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3. El Dios de Jesús
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Después
que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas,
"últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo".
Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a
todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara
los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne,
"hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de
Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le
confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su
total presencia y manifestación personal, con palabras y obras,
señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección
gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del
Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el
testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de
las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida
eterna.
La
economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva,
nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf.
1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
DV 4 |
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En su revelación
definitiva por medio de Jesús, Dios no rompe la estructura fundamental de
la historia veterotestamentaria, sino que la lleva a plenitud. El
acontecimiento de Jesús está enmarcado por las muchas veces que Dios
habló por los profetas (Heb 1,1-2). Jesús manifiesta la verdad de
Dios llevando a cabo la obra de la salvación de la humanidad, él no
nos da un conocimiento puramente teórico de Dios, Jesús no es
únicamente un maestro de teología, no son solo sus enseñanzas, sino la
totalidad de su vida, muerte y resurrección lo que da rostro a Dios Padre
y lo manifiesta a él como Hijo de Dios en un sentido único. Siguiendo
esa misma dinámica, no es sólo la aceptación teórica de Jesús, sino
la inclusión en su vida por la recepción del Espíritu, la respuesta
adecuada por parte del creyente a la revelación de Dios.
La predicación y
la vida de Jesús
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Toda la
vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus
obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de
hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí, ve al
Padre" (Jn 14, 9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado;
escuchadle" (Lc 9, 35). Nuestro Señor, al haberse hecho para
cumplir la voluntad del Padre (cf. Hb 10,5-7), nos "manifestó
el amor que nos tiene" (1 Jn 4,9) con los menores rasgos de sus
misterios.
CIC 516 |
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Toda la vida de
Cristo es Revelación del Padre, este es un primer dato que debemos tener
muy en cuenta: El núcleo fundamental de todo lo que Jesús hizo y dijo no
es él mismo, sino el anuncio de Dios como Padre y la cercanía de su
Reino. Son dos temas íntimamente ligados: Dios es Padre haciendo
presente su Reino en el mundo. El Reino es la garantía de la paternidad
de Dios y la paternidad de Dios es la fuente del Reino. No es casual que
estos sean los temas nucleares de la oración cristiana: el Padre Nuestro.
Como en el Antiguo Testamento, para Jesús Dios se revela actuando. La
acción principal de Dios es realizar su Reino en el mundo.
Jesús anuncia el
Reino de Dios como una realidad inminente. También Juan el Bautista
anunció la cercana llegada del Reino de Dios como juicio definitivo sobre
la humanidad. Jesús retoma esa idea y le da un contenido nuevo: la
llegada del Reino de Dios es sobre todo una buena noticia para los
pobres.
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Fue a
Nazaret, donde se había criado; entró en la sinagoga, como era su
costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le
entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo,
encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha
enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los
cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a
los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.
Y,
enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó.
Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a
decirles:
-Hoy se
cumple esta Escritura que acabáis de oír.
Lc 4,16-21 |
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Para Jesús, el
Reino de Dios es una realidad ya presente en el mundo, que despunta
a través de sus obras y de su predicación. Su anuncio es el
cumplimiento, a través de su persona, de la esperanza alimentada por Dios
en el Antiguo Testamento. Este mensaje, tal y como ocurría en la
revelación de Dios a Israel, exige una reorientación de la vida del
hombre, una conversión.
Quizá sería
más apropiado hablar de Reinado que de Reino de Dios cuando nos referimos
a la predicación de Jesús. El Reino de Dios no es una realidad
estática, un lugar o un país determinado, sino una realidad dinámica,
es Dios mismo que entra en el mundo y actúa en él. Reino de Dios
significa que Dios comienza a reinar en la realidad de cada día para
hacerla lugar de salvación para los hombres. Es Dios mismo quien está
actuando como poder salvador entre los hombres, por eso los milagros son
signos del Reino, sacan a la luz la realidad oculta de Dios que se opone a
todo aquello que oprime y destruye a la humanidad. Reino es el
cumplimiento final de la Promesa que alentó toda la historia de Israel
como pueblo de Dios.
