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5. La elaboración de la
teología trinitaria - A
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Durante los
primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente su fe
trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe
como para defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue
la obra de los concilios antiguos, ayudados por el trabajo
teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el sentido
de la fe del pueblo cristiano.
CIC 250 |
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Son dos los
impulsos que recibe la Iglesia de los primeros siglos para conducirla al
desarrollo de la teología trinitaria. Por una parte está el movimiento,
ya comenzado en el Nuevo Testamento, hacia el interior de la fe, para
comprenderla y precisarla con mayor claridad. El otro impulso vendrá
de los errores que deforman la fe, que harán necesaria una labor
de clarificación de sus contenidos para discernir lo verdadero de lo
falso en la comprensión de la revelación. A través de muchas
vicisitudes que veremos en sus principales representantes, se va
desplegando y clarificando la semilla fundamental que ya estaba en el
Nuevo Testamento. No debemos olvidar que toda la doctrina eclesial
pretende ser, no una ampliación, sino una profundización y mejor
comprensión de lo dado en la Revelación de Dios en Jesús testimoniada
en la Sagrada Escritura.
Toda esta ingente
tarea de discernimiento tiene como contexto el contacto con el
pensamiento filosófico griego, inevitable a partir de la extensión
de la Iglesia por todo el Imperio Romano. Los cristianos, para defender su
fe tendrán que coordinar la idea de la unidad de Dios, presente tanto en
el Antiguo Testamento como en el pensamiento filosófico griego, con el
valor definitivo de Jesucristo como revelador de la verdad de Dios Padre y
salvador de los hombres por medio de la acción del Espíritu Santo, y
tendrán que hacerlo en un lenguaje que, siendo asequible a sus
destinatarios, no traicione el origen bíblico de la fe.
Dios y la historia
de la salvación: El pensamiento gnóstico, San Ireneo
La primera gran
corriente de pensamiento a la que se enfrentará la Iglesia de los
primeros siglos es el gnosticismo. Con este nombre designamos a una amplia
serie de escuelas de pensamiento que buscan la salvación por medio del
conocimiento (gnosis). El pensamiento gnóstico es poco conocido,
porque quedan pocos testimonios y porque existen dentro del gnosticismo
una gran diversidad de pareceres poco cohesionados, es decir, no hay una
doctrina gnóstica común a todos los representantes de estas ideas. Sin
embargo, aún a sabiendas de la inexactitud de una generalización así,
podemos intentar ver los contenidos que generalmente son aceptados como
pertenecientes al pensamiento gnóstico.
Los gnósticos
intentan plantear racionalmente el valor de Jesús como revelador, la
cuestión del mal del mundo y la posibilidad real del hombre de acceso a
Dios en relación con su trascendencia. Estos son los problemas
teológicos que se plantean, sus respuestas irán sobre todo por la vía
de una salvación por el conocimiento. Jesús, para los gnósticos, es el
maestro de la verdad de Dios, lo que le distingue es la novedad de su
doctrina. El Dios que él predica, por tanto, es distinto del Dios del
Antiguo Testamento, con lo que se establece una separación entre un Dios
malo (El del Antiguo Testamento), responsable del mal del mundo desde la
creación, y un Dios bueno, predicado por Jesús. En consecuencia el mal
del hombre tiene su origen en su propia naturaleza mala, no en su
libertad. Por eso el camino de la salvación no pasa por la conversión,
imposible por ser la naturaleza humana malvada, sino por el conocimiento
que ayudaría a salir de este mundo a través de la doctrina de Cristo.
Frente al
gnosticismo, el pensador más representativo de la ortodoxia cristiana es
San Ireneo de Lyon (+ca. 202). Su respuesta a la doctrina gnóstica se
basa en una profunda comprensión de la obra salvadora de Dios a la
que el llama economía (originalmente “oikonomia” significa la
administración de una casa, San Ireneo toma el término entendiendo que
la casa de Dios es el universo y su economía es la forma en la que Dios
administra la salvación, no tiene nada que ver, por tanto, con lo que
normalmente entendemos por economía).
Para San Ireneo
la economía de la salvación es tanto el plan de Dios sobre el hombre
como la actuación de ese plan a lo largo de la historia. Esta economía
es unitaria, hay un sólo proyecto de salvación nacido del Dios
único, por tanto no se puede separar el Antiguo del Nuevo Testamento. El
hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, sólo puede encontrar la
plenitud de su ser en la realización de ese ser imagen y semejanza de
Dios, cosa que sólo Dios puede realizar. Toda la historia está abarcada
por el designio salvador de Dios que llega a su culminación en
Jesucristo. Lo que se muestra en esa economía de salvación es que el
ser mismo de Dios es salvífico, es el contacto con Dios lo que produce en
el hombre la inmortalidad, no sólo el conocimiento.
