y tengo hambre y sed de Ti; me tocaste y se encendió en mí el deseo de tu paz" (Confesiones X, 27) Magníficamente expresa S. Agustín el proceso de conversión y el fundamento de la misma. Peculiar es el método utilizado para relatar su biografía, marcada toda ella por la búsqueda de Dios, para exhalar en este capítulo un inmortal aforismo: Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova; Sero te amavi. La descripción de su propia conversión nos va a servir para comentar el arrepentimiento, primero, y posterior conversión "del que no tiene nombre" en la dicción manzoniana. Traigo aquí este texto del santo de Hipona precisamente para colegir de él los elementos más significativos comprensivos del desenvolvimiento conversivo. Por ello, antes de iniciar el comentario propiamente dicho, considero que debemos determinar con toda claridad qué significa y de qué se compone el concepto "conversión". Etimológicamente hunde sus raíces este término en nuestra lengua madre; convertere, y su sustantivo conversio, viene a expresar esa acción de volverse al interior, de mover alguna cosa hacia otra, verter dentro de uno mismo. El antónimo de este vocablo, también tomado en sentido etimológico, sería divertere, cuyo significado literal es llevar por varios lados, verter hacia fuera. No obstante ambas dicciones han transformado su semántica, adquiriendo por derivación otras definiciones más concretas, específicas y precisas, aunque acudiré a su génesis para recuperar su sentido genuino, expresivo de la amplia comprensión de estas palabras. Una de las acepciones de la voz convertir que manifiesta la Real Academia de la Lengua es la siguiente: "ganar a uno para que profese una religión o la practique". Parece obligado atenerse a este sentido de la acción verbal, dada la proximidad con el objeto y finalidad de este comentario. Pero ya se ha dicho que no podemos reducirnos a la excesiva estrechez de esta descripción. Este podría ser el efecto último de todo proceso de conversión, pero, precisamente por ser la última consecuencia, esta glosa quedaría injustificablemente limitada a un ámbito simple que discriminaría los más expresivos y ricos aromas que envuelven la senda que conduce a Dios. Por tanto, vamos a sumergirnos en el amplio mundo interior del que emana la convocatoria de la divinidad. En el texto expuesto al principio, S. Agustín expresa qué caminos deben andarse para llegar a Dios y cuáles son los medios que Éste emplea para hacerse "sensible". S. Agustín no es, en cambio, original en este parecer. Las religiones orientales ya habían acentuado esta visión comprensiva de un Dios que habita en el interior humano. Pero esto que podría fundarse en la alta espiritualidad de Oriente no es exclusivo de estas cosmovisiones; la religión judía, en su literatura más antigua, viene creyendo que la mejor imagen de Dios se proyecta desde la propia dimensión humana; visión expresada de forma manifiesta en la configuración de la persona en el Edén: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" y le insufló el aliento divino. Y en el decurso inicial del cristianismo el propio Pablo de Tarso, entre otros, avanza en esta idea y pregunta a los cristianos de Corinto con toda solemnidad "¿no sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?". En esta concepción, antigua en lo religioso, se hayan también presentes las reminiscencias del platonismo que tanta influencia ejerció en el Obispo africano. Dios está dentro de nosotros mismos. Pero tal afirmación no puede implicar la confusión que erráticamente nos precipitara en cierto panteísmo o en la aseveración de fijar al hombre como la medida de todas las cosas, proclamada en alguna ocasión por la filosofía. El hombre y Dios son dos naturalezas distintas. Que Dios habita en nosotros debe entenderse como que la Omnipotencia divina refleja sus cualidades características en el hombre. Para una correcta interpretación, alejada de todo riesgo, son útiles las palabras del epistolar S. Pablo: "ahora vemos como en un espejo, después veremos a Dios cara a cara". Así entendida la cuestión, buscar a Dios en nuestro interior es extraer de nosotros mismos las esencias que de modo supremo corresponden a Dios. El camino más eficaz de la conversión discurre por la elusión de toda dispersión foránea para contemplar la imagen más nítida de la divinidad. El párrafo de S. Agustín, fijado al principio de esta disertación, es paradigmático de esta opinión; la hermosura de las cosas, sustentada por la mano de Dios, nos mantiene distraídos y sólo son aceptadas por la insolencia de nuestra fea lejanía del Creador. No obstante, cuando Dios es hallado junto a nosotros, Éste se hace tangible a través de todos nuestros sentidos, descubriéndolo y experimentándolo en todas las criaturas. Al comienzo de sus «Confesiones» el propio Agustín con