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6. La elaboración de la
teología trinitaria - B
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San Agustín
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"Dios al revelarse sigue siendo Misterio
inefable: 'Si lo comprendieras, no sería Dios'. (San
Agustín)"
CIC 230
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San Agustín (354-430) contribuye a la teología de la
Trinidad profundizando y clarificando los términos que se usan en
ella (substancia y persona en particular). Justifica el uso de una
terminología filosófica por dos razones: la necesidad de hablar y la
defensa de la fe. Por una parte se trata de decir algo sobre Dios. Aunque
siempre nuestras palabras se queden cortas frente al Dios inefable, los
cristianos necesitamos decir a Dios, transmitir lo que es. La defensa de
la fe también impone el uso de términos no estrictamente bíblicos,
porque aquellos que no concuerdan con la fe de la Iglesia los usan y es
necesario rebatirlos en su mismo campo.
San Agustín conoce perfectamente las limitaciones
de todo lenguaje sobre Dios, por eso, aunque usa términos
filosóficos, al mismo tiempo los critica, en un intento de adaptar su
significado a las necesidades de la teología. Substancia se contrapone a
accidente, en tanto que la substancia es el sujeto de los accidentes, pero
San Agustín entiende la vida como perteneciente a la substancia divina,
mientras que para la filosofía helenística la vida es un accidente, lo
cual puede ser fuente de malentendidos de los que es consciente y procura
evitar. Respecto al hablar de personas en Dios, San Agustín acepta el
término por no encontrar otro más apto, pero reconoce que se trata de
una analogía imperfecta: La distinción de las personas humanas implica
una distinción de las naturalezas concretas, pero en Dios no hay más que
una sola y misma naturaleza en tres personas. Todo esto nos manifiesta una
doble conciencia: Es necesario un lenguaje filosófico para hablar de
Dios, pero todo lenguaje es insuficiente para expresarlo, por eso corrige
las mismas expresiones que acepta.
Las principales aportaciones de San Agustín a la
teología trinitaria son la distinción entre propiedades y apropiaciones,
la doctrina de las relaciones y la analogía psicológica. Respecto a las
propiedades y apropiaciones, el punto de partida es que de Dios no
se puede decir nada según el accidente, es decir, en Dios nada es
accidental, porque si algo fuera accidental podría no ser así, lo cual
significaría que Dios no es perfecto. Sin embargo, cuando Dios entra en
relación con el mundo se acerca a un universo donde existe lo accidental,
es decir lo imperfecto ¿cómo puede Dios manifestar su esencia trinitaria
perfecta dentro de lo accidental sin que esta aparezca como una
imperfección? La respuesta se da a través de la distinción entre
propiedades y apropiaciones. Propiedad es lo que corresponde a cada
persona únicamente en virtud de su respectividad intratrinitaria, es
decir de su relación con las otras personas en la que se diferencia de
ellas, esto pertenece a la esencia perfecta y única de Dios en su
triunidad. Pero cuando eso se muestra en el mundo lo hace en forma de
apropiaciones. Las apropiaciones son la atribución a una u otra de las
divinas personas de su acción en el mundo por su semejanza con su
relación intratrinitaria. Atribuimos distintas acciones en el mundo a
cada una de las personas, pero puesto que es la totalidad de Dios la que
se da en esas acciones, de hecho corresponden a las tres personas, aunque
se atribuyen a una de ellas por su semejanza con su relación
intratrinitaria. Llegamos así a la idea de que toda acción “ad extra”
de Dios corresponde a la Trinidad, no a una u otra persona. Podemos
constatar la preocupación por mantener la unidad de Dios que se refleja
en esta teoría, y es precisamente ahí donde radica su insuficiencia,
parece como si la esencia única de Dios existiera y actuara de forma
independiente respecto a la distinción personal, y esto, llevado a sus
últimas consecuencias, terminaría por ser una negación de la Trinidad.