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Los Padres
de la Iglesia distinguen entre la "Theologia" y la "Oikonomia",
designando con el primer término el misterio de la vida íntima del
Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se
revela y comunica su vida. Por la "Oikonomia" nos es
revelada la "Theologia"; pero inversamente, es la "Theologia",
quien esclarece toda la "Oikonomia". Las obras de Dios
revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su
Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede,
analógicamente, entre las personas humanas. La persona se muestra
en su obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor
comprendemos su obrar.
CIC 236 |
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Seguramente la
gran idea que San Ireneo legó a la posteridad cristiana es que en la economía de la salvación se manifiesta la teología (el ser de Dios
en sí mismo). San Ireneo afirma que Dios es Padre, Hijo y Espíritu
Santo. En tanto que Padre actúa en el mundo por medio de sus dos manos,
el Verbo y el Espíritu, y es el origen y meta de toda la creación (cf.
CIC 292). Como Hijo revela al Padre, en la encarnación se produce el
encuentro entre Dios y el hombre que diviniza al ser humano, y en ella se
manifiesta la realidad profunda de Dios como donación de sí mismo. El
Espíritu Santo es la sabiduría del Padre que continúa la obra del Hijo
realizando en cada uno la apropiación personal de la economía
de la
salvación, de este modo vivifica, renueva y da vida a todo.
Encontramos en
San Ireneo algunas fórmulas trinitarias que, a pesar de ser
todavía un desarrollo balbuciente, merecen ser mencionadas como ejemplos
de su pensamiento: “Aquel que ha ungido es el Padre, aquel que ha sido
ungido es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu Santo que es la unción”;
“El Padre decide y manda, el Hijo ejecuta y modela, el Espíritu
alimenta y da crecimiento, y el hombre progresa poco a poco hacia la
perfección”.
Tenemos, por
tanto, dos ideas fundamentales que conducen a profundizar en la visión
trinitaria de Dios: hay una sola economía de salvación y la
salvación sólo puede ser Dios mismo. La conjunción de esas dos
ideas le lleva a afirmar la manifestación de la teología en la economía que es la fuente de la teología trinitaria de San Ireneo.
Primeras
controversias en torno al Hijo: Modalismo, Tertuliano
En la
confrontación tanto con los judíos como con los paganos se plantea una
fuerte acusación contra los cristianos: adoran a dos dioses, el Padre y
Cristo. El modalismo intenta solventar el problema afirmando que
Padre, Hijo y Espíritu Santo son el mismo Dios que ha venido en distintos
modos. De esta forma se niega la existencia de tres personas en Dios, son
tres modos de entrar Dios en relación con el mundo, por lo que no
pertenecen al ser mismo de Dios, sino a su manifestación mundana. Una de
las formulaciones radicales del modalismo es el patripasianismo,
que afirmaba que fue Dios Padre quien nació, sufrió y murió en la cruz,
ya que el Hijo es sólo un modo de mostrarse de Dios Padre. El punto de
partida filosófico de esta posición es un cierto agnosticismo
teológico, es decir, se niega todo valor al lenguaje humano sobre Dios,
puesto que Dios está más allá de lo que podemos expresar. Cuando esta
idea, que de por sí es cierta, se radicaliza, llegamos a la conclusión
de que Dios no puede revelarse a sí mismo en la creación, por lo que
toda manifestación de Dios (incluido Jesús) sería un modo en que Dios
se muestra, pero no Dios mismo. Lo que tenemos como resultado es una
ruptura entre Theología y Oikonomía, entre la auténtica realidad de
Dios y su manifestación al mundo.
Frente a estas
opiniones es Tertuliano (+ ca. 220) el que responde creando toda una
terminología, con lo que aparecen palabras que posteriormente se
convertirán en claves para la teología: Trinidad (aunque había
sido usado anteriormente por Teófilo de Antioquía es Tertuliano el que
lo usa sistemáticamente para calificar la comprensión cristiana de
Dios), substancia y persona.
Para Tertuliano
la substancia designa el fondo permanente constitutivo de las cosas
particulares. La substancia de Dios, constitutiva del ser divino, es
espiritual (aunque a veces le da también cierto sentido
corporal-material). Por contra la persona es un sujeto parlante con
autodominio que subsiste en una substancia. Aplicando esto a Dios
Tertuliano afirma que las tres personas divinas subsisten en la misma
substancia, pero tienen tareas distintas: al Padre corresponde la
creación, al Hijo la encarnación y al Espíritu la santificación. Las
personas son los sujetos o titulares de la única naturaleza divina
individual.