Esta entrada del
Reino en el mundo se realiza a través de Jesús, él es la inauguración
de la plenitud de la obra de Dios en el mundo. Como vemos en el texto de
la predicación en la sinagoga de Nazaret, el Reino sucede aquí y ahora,
en la persona de Jesús, sus milagros son signos de la presencia de este
Reino en el mundo (Mt 11,2-6; Lc 11,20), su predicación es la
certificación de esa forma de ser de Dios que se manifiesta en sus actos
(Lc 10, 21-24 pp.). Por tanto podemos decir que la vida de Jesús es
explícitamente teológica e implícitamente cristológica. Es
explícitamente teológica porque el centro de su predicación y su vida
no es él mismo, sino Dios Padre y su Reino. Es implícitamente
cristológica porque la realidad del Reino de Dios en el mundo es
inseparable de la persona de su heraldo: Jesús (cf. CIC 535-560).
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El Hijo de
Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del
Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este
mundo, dice: ... He aquí que vengo ... para hacer, oh Dios, tu
voluntad ... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a
la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo"
(Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo
acepta el designio divino de salvación en su misión redentora:
"Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y
llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús
"por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la
expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me
ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber
que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn
14, 31).
CIC 606 |
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Jesús hace de
“Padre” el nombre propio de Dios, el que mejor resume lo que Dios es.
Esta relación con Dios como Padre es un elemento tan fundamental del
mensaje de Jesús que lleva a su denominación como Hijo (de nuevo lo
teológico implica lo cristológico: lo que Jesús dice de Dios está en
la base de lo que podemos decir de Jesús). En la apelación “Padre”,
Jesús recoge lo que de absoluto hay en Dios como origen de la vida y del
Reino y lo que hay de amor en ese origen como fundamento último de toda
realidad. Reconociendo a Dios Padre como creador, soberano, providente e
incomprehensible (Mt 19,26), Jesús se somete a él como a su Dios, en
total obediencia, pero al mismo tiempo deja claro que a Dios no se le
puede entender más que como el Padre por él predicado. No queda lugar
para otra comprensión mayor de Dios porque en él mismo está irrumpiendo
en el mundo su Reino definitivo. Son dos formas correlativas de entender
la paternidad y la divinidad: Dios es Padre (y si no lo fuera
sería un Dios desentendido del mundo) y el Padre es Dios (y si no
lo fuera sería un Padre impotente en el mundo). Jesús es el Hijo porque
a Dios se le reconoce como Padre en su mensaje de la cercanía del Reino,
en su sumisión a su voluntad y en su misión como revelador de su amor.
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Jesús
escandalizó sobre todo porque identificó su conducta
misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con
respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar
entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15,
1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero
es especialmente, al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las
autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen,
justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados
sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien
Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a
Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace
presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).
CIC 589 |
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Jesús basa su
visión de Dios en la fe judía que comparte. Fundamenta sus argumentos
sobre Dios en las mismas Escrituras Sagradas que sus adversarios también
consideran inspiradas. Su novedad tiene un cariz eminentemente práctico, él
invoca la autoridad del Dios de Israel para actuar de forma nueva y
sorprendente, recurre a Dios como Padre haciéndole desempeñar una
función inaceptable para sus adversarios. Es Dios Padre quien, para
Jesús, motiva las curaciones en sábado, la cercanía a los leprosos, el
perdón de los pecadores. No es llamar a Dios Padre simplemente la
originalidad de Jesús, sino hacerlo en condiciones en las que rompe unas
leyes consideradas como divinas. Jesús no enseña una doctrina sobre la
paternidad de Dios distinta en sus principios del judaísmo, sino que
sitúa esa paternidad de Dios en el contexto de una forma de salvación
del hombre inaceptable para sus contemporáneos.
De este modo es
la persona misma de Jesús la que se sitúa en primer plano, en su
predicación y en sus hechos, y se une indisolublemente a la realización
de la Alianza y al cumplimiento de la Promesa de Dios. La existencia
misma de Jesús es una provocación que incita a cambiar la forma de
relación del hombre con Dios. Todo esto lleva a una crisis final, a una
puesta en cuestión de su propia persona por parte de las autoridades,
tanto religiosas como políticas, que desembocará en el misterio de su
cruz y su resurrección (cf. CIC 571-591).