En cuanto a las relaciones San Agustín constata que la
relacionalidad forma parte ya de los nombres bíblicos Padre e Hijo. El
Padre es Padre por tener y Hijo y viceversa. El ser relativas es lo que
caracteriza a las divinas personas, de modo que, en Dios, todo es uno,
salvo lo que se afirme de cada una de las tres personas en su diferente
relación con las otras. Son las relaciones las que constituyen la esencia
de Dios. Las personas no son partes de Dios, puesto que cada una de ellas
es, en sí misma y en relación a las otras dos, el único Dios verdadero.
Otra gran contribución de San Agustín es la analogía
psicológica de la Trinidad. Su fundamento es que todas las cosas
participan de una u otra forma del sumo bien, que es Dios, por tanto en
todas hay huellas de la Trinidad (cf. CIC 40-43). Dentro de la creación
el hombre es el ser más parecido a Dios en su realidad espiritual. Este
parecido lo descubre San Agustín en las tres potencias del espíritu
humano: memoria, inteligencia y voluntad, que no son potencias realmente
distintas entre sí, sino aspectos inseparables de la vida espiritual
humana. Estas tres potencias nos dan una analogía para comprender la
Trinidad de Dios. El Padre (memoria) al conocerse eternamente a sí mismo,
produce una imagen de sí mismo, el Hijo (inteligencia), puesto que el
conocimiento del Padre es perfecto produce una imagen perfecta, igual al
Padre. El Espíritu Santo tiene su analogía en la voluntad, que no
engendra una imagen de sí misma, sino una tendencia a otro, por eso el
Espíritu Santo es don mutuo del Padre y del Hijo. De todas formas todo
esto no deja de ser, para San Agustín, una analogía, un tenue reflejo
de la realidad de Dios.
De San Agustín podemos recibir como nuevas
aportaciones la necesidad de criticar todo lenguaje sobre Dios que
tiene que coordinarse con la necesidad de comprender y expresar la
realidad de Dios, para lo cual tiene gran valor la analogía.
También nos deja dos puntos que serán fundamentales en la teología
posterior, la unidad “ad extra” de las acciones divinas y la unidad
“ad intra” basada en las relaciones de origen entre las personas
(El Hijo procede del Padre y el Espíritu Santo procede del Padre por el
Hijo)
Ricardo de San Víctor
Ricardo de San Victor (+1173), siguiendo la estela de
San Agustín, propone una genial analogía para comprender la Trinidad.
El punto de partida es también el hombre como imagen de Dios, pero, a
diferencia de San Agustín, no el hombre individual, porque sólo en el
encuentro interhumano los hombres son signo de Dios en la tierra. El
verdadero signo de la Trinidad es la persona, pero ésta se expresa y
realiza a sí misma como individuo en la medida en que se hace desde y con
los otros como comunidad, es decir en la medida en que ama. Dios es la
perfección del amor realizado en sus tres formas primigenias. Como Padre
ha de darse sin cesar, porque eso es la paternidad. Esta donación del
Padre no puede tener como objetivo primigenio la creación, ya que Dios no
puede necesitar de la creación para autorrealizarse (Si fuera así, la
creación no sería obra de la libertad divina). La entrega del propio ser
del Padre hace surgir al Hijo como persona diferente. El Hijo tiene que
ser Dios para que la realización del amor del Padre sea perfecta, ya que
sólo es infinito el amor donde resultan infinitos tanto el dar como el
recibir, donde llega a plenitud la dicha del encuentro. Finalmente el amor
no puede cerrarse en sí mismo porque consiste en ir más alla de sí
mismo, la relación sólo es perfecta cuando eternamente se autosupera,
cuando mirándose uno al otro, miran a un tercero, el amado común, que es
el Espíritu Santo. En Dios, por tanto, tenemos la fuente del amor
originario (Padre), la fuente del amor compartido (Padre e Hijo) y el amor
culminado (Espíritu Santo), es este amor originario y eterno
perteneciente al ser de Dios el que se desborda hacia el mundo en la economía de la salvación. Llegados a este punto ¿por qué detenerse?
