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4. El Dios de la Iglesia
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El Espíritu
Santo
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El día de
Pentecostés (al término de las siete semanas pascuales), la Pascua
de Cristo se consuma con la efusión del Espíritu Santo que se
manifiesta, da y comunica como Persona divina: desde su plenitud,
Cristo, el Señor (cf. Hch 2, 36), derrama profusamente el
Espíritu.
En este
día se revela plenamente la Santísima Trinidad. Desde ese día el
Reino anunciado por Cristo está abierto a todos los que creen en
El: en la humildad de la carne y en la fe, participan ya en la
Comunión de la Santísima Trinidad. Con su venida, que no cesa, el
Espíritu Santo hace entrar al mundo en los "últimos
tiempos", el tiempo de la Iglesia, el Reino ya heredado, pero
todavía no consumado:
Hemos visto
la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos
encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque
ella nos ha salvado (Liturgia bizantina, Tropario de Vísperas de
Pentecostés; empleado también en las liturgias eucarísticas
después de la comunión)
CIC 731-732 |
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La comprensión
de la muerte y resurrección de Jesús no fue una reacción súbita de sus
seguidores, sino el resultado de una labor de reflexión a lo largo de los
primeros años de la Iglesia. No podía ser de otra manera, para llegar
a la comprensión y vivencia plena del sentido de la cruz es necesario el
Espíritu Santo, sólo en él se hace realidad la unidad de Jesús con
Dios y la unidad de los cristianos con Jesús. La acción del Espíritu en
la vida de la Iglesia se irá descubriendo como consecuencia de su
función mediadora entre el Padre y el Hijo, porque si el Espíritu no
fuera constitutivo de la unidad divina, su acción salvadora en el mundo
será un añadido accidental, ya que la única salvación del hombre es
Dios mismo. El Dios cercano a los hombres en Jesús se hace interior a
ellos en el Espíritu Santo, en el que los primeros testigos de la
resurrección experimentan una nueva vida, una salvación no solo
ofrecida, sino realizada. En el Nuevo Testamento el libro de los Hechos de
los Apóstoles nos presenta la realidad y la acción del Espíritu Santo
en forma narrativa, pero los grandes teólogos del Espíritu Santo son
Pablo y, sobre todo, Juan.
Para Pablo
los cristianos vivimos en Cristo por obra del Espíritu Santo que está
indisolublemente unido tanto a Cristo como a su obra, la Iglesia. La
presencia del Espíritu Santo nos hace pertenecer a Cristo resucitado, y
esta conciencia es tan fuerte en Pablo que en ocasiones llama al Espíritu
Santo Espíritu de Cristo. De esta forma la existencia cristiana es vida
en el Espíritu hasta el punto de que, en alguna ocasión, no se distingue
claramente cuándo habla del espíritu de los hombres y cuándo del
Espíritu de Dios (Rom 8).
El gran texto
pneumatológico de Juan está en los capítulos 14-16 de su
Evangelio. En torno al Espíritu la idea central de estos capítulos es
que la enseñanza de Cristo permanece presente a través del Espíritu
Santo, que nos la recuerda. A través del Espíritu Santo Cristo con
tinúa su obra de salvación. Otro texto clave es Juan 7,39: “No estaba
todavía el Espíritu porque Jesús no había sido todavía glorificado”.
Hay una continuidad fundamental entre la acción de Cristo y la del
Espíritu Santo. Si tenemos en cuenta el resto del testimonio de este
Evangelio podemos comprender que no se trata de que el Espíritu sustituya
la presencia de Cristo, sino que es precisamente el Espíritu el que
testimonia que Cristo sigue presente y hace posible su presencia en la
Iglesia.
En Juan se ponen
las bases para una primera comprensión reflexiva del Espíritu Santo
como distinto del Hijo y del Padre, pero indisolublemente unido a su
acción salvadora. Este Evangelio comienza a clarificar la personalidad
distinta del Espíritu Santo, y lo hace principalmente de dos formas:
distinguiendo entre la acción de Cristo y la del Espíritu y usando el
apelativo Paráclito.
Juan distingue
entre lo que hace Cristo y lo que hace el Espíritu y, al mismo tiempo
que diferencia sus respectivas obras, mantiene entre los dos un gran
paralelismo. Si se dice que el Hijo glorifica al Padre (Jn 17,4), también
se afirma que el Espíritu glorifica al Hijo (Jn 16,14). Lo mismo ocurre
al tratar el tema de la manifestación: El Hijo da testimonio del Padre (Jn
17,6-8) y el Espíritu da testimonio del Hijo (Jn 14,26; 15,26). Aparece
por una parte una diferencia entre Hijo y Espíritu y al mismo tiempo una
unidad dentro de una misma continuidad de la acción reveladora de ambos.
El Espíritu
Santo es llamado en Juan Paráclito (14,26; 15,26; 16,7). Esta palabra
griega significa “el llamado en auxilio” y se aplica tanto al abogado
que defiende una causa como al intercesor que usa su influencia a favor de
un acusado. El contexto en el que Jesús usa este apelativo es cuando
está hablando de las persecuciones que van a sufrir sus discípulos tras
su muerte, que se describen como un juicio. En esa situación el
Paráclito estará junto a ellos para defender su causa refutando al
mundo. Tiene, en relación a los discípulos, una función paralela a la
que tiene respecto a Jesús: realizar su unión con el Padre a pesar de la
dificultad.
Concluyendo
podemos afirmar que los acontecimientos de la Resurrección y
Pentecostés son necesarios para llegar a conocer el misterio del
Espíritu Santo, pero la reflexión teológica no está madura aún en
la época del Nuevo Testamento, será necesaria la experiencia de la vida
de fe de la Iglesia para llegar a una conciencia refleja de su ser. Lo que
tenemos es una experiencia completa de la acción de Dios por el Espíritu
Santo, pero sólo el comienzo de la expresión terminológica y reflexiva
de esa experiencia (cf. CIC 691-701).