La cruz y la
resurrección
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La muerte
violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada
constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio
de Dios, como lo explica S. Pedro a los judíos de Jerusalén ya en
su primer discurso de Pentecostés: "fue entregado según el
determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2,
23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han
"entregado a Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente
ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios.
CIC 599 |
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Jesús había
vinculado el Reino de Dios con su propia persona y su forma de actuar.
Esta práctica resultó finalmente inaceptable y llegó el momento de la confrontación
definitiva. En los relatos evangélicos de la pasión vemos como el
conflicto entre Jesús y las autoridades, tanto religiosas como
políticas, llega al límite: o bien, ante el rechazo de las autoridades,
Dios intervendrá en favor de Jesús y esto mostrará que tiene razón en
su forma de vivir, o bien es un falsario y esto quedará demostrado si
Dios no lo defiende.
La muerte en cruz
aparece en primer lugar como la suprema desautorización de Jesús:
es un falso profeta y un falso mesías, puesto que Dios no lo ha librado
de la muerte. Esta desautorización de Jesús conlleva otra aún mas
profunda, la de Dios mismo tal como Jesús lo vivió y lo enseñó: si el
portador del Reino queda muerto en la cruz, toda esa dinámica de
salvación se ha acabado. Dios no es tal y como Jesús lo había
presentado.
Este sería el
juicio definitivo si todo hubiera acabado con la cruz, pero no acabó
ahí. Jesús resucitó y este acontecimiento provoca una revisión
radical del sentido de los acontecimientos que llevaron a su muerte.
Los cuatro Evangelios nos dan versiones distintas de la pasión y muerte
de Jesús. No pretenden ser, ni son, un elenco objetivo y distanciado de
datos en torno a un proceso judicial y su desenlace, sino Evangelios, “buenas
noticias”. Esto significa que pretender procurarnos el marco adecuado
para interpretar estos hechos como noticia salvadora. Los Evangelios son
relatos de acontecimientos reales interpretados a partir de otro
acontecimiento real, la resurrección, pero este ya sólo accesible a la
fe.
Porque son
relatos de acontecimientos reales y a ellos se remiten, podemos encontrar una
matriz común en los cuatro Evangelios, un esquema básico de los
acontecimientos en el que cada evangelista incorporará y resaltará los
motivos fundamentales que nos lleven no sólo al reconocimiento de unos
hechos, sino a una interpretación de esos hechos desde la fe en la
resurrección. La existencia de este esquema común es una prueba de la
historicidad de los acontecimientos de la cruz que nos guía para
comprender cómo cada evangelista ha querido mostrarnos su sentido.
En los cuatro
Evangelios se nos presenta en primer lugar el arresto de Jesús, que no es
una pura sorpresa, sino que es anunciado por Jesús, que es consciente de
lo que va a ocurrir. En segundo lugar tenemos un doble juicio: religioso
ante las autoridades judías y político ante Poncio Pilato. Finalmente se
narra la escena de la crucifixión donde resalta la dignidad de Jesús
ante el suplicio. Con esto podemos llegar a un resumen básico
fundamentalmente aceptable por cualquier historiador, de la pasión y
muerte de Jesús: Él sabía que contaba con una oposición radical,
especialmente por parte de las autoridades religiosas, por lo que tenía
conciencia de que no huir era ponerse en peligro de muerte. Esta
situación tenía que conducir tarde o temprano a su detención y juicio,
y así ocurrió. Finalmente, a pesar de la tortura y de la crucifixión,
Jesús no se echó atrás, sino que mantuvo el testimonio que había dado
sentido a su vida.
A partir de este
esquema común los autores del Nuevo Testamento dan un paso más: el
testimonio de Jesús, que había dado sentido a su vida, es también capaz
de dar sentido a su muerte, y un sentido verdadero, puesto de
manifiesto por su resurrección. Para esto adoptarán distintas
estrategias narrativas.