su genial y acreditada maestría nos da la clave de esta constante y ansiosa indagación: "Fecisti nos Domine ad te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te". Estamos en los umbrales de la conversión. La perspectiva anterior nos hace comprender con equilibro los contornos del concepto conversión, evitando toda tentación integrista, Si bien los términos conversión y diversión son antinómicos, es preciso mantener una postura integradora que no incline peligrosamente la balanza hacía una excesiva visión mística o, por contra, hacia una distracción en el sentido sustantivo de las cosas que nos mantenga fuera de sí, alienados o enajenados. Por ello hemos de recurrir a la conciliación entre nuestro ser y el resto de la naturaleza que Dios ha puesto para nuestro disfrute. Aclarada la causa eficiente de toda conversión, no olvidemos que la misma no se reduce a la mera actividad contemplativa, sin más trascendencia para la totalidad de nuestra dimensión humana. El descubrimiento del Creador y Soberano de la historia nos impulsa a una mutación radical de nuestras actitudes y conductas. El hombre, imbuído de Dios, se lanza como una flecha hacia la acción en la historia. He aquí los efectos éticos, religiosos y antropológicos implícitos en toda conversión. El hombre que ha descubierto a Dios se compromete indeleble e indelegablemente con su tiempo. Arrepentimiento y conversión no son equivalentes. Toda auténtica conversión supone el arrepentimiento; es ese lugar de tránsito hacia el cambio de actitudes, de compromisos, de actividades, de valores. Pero el arrepentimiento no inserto en esta senda de transformación se aísla en la pesadumbre por una determinada y concreta acción, lleve o no consigo el propósito de no repetirla con posterioridad. Esta especificación debo hacerla previamente al análisis detallado de la conducta del Innominado, figura central de este capítulo de la novela de MANZONI. Aquél del que nuestro autor no puede dar sus señas de identidad se acerca al lugar donde Federico Borromeo se encuentra. Era impulsado por un ansia inexplicable. Sus sentimientos se entrecruzaban en sensaciones contradictorias. Como corresponde a un hombre de carácter, y posiblemente de soberbia inaudita, sentía vergüenza de venir arrepentido y a la vez anidaba en él la esperanza de hallar alivio a su interna incomodidad. ¿Este sentimiento es equivalente a lo que el padre Ripalda definió en su famoso y añejo catecismo como "dolor de los pecados"?, ¿es, acaso, el componente típico del complejo de culpabilidad de la psicología freudiana?, ¿son ambas cosas identificables?. Soy consciente del riesgo que entraña hacer un estudio psíquico de los personajes literarios. Intentos hubo y sigue habiendo de análisis de esta índole, todos ellos insatifactorios y problemáticos. Debiera ser un autor versado en la materia quien de forma expresa pretendiera describir rasgos de este tenor, para que con posterioridad el crítico entresacara y valorara esas dimensiones de la mente y del comportamiento. A pesar de todo, no es desechable en absoluto una crítica de los sujetos de la obra literaria que se detenga en aspectos de naturaleza psicológica. En esta dirección me atrevo a apuntar alguna palabra. Muy poco sabemos de los antecedentes históricos del Innominado para enjuiciar los rasgos subconscientes de su personalidad. Pero de lo conocido podemos aventurar una respuesta negativa. El Innominado ha dado rienda suelta a sus instintos; ha dejado correr toda la felonía de su espíritu. No ha reprimido ni sublimado sus pulsiones. Ha hecho lo que ha querido, buscando en sus ambiciones el camino erróneo a la quietud y la felicidad. Todas sus aspiraciones no nacen de la ansiedad insatisfecha. No estamos, por tanto, ante un psicópata. Es ampliamente consciente de sus actos y de la responsabilidad que de ellos se deriva. En cambio su arrepentimiento aflora como un revulsivo de su conciencia, como un deseo de búsqueda de la paz y la quietud de su alma. Se avergüenza de su conducta; es sabedor de la maldad de sus acciones que no se sustenta en la desvirtuación de la realidad. No podemos igualar la pesadumbre de las maldades con el complejo de culpa. Una se mueve exclusivamente en el marco de la conciencia; el otro emerge del profundo mundo del inconsciente, reprimido hasta entonces por el principio de realidad, substrato del concepto freudiano del "ego". Cuando la ebullición del inconsciente se torna en volcánica explosión, los deseos reprimidos se expanden hacia la creación de una realidad virtual, imaginada y neurótica. En mi opinión que la nueva actitud del "que no tiene nombre" se identifica con claridad en el arrepentimiento de un alma turbada por sus maldades, infeliz y en proceso de conversión. No tenía razón Kant cuando niega que el hombre virtuoso le vayan normalmente peor las