¿no podrían multiplicarse hasta el infinito las personas divinas, en un
infinito amor expansivo? No, responde Ricardo, porque el Padre da el ser y
el amor y no los recibe, el Hijo los recibe y los da y el Espíritu Santo
sólo los recibe. Cada una de las divinas personas es perfecta en su forma
de amor y no hay más formas de vivir el amor, por tanto, si hubiera
alguna persona divina más se confundiría con las tres existentes, porque
tendría que tener necesariamente el mismo ser que alguna de ellas, es
decir, sería una de ellas, por eso sólo puede haber tres personas en
Dios.
Esto nos lleva al concepto de persona que usa
Ricardo de San Víctor en su teología trinitaria: “Persona est
rationalis naturae incomunicabilis existentia” (Persona es una
existencia incomunicable de naturaleza racional). El rasgo distintivo de
esta definición es hablar de existencia incomunicable: la
incomunicabilidad supone la independencia, pero la existencia, tal como es
entendida en Ricardo de San Víctor, supone la relación. Ricardo llama a
la naturaleza sistencia, por tanto la ex-sistencia es el modo de tener una
determinada naturaleza. La Trinidad es una sistencia o naturaleza que se
realiza en tres ex-sistencias o personas: el Padre ex-siste desde sí
mismo, el Hijo ex-siste desde el Padre y el Espíritu ex-siste desde el
Padre y el Hijo. No se puede pensar en una sistencia abstracta
independiente de las tres personas, como si la naturaleza divina fuera
anterior a las tres personas: la sistencia divina solo ex-siste en una de
las tres formas dichas, que sólo pueden realizarse en cuanto están
mutuamente implicadas. Es decir, siempre que encontramos a Dios lo
descubrimos de alguna manera como persona, y la persona como existencia
sólo tiene su perfección en la relación, por lo que a Dios sólo
podemos llamarlo personal si descubrimos su proceso interno, eso es lo que
se nos ha manifestado a través de la Revelación, porque Dios es un
proceso que sólo se explicita y realiza a través de y en las personas
divinas.
Sto. Tomás de Aquino
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La Iglesia utiliza el término "substancia"
(traducido a veces también por "esencia" o por
"naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el
término "persona" o "hipóstasis" para designar
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre
sí; el término "relación" para designar el hecho de que
su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.
CIC 252
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Sto. Tomás de Aquino (1224-1274), cumbre de la
escolástica, significa la madurez terminológica del camino
iniciado con el omoousios de Nicea, al precisar el sentido de los
términos usados en la teología trinitaria.
Para Sto. Tomás los nombres personales en la Trinidad
(Padre, Hijo y Espíritu Santo) no pueden significar substancias
distintas, porque la substancia es idéntica en las tres personas (si no
fuera así caeríamos en algún tipo de subordinacionismo, como Arrio),
pero tampoco pueden significar accidentes, porque entonces se trataría de
una sola persona que se manifestaría en tres formas (y caeríamos en el
modalismo). Entonces ¿a qué aluden esos términos? Son términos
relativos: el Padre es Padre por tener un Hijo y el Hijo es Hijo por tener
un Padre, el Espíritu es Espíritu por ser del Padre y del Hijo. Esta
idea la sintetiza Sto. Tomás en una frase que recoge la herencia de San
Agustín: “En Dios todo es uno donde no obsta la oposición de
relación”.
La procesión es entendida como un orden de origen
común al Hijo y al Espíritu, esta noción de procesión común
es necesaria para mantener la igualdad perfecta entre el Hijo y el
Espíritu Santo. La diferencia se establece a través de la idea de generación,
propia del Hijo. La generación se aplica directamente a los hombres,
pero se puede entender analógicamente para expresar la concepción de la
palabra mental, del concepto, que brota por emanación mental, pero se
mantiene dentro del pensamiento. Cuando esta analogía de la
generación
de la palabra mental se aplica a Dios tenemos una idea de la generación
perfecta de la Palabra de Dios, segunda persona, porque lo que Dios
produce no es un concepto mental de sí mismo, sino una palabra real que
expresa todo su ser. Lo mismo que el Verbo procede del Padre por la vía
de la inteligencia, el Espíritu procede por la vía de la voluntad,
lo cual diferencia su procesión respecto de la del Hijo. Esta segunda
procesión, para diferenciarla de la del Hijo, es denominada
espiración. Con esto Sto. Tomás asume y profundiza la intuición
agustiniana de la analogía psicológica de la Trinidad.