Marcos y Mateo
acuden a la imagen del justo perseguido y mártir para hacer comprender el
sentido de los acontecimientos. Jesús entendió su muerte como un don de
sí por sus hermanos, es lo que anuncia en la última cena. Es consciente
de estar cumpliendo la voluntad de Dios en bien de sus hermanos. Cuando
ese cumplimiento llega al extremo en la cruz, muere como un mártir, un
testigo de Dios, a quien se dirige en su último grito de desamparo, es la
oración final de Jesús, sólo respondida por el silencio. Jesús se ha
entregado a la muerte por su confianza en Dios, ante ese acontecimiento la
única respuesta que queda es la fe que ejemplarmente expresa el
Centurión junto a la cruz.
Marcos
resalta la soledad y el sufrimiento de Jesús, que se entrega a la muerte
abandonado por todos y sometiendo su voluntad a la del Padre. Jesús lleva
al extremo la imagen del justo sufriente (Sl 22) en quien confluyen la
historia del sufrimiento humano y la de la salvación. Los relatos de la
Pasión y de la Resurrección tienen una estructura paralela, con lo que
se muestra que no se puede comprender la muerte sin la resurrección, ni
la resurrección sin la muerte. Ambos acontecimientos están marcados por
rupturas que deshacen las divisiones entre lo sagrado y lo profano (velo)
y entre lo muerto y lo vivo (piedra). Con la resurrección Jesús hace
irrupción en la vida de Dios y la vida de Dios hace irrupción en el
mundo.
Respecto al
relato de Marcos, al que está muy unido, Mateo resalta el
sometimiento voluntario de Jesús al Padre. Un tema propio de Mateo es el
de la sangre del inocente de la que no quieren hacerse responsables ni
Judas, ni el sanedrín (Mt 27,3-10), ni Pilato (Mt 27,24). Estas escenas
contrastan con Jesús, dispuesto a derramar su sangre como sangre de la
alianza (Mt 26,28), y con el pueblo en general, que la acepta (Mt 27,25).
Esta última expresión, aparte de ser una fórmula estereotipada de
ratificación de la que no se puede deducir una responsabilidad colectiva
de los judíos en la muerte de Jesús (cf. CIC 597-598), recuerda el
ritual de la alianza del Sinaí (Ex 24). La sangre de Jesús sella la
Alianza definitiva que comienza a manifestar su poder de vida a partir del
momento mismo de su muerte, con la que se inicia la resurrección de los
santos (Mt 27,52-53)
Lucas
insiste en el poder de conversión del acontecimiento: Pedro (Lc
22,61-62), Simón de Cirene (Lc 23,26), el buen ladrón (Lc 23,40-43), la
multitud que se lamenta a la muerte de Jesús (Lc 23,48-49), todos son
interpelados por lo que ocurre con Jesús esta interpelación los lleva a
una conversión efectiva. El grito final ya no sólo es expresión de
desamparo, sino una palabra de entrega a Dios (Lc 23,46). Este relato de
la pasión y muerte quiere hacernos caer en la cuenta de quiénes son sus
destinatarios, Jesús en su muerte no se dirige al vacío sino al corazón
de los que la presencian y a Dios Padre a quien se entrega.
Para Pablo
la cruz y la resurrección son el corazón del kerigma, de la
predicación cristiana. Esto produce el rechazo de judíos y paganos, pero
para Pablo este núcleo es tan fundamental que, precisamente motivado por
el rechazo, centra aún más su predicación en Cristo crucificado (1Co
1,18-25). La cruz es acontecimiento de salvación, victoria de Jesús
sobre las fuerzas del mal. Se hizo maldito para librarnos de la maldición
de la ley (Gal 3,13-14). A través de este intercambio la cruz expresa y
realiza el perdón de Dios, la reconciliación con Dios y entre los
hombres, tanto judíos como gentiles.