cosas que a los que solamente buscan las satisfacción de sus deseos. En la «Crítica de la Razón Práctica» en donde busca la fundamentación de la ley moral, Kant precisa de la figura de un Legislador y supremo Juez que rompa con la inercia que él cree presente en la condición humana. La felicidad, máxima aspiración del hombre, es consecuencia de la virtud e integrante del sumo bien que es mandado por el imperativo categórico. Pero Kant observa como fenómeno que en muchas ocasiones al personaje infame le suelen ir las cosas mejor que al que se conduce con virtud. Pero aquí parece que Kant sólo se fija en la apariencia y no entra en la hondura del ser humano. S. Agustín, en su vida y en su pensamiento, nos induce a la elaboración de una premisa contraria al razonamiento kantiano. Una prueba más la tenemos en el pasaje objeto de este comentario. Acercándose el Innominado a la Casa Rectoral que habita en tránsito el Cardenal Federico, todos los presentes van quedando atónitos. Más sorprendido aún está el Capellán crucífero que debe avisar a Federico. MANZONI inicia la descripción de este acontecimiento con su característica lenta prosa que se recrea en los detalles más insignificantes. ¡Cuántas veces en la historia un hombre arrepentido ha despertado tantas incredulidades y sospechas!, ¡cuántas se han dificultado los pasos dolorosos del que vuelve de aventuras fracasadas que se han desdibujado en el horizonte!, ¡en cuántas ocasiones al desalentado, al hundido se le ha negado el cordel de su salvación!, ¡cuántas veces el odio que despertaron sus ignominias ha resultado ser, no ya su penitencia, sino su propia condenación!. En este caso tampoco hay nada singular: las reticencias del capellán crucífero son ejemplo de la actitud humana inmisericorde con el pecador arrepentido. Alzadas las defensas del inicuo, se aprovecha el momento de debilidad para hundir en sus costillares la daga cobarde que no desperdicia su oportunidad de venganza sin riesgo. ¡Qué magistral pintura de nuestros comportamientos timoratos hace Jesús de Nazaret en sus variadas parábolas del perdón!. ¡Qué genial intuición del Maestro en la depuración de nuestras conductas!. Pero el Cardenal Borromeo, cuya descripción novelada es la de un hombre inteligente, justo y honrado, desecha los temores del Capellán ("...¿qué disciplina es ésta de que los soldados exhorten al general a tener miedo?") y abre los brazos al pecador arrepentido, aunque se reprocha no haberse anticipado a salir a su encuentro. En un fluido verbo, no exento de cierto cinismo diplomático, el Cardenal le manifiesta que ama al Innominado, que le ha llorado, que ha rezado por él. Con esta exposición ha logrado ablandar el corazón del caballero, ha fulminado su vergüenza por venir arrepentido, ha aumentado su confianza y logra despertar en él veneración y amor por su superioridad humilde. El cardenal ha amansado con una pluma al que hasta hace poco era un feroz lobo. El arrepentido está preparado para dar un paso más: parafraseando al profeta Ezequiel, una vez arrancado el corazón de piedra y sustituido por uno de carne se dispone a recibir la Gracia de Dios. Federico Borromeo anuncia una buena noticia al Innominado: Dios le ha tocado. Pero la respuesta de éste se mueve entre el inconformismo y la indignación: "¿donde está Dios?". Recuerda esta pregunta a los innumerables interrogantes que Job hacía a los amigos que se le acercaron a consolarlo. Pero el Innominado no se encuentra en situación tan dramática como la del santo bíblico. No obstante evidencia una grave inquietud en la trayectoria de su vida. Es una cuestión que debió asaltarle constantemente y para la que nunca encontró una respuesta satisfactoria. Pero Federico no se inmuta, comprende las turbulencias interiores del Innominado y le ofrece la solución: lo tiene cerca de él. Estamos, por tanto, en presencia del eterno desenlace en la constante trama humana que S. Agustín, autor que nos sirve de referencia, desvela con magnifica claridad: Dios está dentro de cada uno. Sin embargo el Innominado no está convencido del todo y Federico precisa de todo un discurso de elocuente argumentación para terminar ofreciéndole el perdón de Dios. El Innominado no puede soportar la belleza de la exposición y la pulcritud del razonamiento rompiendo en un exclamativo, clarividente e incontenible llanto. Ha sido vencido por el amor. Éste es el momento central del capítulo y también del decurso de la conversión de este enigmático personaje. La conversión es ya un hecho, pero todavía no ha concluido el procedimiento. El cenit al que ha sido conducido requiere ahora de los compromisos en que se materialice este itinerario interior con consecuencias eminentemente prácticas. La convulsión que ha sufrido le hace sentir a la vez asco de si mismo y alivio gozoso. Fundido en una abrazo con el