Las primeras
fórmulas breves de fe
La reflexión
trinitaria no es, con todo, ajena al Nuevo Testamento. Ya hemos visto como
hay unas primeras comprensiones de la realidad viva de Dios que tienen su
origen en la experiencia del Resucitado en la Iglesia. También podemos
encontrar las primeras expresiones sintéticas de la fe trinitaria
de la Iglesia que se irán desarrollando progresivamente: son las primeras
fórmulas breves de fe en las que comienza a despuntar la comprensión del
misterio trinitario de Dios. En el Nuevo Testamento hay dos tipos
principales de confesiones de fe: son cristológicas aquellas que
presentan sólo el núcleo de la fe en torno a Cristo, en las fórmulas de
fe con varios miembros comienzan a aparecer explícitamente Dios
Padre y el Espíritu Santo.
Las fórmulas
cristológicas más simples se componen únicamente del nombre de
Jesús unido a un título que expresa el significado de Jesús para
los cristianos. Se aplican diversos títulos que da idea de la riqueza de
contenido que la fe de los primeros cristianos encuentra en Jesús: Jesús
es Señor (Rom 10,9; Flp 2,11; 1Cor 12,3), Jesús es el Cristo (Hch
18,5.28; 1Jn 2,22), Jesús es el Hijo de Dios (Hch 8, 37). El contexto
vital de estas formas de expresar la fe es la aclamación litúrgica, son
una especie de lemas que sirven para expresar de forma rápida y concisa
el núcleo de la fe en las celebraciones cristianas. Estos títulos se
consideran propios y distintivos de Jesús, y llegan a estar tan unidos a
él que, en el caso de Cristo, terminan convirtiéndose en una simple
aposición al nombre. Lugar particular merece también el título “Señor”.
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En la
traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre
inefable con el cual Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3, 14), YHWH,
es traducido por "Kyrios" ["Señor"]. Señor
se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar
la divinidad misma del Dios de Israel. El Nuevo Testamento utiliza
en este sentido fuerte el título "Señor" para el Padre,
pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús
reconociéndolo como Dios (cf. 1 Co 2,8).
CIC 446 |
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El uso de “Señor”
como título de Jesús conduce a la aplicación a Jesús de dichos del
Antiguo Testamento en que Señor es inequívocamente una designación de
Dios. Jesús es Señor, pero no en competencia con el Padre, sino para
gloria del Padre (Flp 2,11), no es el que quiere arrebatar su señorío a
Dios, sino el que devuelve a Dios su señorío sobre el mundo. Todo viene
del Padre y vuelve a él por medio del señorío de Cristo (1Cor 8,6).
Existen también
unas fórmulas cristológicas más desarrolladas, son las de tipo
kerigmático, en las que se narra el acontecimiento de Jesús
insistiendo en su muerte y resurrección. Éstas aparecen sobre todo en
los discursos del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 14-39;
3,12-26; 4,9-12; 5,29-32; 10,34-43; 13;16-41), pero también en Pablo (1Co
15,3-5). Tenemos también en Juan una fórmula que está a medio camino
entre el tipo cristológico y el kerigmático (“Jesucristo venido en la
carne” 1Jn 4,2 y 2Jn 7). El contexto vital en el que aparecen estas
formas de expresar la fe es la enseñanza cristiana, su función es
transmitir lo fundamental de la fe a los nuevos cristianos.
En las fórmulas
de fe con varios miembros ya no se habla sólo de Jesús. El primer grupo
son las fórmulas binarias, donde se menciona a Dios Padre y a
Jesús, tenemos varios ejemplos de ellas en las cartas de Pablo (1Cor 8,6;
1Tim 2,5-6 y 6,13). El contexto vital en el que se desarrollan estas
fórmulas es posiblemente el de la misión entre los judíos, ante los que
es fundamental unir a Dios Padre y a Jesús, que no es un competidor de
Dios, sino su colaborador perfecto.
Finalmente hay fórmulas
ternarias en las que aparecen explícitamente Padre, Hijo y Espíritu
(1Cor 12,4-6; Ef 4,4 y Mt 28,19-20). Estas fórmulas aparecen en contexto
bautismal y catequético, son usadas tanto para introducir a los nuevos
adeptos en la vida de la Iglesia como para transmitirles un resumen breve
de la fe recién aceptada.
No debemos pensar
que todo esto es una evolución uniforme. Aunque es bastante probable que
la evolución haya ido de las formas más simples a las mas complejas no
podemos garantizar la mayor o menor antigüedad de cada una de ellas,
aunque el movimiento general, por lógica, debe haber llevado desde lo
más sencillo a lo más complicado. Por eso podemos concluir que en la
Iglesia se produce un proceso de reflexión sobre la fe que va por el
camino de una progresiva distinción entre Padre, Hijo y Espíritu en
Dios. Este proceso está motivado por las necesidades vitales de los
primeros cristianos (celebración, predicación, catequesis...). La
reflexión trinitaria comienza a ser la respuesta a la necesidad de
vivir y transmitir la fe que irá cristalizando en formas cada vez
más precisas (cf. CIC 185-197).
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Haz un elenco de los versículos donde se
menciona al Padre y al Espíritu Santo en Jn 14-17. A partir
de esa lista haz una exposición de lo que se enseña en estos
capítulos sobre cada uno de ellos.
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Haz un esquema de los distintos tipos de
fórmulas breves de fe que aparecen en el Nuevo Testamento.
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EL ESCOLIASTA
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