En cuanto al concepto de persona Sto. Tomás
toma como punto de partida la definición clásica de Boecio: “Rationalis
naturae individua substantia” (Substancia individual de naturaleza
racional). La individualidad significa que la persona es algo completo,
que se refiere a un individuo incomunicable en cuanto a su ser, es decir,
distinto de cualquier otro, con un ser propio. La subsistencia añade a la
existencia el existir por sí mismo, al contrario que los accidentes, que
existen en otro, es la forma en la que se realiza la incomunicabilidad del
individuo. Finalmente la racionalidad implica que la persona tiene
autonomía de acción y es dueña y señora de sus actos. La
incomunicabilidad en Dios es, por necesidad, algo relativo, ya que no
viene de la esencia sino de la relación de origen: Padre, Hijo y
Espíritu Santo son incomunicables (subsisten y se distinguen) sólo en
cuanto se oponen relativamente. De aquí se concluye que persona en Dios
equivale a relación subsistente. Esta idea de “relación subsistente”
es, en sí misma, paradójica: si relación nos pone en el camino del ir
más allá de uno mismo, subsistente nos indica un permanecer en sí
mismo. Es la forma en la que Sto. Tomás intenta superar la inadecuación
de todo lenguaje respecto a Dios, cualquier concepto que fuera totalmente
claro sería insuficiente, el camino que queda es el de la paradoja que
orienta al pensamiento hacia la superación continua del concepto
racionalmente comprensible.
Con Sto. Tomás la reflexión racional-filosófica
se mete de lleno en la visión de la Trinidad con el peligro de dejar
de lado la economía de la salvación. La tendencia del pensamiento es
más a explicar que a manifestar la Trinidad. Por otra parte se va
produciendo un centramiento en la unidad de Dios que amenaza con dejar en
la oscuridad su Trinidad. El gran hallazgo será la definición de persona
como relación subsistente, esta idea paradójica sirve para dar cuenta
tanto de la individualidad de las personas divinas (subsisten) como de su
referencia recíproca esencial (son relaciones)
La radicalización de la inmanencia trinitaria
El pensamiento de Sto. Tomás será decisivo en la
evolución posterior de la Teología. Su división del tratado de Dios en
dos partes (“De Deo uno” y “De Deo trino”) será la norma en toda
la Teología posterior. Esto llevará a un tratado “De Deo uno” que
incluye tanto la existencia como los atributos de Dios. En consecuencia el
tratado “De Deo trino” queda casi como un apéndice en el tema de Dios.
Lo fundamental de Dios es conocido por la razón en base a su unicidad, la
Trinidad queda como un dato accesorio. El concepto dominante es el de un
monoteísmo filosófico en el que la revelación trinitaria de Dios parece
casi una intromisión molesta que hay que admitir y justificar porque no
queda más remedio.
Por este camino se llega a un espléndido aislamiento
del tema trinitario en las cumbres de la abstracción teológica. La
fe en la Trinidad comienza a no tener un lugar propio y central en el
conjunto de las materias teológicas. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo
pasa, de ser el escaparate, a ser la trastienda de Dios en la
especulación teológica. Esta será la situación en la que, ya en pleno
siglo XX, Karl Rahner planteará en el campo católico una nueva visión
de la Trinidad que vuelva a situarla en su lugar central en el conjunto de
los tratados teológicos.