El propósito de
Tertuliano es responder a los problemas que genera la confesión de fe, y
para eso tiene que echar mano de un nuevo lenguaje, el idioma abstracto de
la filosofía. Esto es una necesidad porque las cuestiones que se plantean
vienen desde comprensiones que tienen una fuerte base filosófica. La
respuesta de Tertuliano abre nuevos caminos para la posterior evolución
de la teología, pero todavía no llega a una visión clara del contenido
de la fe, a veces parece como si el autodesarrollo de Dios en varias
personas estuviera completamente constituido por la historia de su
revelación, de modo que podemos acercarnos a pensar que esas personas no
pertenecen al ser mismo de Dios, sino al modo de su acción en el mundo. No
hay todavía una maduración suficiente del lenguaje que permita
comprender la conjunción de unidad y diversidad en Dios.
Con todo, el
avance no es pequeño, se ha planteado la necesidad de articular un
lenguaje filosófico para responder a las cuestiones nacidas de la
confesión de fe, y se comienza a ver que en ese lenguaje será necesario distinguir,
sin separar, la unidad de Dios y la Trinidad de Padre, Hijo y
Espíritu Santo.
La clarificación
del ser divino del Hijo: Arrio, el concilio de Nicea
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Para la
formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una
terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico:
"substancia", "persona" o
"hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto,
no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido
nuevo, sorprendente, a estos términos destinados también a
significar en adelante un Misterio inefable, "infinitamente
más allá de todo lo que podemos concebir según la medida
humana" (Pablo VI, SPF 2).
CIC 251 |
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Arrio (256-336),
sacerdote de Constantinopla, tiene una firme convicción en la unidad de
Dios, y busca la forma de coordinar esta certeza con lo que la Escritura
dice del Verbo. Una característica fundamental de Dios, en la filosofía
griega, es la eternidad, pero del Verbo se dice en la Escritura que ha
sido engendrado, luego no puede ser eterno, y si no es eterno no puede ser
Dios. El Verbo es una criatura, engendrada antes de todos los tiempos,
pero no eterna, muy superior al hombre, pero no divina. Dios, por
contra, no tiene la paternidad como una característica esencial, Dios era
Dios antes de ser Padre. Toda esta comprensión tiene su base en la
preeminencia de una cierta visión filosófica de Dios (que postula el ser
inengendrado como necesario para ser eterno) sobre la visión bíblica, en
la que cualquier reflexión racional sobre lo divino es secundaria
respecto a su acción salvadora, y lo que en ella muestra Dios de su ser.
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Después de
ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en
el año 325 en el primer concilio ecuménico de Nicea que el Hijo es
"consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios con él.
El segundo concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año
381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea
y confesó "al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes
de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado no creado, consubstancial al Padre" (DS 150).
CIC 242 |
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Frente a Arrio el
concilio de Nicea (325) opta por ir más allá de la terminología
bíblica, se trata del primer caso en que la Iglesia toma esta opción
de forma oficial y provoca no pocas discusiones. Pero es necesario
responder a Arrio desde su mismo campo. El término clave de Nicea
respecto a la relación del Hijo con el Padre es omoousios (consustancial,
de la misma naturaleza). Las discusiones conciliares dudaron entre tres
términos muy parecidos (Omoios = Semejante; Omoiousios = De semejante
naturaleza y Omoousios = De la misma naturaleza), se impuso la opinión de
la igualdad de naturaleza del Hijo con respecto al Padre, porque
cualquier otra significaría desvalorizar la revelación de Dios en Cristo
como revelación de Dios mismo. Aunque pueda parecer lo contrario, el
propósito de Nicea es precisamente el de evitar una racionalización
filosófica del cristianismo, no se trata tanto de definir positivamente
cuanto negativamente el campo externo a la fe cristiana: cualquier
afirmación de fe tiene que pasar por la aceptación del hecho de que Dios
se haya dado a sí mismo en Cristo.
La respuesta
arriana a la fórmula de Nicea será el rechazo del término omoousios por
considerarlo ajeno a la Escritura. Los arrianos pretenden mantenerse en
las formas de expresión de la Escritura, pero las interpretan en el
sentido de Arrio, es decir, pretenden negar la introducción de un
lenguaje filosófico en la comprensión de Dios, pero hacen una
interpretación filosófica del lenguaje de la Escritura que es extraña a
su sentido propio.