Cardenal Borromeo, exclama sin titubeos: "Dios es grande y bueno" . La Gracia de Dios le ha inundado, como en su día fue derramada sobre Pablo, que pregonará en una de sus cartas: "nadie puede decir Jesús es Señor sino es por la fuerza del Espíritu Santo". Ahora se le requiere que dé muestras de su auténtica mutación, debe ofrecer una prenda por su perdón. Federico le propone que se convierta en instrumento de salvación para Lucía; esa será su prenda. Éste accede gozoso y el resto del capítulo se emplea en los preparativos para hacer efectiva la penitencia. Pero ésta no se reducirá a esta única acción. Dios le ha perdonado; en cambio los espectadores que contemplan los signos externos de la conversión son más precavidos y observan la conversión con prudencia y desconfianza. ¿Será tal prudencia un obstáculo para el convertido?. Si el Innominado hubiese permutado su religión por otra, todas las incógnitas las tendríamos resueltas y le sería de aplicación el estricto sentido del vocablo. Pero el propósito de este trabajo es demostrar que la acción de nuestro protagonista no es meramente arrepentimiento sino verdadera conversión en sentido lato. Ganar a uno para que profese y practique una fe es un efecto formal y externo que a los fines de nuestra tarea nada interesa. Conversiones de este estilo pueden ser sólo aparentes o, por el contrario, auténticas. La Historia nos acredita constantemente conversiones en dirección estricta, muchas de ellas masivas. El propio MANZONI se ve afectado por un trueque de tal calibre. Ejemplos de fama son la conversión del emperador Constantino, de ingentes consecuencias en la historia de Occidente, la del pueblo visigodo en Hispania con el rey Recaredo a la cabeza, la de los musulmanes y judíos que decidieron permanecer en la España de los Reyes Católicos, impulsados unas veces por conveniencia otras por imposición. Conversiones que en unos casos supusieron un radical y profundo cambio de convicciones y costumbres y en otros tuvieron su causa en puros criterios de oportunidad u obligación. Mi interés tiene trazada otra vía de análisis. Quiero que la conclusión de este trabajo sea meridianamente clara, cuando ya ha quedado descartada la acepción del vocablo conversión que se centra en la mutación formal de religión como conjuntos de creencias, dogmas, hábitos e instituciones que garantizan la integridad de una determinada fe. Esta conclusión consistiría en dar repuesta a la siguiente pregunta: ¿Es la conversión del Innominado un simple arrepentimiento momentáneo o es, en cambio, una actitud total y definitiva?. Para hallar la contestación aportamos nuevos elementos de juicio. El Maestro de Nazaret expone brillantemente los cimientos subyacentes en la conversión a través de la parábola, mal denomina por la tradición, del hijo pródigo. Pero también nos narra Lucas en su evangelio el episodio de Zaqueo. En ambos casos queda patente que toda conversión conduce a un cambio en la praxis: "Señor voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y, si he defraudado a alguien, le devolveré el cuádruplo". Este nueva disposición es un avance necesario, pero, si no responde a una convicción consciente, no dejaría de ser hipócrita o farisea. Se requiere, en consecuencia, que digamos unas palabras sobre este actual criterio. El fenómeno religioso, aunque determinadas corrientes de pensamiento han querido circunscribirlo al ámbito privado, abarca toda la dimensión humana y se manifiesta por todo resquicio de su actividad. La religión determina el pensamiento, los afectos, la cultura; transciende a la sociedad, a la economía, a la política. La religión envuelve la totalidad de nuestra condición. Pero sus mayores efectos posiblemente se exhiban y evidencien en la ética. La religión no se reduce a la ética, pero toda creencia religiosa conlleva unas connotaciones morales implícitas incuestionables. Es ya tradicional la distinción entre ética y moral, aunque los contornos no queden nunca perfectamente delimitados. Las dos voces tienen significación idéntica en sus lenguas de procedencia con cierta superficialidad de contenido que se contradice con la compleja magnitud que en la lengua de destino han adquirido. Pero se suele distinguir por el origen de los principios que informan cada una de estas ciencias. La moral parece recoger de la creencia religiosa los valores sobre los que se construye; en cambio la ética emana de la ley natural. Sin embargo aquí son indiferentes estas distinciones; llámese ética o moral, lo cierto es que toda conversión debe suponer una nueva manifestación externa en las conductas y hábitos conscientes. La naturaleza y extensión de estos comportamientos nos expresarán la verdadera dimensión del cambio producido. No sólo se requiere esta transformación visible y mensurable que a los ojos de los hombres pueda