Karl Rahner
K. Rahner (1904-1984), toma conciencia de los problemas
en torno a la relación entre los tratados “De Deo Uno” y “De Deo
Trino”. En los manuales al uso el tratado no trinitario “De Deo
uno” precede al tratado sobre la Trinidad, y esto lleva a hablar de las
personas divinas de una manera absolutamente formal que no afecta a la
esencia de Dios. Esta situación no es razonable, si la Trinidad no fuera
un misterio salvífico no se nos habría revelado, por tanto, si el
tratado de la Trinidad queda aislado debe interpretarse que no se han
elaborado suficientemente sus conexiones con el resto de tratados
teológicos.
A partir de esta convicción y para superar esta
situación K. Rahner formula su tesis fundamental: La Trinidad económica es la Trinidad
inmanente y a la inversa. Esta tesis se
sustenta en una observación concreta: hay al menos un caso en que la
Trinidad económica es la Trinidad inmanente y es una verdad de fe
definida, la encarnación del Verbo de Dios. Jesús no es Dios en general,
sino el Hijo, y esta misión no sólo le es aplicada a la segunda persona
divina, sino que le es propia y peculiar. Por tanto, en la encarnación,
algo ocurre fuera de la vida intradivina que no es simplemente un
acontecimiento del Dios tripersonal que actúa como ser único. Si esto es
así resultan falsas todas las opiniones que sostienen tanto el principio
de que no hay nada histórico-salvífico que no pueda predicarse de la
misma manera del Dios trino y de cada persona como el de que una doctrina
sobre la Trinidad solo pueda hacer aserciones sobre lo intradivino. Por
contra resulta verdadero que la doctrina de la Trinidad y la economía de
la salvación no pueden distinguirse adecuadamente.
K. Rahner detecta también una aporía en el concepto
de persona cuando se aplica a la doctrina sobre la Trinidad. Tres
personas no significa en Dios ni una multiplicación cuantitativa de la
esencia ni una igualdad de la personalidad, pero cuando hablamos hoy de
persona en plural casi nos vemos obligados a pensar en varios centros
espirituales de actividad, en varias subjetividades. En Dios sólo se da
una esencia, una conciencia real poseída en tres formas distintas. Esta
dificultad tiene su causa en el hecho de que ha habido un cambio en el
concepto de persona, mientras que antiguamente se refería “in recto”
únicamente a la subsistencia distinta y solo “in obliquo” a la
naturaleza racional, en la Edad Moderna la persona pasó a designar “in
recto” el elemento espiritual y subjetivo. A causa de esto es necesario
abrir la posibilidad de otros modos teológicos de expresión que tomen
como punto de partida el axioma fundamental, según el cual Dios es el
Dios concreto en cada una de sus formas de darse, lo que, traducido a la
Trinidad inmanente, significa que el Dios único subsiste en tres formas
distintas de subsistencia.
Esta solución ofrece, según K. Rahner, varias
ventajas: destaca la unidad de Dios y no deja lugar a tres subjetividades,
con su uso se significa lo mismo que las formulaciones que emplean el
término “persona”, usándolo junto al concepto “persona” podría
servir para acabar con cierto triteísmo latente que siempre es un
peligro con el sólo término “persona”.
La teología de K. Rahner lleva a considerar varias
necesidades urgentes: poner la doctrina trinitaria en el centro de la
teología (y hasta los bordes), renovar la teología trinitaria a
partir de la revelación y adecuar nuestros conceptos a su uso
teológico, en particular el concepto de persona.
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Haz un esquema de las distintas herejías
que aparecen en los primeros siglos.
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Elabora un pequeño vocabulario en el que
se explique el significado de los principales términos usados
en la teología trinitaria (economía, substancia, esencia,
persona y otros que encuentres). Puedes ayudarte con algún
diccionario de filosofía para comprenderlos mejor en su
sentido y evolución.
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Haz una breve exposición en la que valores
las ventajas e inconvenientes de las dos analogías
trinitarias que aparecen en el tema (la de San Agustín y la
de Ricardo de San Víctor)
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EL ESCOLIASTA
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