Este es un debate
que pone de manifiesto las dificultades que tiene la comprensión de la
revelación de Dios, no se trata de decir las mismas palabras
simplemente, sino de transmitir el mismo contenido, y eso, en
circunstancias distintas, conlleva el explicar los contenidos de forma
nueva. El defensor de esta idea será San Atanasio (295-373). Para él las
palabras nuevas lo que intentan hacer es salvaguardar el sentido de la
Escritura. Si Cristo tiene que divinizarnos tiene que ser verdadero Dios,
y Dios, si el ser Padre le define, tiene que tener un Hijo, porque no
podría ser Padre sin el Hijo. La cuestión trinitaria está ligada a la
cuestión de la salvación, el problema que se plantea en todas estas
discusiones no es una curiosidad teológica sobre Dios, sino la cuestión
candente del sentido y valor que tiene la salvación cristiana y hasta
qué punto esta salvación es inclusión en la vida misma de Dios (cf. CIC
456-460).
La divinidad del
Espíritu Santo: I concilio de Constantinopla
Clarificada la
divinidad del Hijo, el tema que queda para completar el círculo de la
visión trinitaria de Dios es el lugar que ocupa el Espíritu Santo,
cuya divinidad ponen en duda los arrianos y los trópicos.
Los arrianos,
como en el caso del Hijo, se basan en una determinada comprensión
filosófica de las palabras de la Escritura. El punto de partida son las
distintas preposiciones con las que se caracteriza la acción de Padre,
del Hijo y del Espíritu en la Biblia: todo procede del Padre por el Hijo
en el Espíritu. De aquí deducen las distintas causalidades de cada uno
de ellos en la historia: Al Padre corresponde la causalidad principal, al
Hijo la causalidad instrumental y al Espíritu la causalidad condicionada
por el tiempo y el lugar. Esta diferencia de causalidades se interpreta
finalmente como reflejo de una diferencia de naturaleza, por lo que el
Espíritu debe ser inferior al Hijo (lo mismo que el Hijo debe ser
inferior al Padre)
Los trópicos,
por su parte, absolutizan las fórmulas de Nicea: El Hijo posee la
divinidad porque es engendrado del Padre, de lo cual concluyen que la
única forma de compartir la divinidad de Dios es la relación Padre-Hijo.
Puesto que el Espíritu no es engendrado, no puede ser consustancial
ni al Padre ni al Hijo.
Frente a esto hay
un primer argumento escriturístico en favor de la divinidad del
Espíritu. En la Biblia el Espíritu tiene prerrogativas divinas:
viene de Dios, llena el universo, es único como Dios Padre y el Señor
Jesús, santifica y da vida. También se argumenta que la pertenencia del
Espíritu al Hijo es la misma que la del Hijo al Padre: si el Hijo es
imagen del Padre y el Espíritu imagen del Hijo, si el Hijo es Hijo del
Padre y el Espíritu es Espíritu del Hijo. Finalmente, sin la divinidad
del Espíritu sería injustificable la fórmula bautismal “en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (cf. CIC 232-233).
Todo esto conduce a la ampliación,
en el primer concilio de Constantinopla, del tercer artículo del
Símbolo recibido del concilio de Nicea:
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Creo en el
Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede el Padre y del
Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y
gloria, y que habló por los profetas.
Símbolo de
Nicea-Constantinopla |
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La definición
de Contantinopla sobre le Espíritu Santo omite el “un solo” para
reforzar el valor de “Santo” como atributo, el Espíritu es Santo como
sólo Dios es Santo. Se omite el llamar Dios al Espíritu, por no aparecer
así en la Escritura, pero se afirma que es Señor, lo cual es ya una
afirmación de su divinidad, porque no hay término medio entre el
Señorío divino y la creación (cf. también lo visto sobre el uso del
título “Señor” en la Biblia). Es dador de vida, porque posee la vida
por naturaleza. Procede del Padre, se usa el término proceder para
distinguirlo del Hijo, que es engendrado (Respecto a la fórmula
actualmente en uso en la liturgia latina, “procede del Padre y del Hijo”,
cf. CIC 246-248). Finalmente se afirma que recibe una misma adoración y
gloria con el Padre y el Hijo, estableciendo una correspondencia entre la
“lex credendi” y la “lex orandi”.
Aunque parece
haberse dicho mucho, en realidad todavía se ha dicho poco, sabemos
más de lo que no es, que de lo que es el Espíritu Santo, y queda
todavía por aclarar la articulación entre unidad y pluralidad en Dios,
porque esto todavía sólo se ha afirmado, pero no se ha reflexionado en
profundidad.
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EL ESCOLIASTA
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