verificarse. Es preciso que la conversión sea apreciable por los ojos de la divinidad. Esta será la prueba fehaciente, la única realmente válida. La modernas tendencias de la ciencia de la conducta consciente fundada en los valores han abandonado los códigos de normas de aplicación objetiva ausente de toda consideración personal. Esta ética deontológica ha dado lugar a la moral autónoma que parte del sujeto agente y que no prescinde de los fines perseguidos. La ética teleológica no se reduce al viejo aforismo de que los fines justifican los medios, inaceptable como principio sin matices, pero no le es indiferente los fines perseguidos. La ciencia ética actual se define precisamente por las actitudes genéricas que irradian todas los concretos actos del sujeto. No se trata sólo de que éste cumpla con precisión los códigos de social aceptación, sino que se centra en la opción fundamental que la persona ha realizado para el conjunto de su vida. Esta moral podrá tender al subjetivismo, pero desde luego tiene la ventaja de ser menos hipócrita por principio y, tal vez, menos falaz. La perspectiva deontológica es más segura, más fácil, pero también menos libre. La moral heterónoma se aproxima más al derecho que a la naturaleza íntima de la ética. Es curioso que, por la trayectoria de MANZONI, pudiera pensarse que su concepción estuviera más cercana a la ética legislativa. No obstante su abuelo materno ha tenido trascendental influencia en la historia jurídica. César de Beccaría, autor del «Tratado de los delitos y las penas», destruyó en el campo del derecho penal el sistema inquisitivo y arbitrario en el tratamiento de los delitos y las correspondientes penas. Introdujo en la filosofía jurídica principios fundamentales como el de legalidad. Quizá, por ello, MANZONI, aunque cercano a la objetividad del derecho por su ambiente familiar, participa de la mentalidad de su abuelo que aproxima el derecho a los sujetos y a sus circunstancias personales y lo encauza hacia la justicia material. Desde esta filosofía existen coincidencias en las esencias propias de la ética y del derecho. Por consiguiente podemos concluir que toda conversión tiende a un cambio de praxis, pero esta transformación no puede ser sólo externa o aparente; requiere, sin embargo, que nazca de las convicciones personales del sujeto. Pero la conversión no puede incidir solamente en los hábitos de conducta. Si es así corre el peligro de ser contraproducente. Tenemos experiencias que nos hacen temer de los conversos. Si está nueva mentalidad y vivencia no nace de claros fundamentos y no afecta a la totalidad de la personalidad, el integrismo se nos sitúa a la puerta. Este caso se presenta con toda virulencia cuando la conversión se limita al cambio de religión, por muy sincero que éste pueda ser. El converso se agarra a lo externo, a las prácticas socialmente aceptadas por el nuevo grupo, a los normas rígidas, a los dogmas límpidamente definidos; se afianza en lo formal y corre grave peligro de desplazarse al sectarismo. Pero si la conversión nace del descubrimiento de Dios en el ser humano, la persona se abre al otro, respeta a los demás, ama la libertad de todos como gusta de la suya propia. Descubriendo a Dios, encuentra también su sentido individual y la plenitud de todas las cosas. Nuestro corazón deja la inquietud, porque descansa en Dios. Creo haber encontrado, por fin, la respuesta: la del Innominado es una verdadera conversión. Poco sabemos de este enigmático personaje. Poco sabemos en la novela y nada sé yo si corresponde a un sujeto histórico que MANZONI reproduce en su libro; pero de los datos recogidos puedo concluir que su conversión fue plena. Su corazón sabio no se conformaba con las reducidas gratificaciones de sus deseos, ni éstos habían sido dirigidos por serenos caminos sino por la tortuosidad de su insolencia y su injusticia. Inquieto por su desasosiego, infeliz e insatisfecho en lo más profundo de su alma, busca a Dios, y su bravura en la maldad también le hace valiente a la hora de reconocer sus infamias y al momento de humillarse en el arrepentimiento y el perdón. El alivio en sus dolores le impulsa a transformar su conduzca y, como Zaqueo, a reparar el daño infligido. No sólo se conforma con liberar a la pobre Lucía; por el capítulo siguiente conocemos del firme propósito del abandono de su malvada vida: despacha a sus sicarios y les conmina a iniciar singladura diferente. Por la serenidad de sus intenciones no parece que su nueva vida esté centrada en la aparente integridad heterónoma de sus actos. Más bien delata que desde su corazón renovado fluye como en espléndida oración el suave sentimiento del que ha encontrado el sentido de la vida: "Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé".
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EL ESCOLIASTA 2004