Juan
cierra el círculo de todo este proceso de reflexión. En su relato la
cruz de Jesús es también la manifestación de su gloria. Todo lo que
pasa es cumplimiento de las Escrituras. Los cristianos de la comunidad
joánica han conseguido encuadrar los acontecimientos del viernes santo en
el contexto de la voluntad salvadora de Dios. El trato cruel toma
simbólicamente el valor de una entronización (Jn 19, 1-16), incluso del
costado de Jesús muerto mana la vida (Jn 19, 34-37). El sentido profundo
de la cruz es ahora el que se pone de manifiesto, no es ya una ejecución
ignominiosa, sino el cumplimiento de un amor inaudito.
Resumiendo, en
los sinópticos Jesús en la cruz es descrito como abandonado, pero
ese abandono tiene dos matices bien distintos, como un abandono de Jesús
por parte de sus seguidores y de Dios (Mateo y Marcos) o como un abandono
de Jesús en Dios (Lucas). Se muestra la idea de una ruptura real tanto
entre los hombres y Jesús como entre Jesús y el Padre, pero también hay
una superación real de esa ruptura. Esta superación de la
distancia entre Jesús y Dios Padre, que ya está apuntada en Marcos, es
la idea más resaltada por el Evangelio de Juan, donde la cruz aparece ya
en su significado profundo como manifestación de gloria: tanto la gloria
de Jesús como Hijo de Dios cuanto la gloria de Dios como Padre de Jesús
marcan totalmente este cuarto relato de la Pasión. Para concluir en Pablo
encontramos sobre todo una concentración en el sentido y finalidad de
todo este acontecer: la salvación. A través de la cruz de Jesús nos
llega una nueva vida en él (cf. CIC 599-618).
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Todas estas ideas
nos conducen a hacer un proceso inverso en la interpretación: La
resurrección modifica la comprensión de la cruz al mostrarla como
revelación definitiva de la acción salvadora de Dios, y la cruz modifica
la comprensión de Jesús al manifestarlo como revelador definitivo de
Dios en el mundo.
Si, teniendo en
cuenta todo esto, tomamos ahora la cruz y la resurrección como el lugar
desde donde podemos conocer la realidad de Dios, podemos decir que, en
ellas, Dios se muestra al mismo tiempo como ruptura y como unión. La
ruptura en Dios es causa y consecuencia de la radicalización de la
Alianza: Dios entrega y pierde su propio ser en el Hijo para darlo al
mundo. Jesús, el Hijo perfecto obediente al Padre, revela en la cruz el
intercambio eterno en el que el Hijo devuelve todo su ser al Padre que lo
engendró, el Padre sostiene ese entregarse de Jesús acogiendo
misteriosamente su entrega en el Espíritu Santo. Esta unión siempre
renovada por el Espíritu entre el Hijo (y con el de toda la humanidad
asumida en su ser humano) y el Padre produce la realización de la
Promesa: Dios da su vida en el Espíritu a Jesús y, a través de él a
todos los hombres (cf. CIC 648-650).
La reflexión y
la vivencia de esta realidad será la motivación y la fuente de toda
la teología trinitaria. La base de la afirmación de la Trinidad es
la diferenciación que el Hijo hace de sí mismo respecto del Padre y del
Espíritu, que culmina en la cruz. La historia de Jesús es el punto de
partida para la fundamentación de las distinciones trinitarias. Todo el
pensamiento cristiano posterior será un intento de mantener al mismo
tiempo la fe en la unidad de Dios y en la realidad de su manifestación en
Jesús crucificado y resucitado.
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Busca alguna controversia entre Jesús y
los judíos en los Evangelios y analiza en qué cosas están
de acuerdo Jesús y sus adversarios y en qué cosas no.
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Haz un comentario sobre la relación de
Jesús con el Padre en el relato de la Pasión de uno de los
cuatro Evangelios.
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Busca las citas del Antiguo Testamento que
aparecen en uno de los relatos de la Pasión (aparecen en las
notas de la Biblia) y, a partir del contexto en el que están
en el Antiguo Testamento intenta mostrar qué enseñanza
intentan transmitir sobre el sentido de la muerte de Jesús.
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EL ESCOLIASTA
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