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8. Trinidad, creación, Iglesia
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Trinidad y creación
La Trinidad de Dios hace comprender su relación con
la creación y su ser creador de forma nueva. No se trata simplemente de
creer que el mundo tiene su origen en Dios, idea en principio compatible
con cualquier comprensión de la divinidad, sino de profundizar en el
cómo de esa relación entre Dios y el mundo. Para comprender mejor
la importancia del pensamiento trinitario en toda esta materia
comenzaremos por acercarnos al judaísmo, porque la comparación entre
judaísmo y cristianismo es en este tema enormemente reveladora.
Para el pensamiento místico judío, Dios, si es
infinito, no puede dejar lugar a nada que no sea él mismo, por tanto la
existencia de un “otro”, distinto de Dios resulta, en principio,
imposible, cualquier otra realidad distinta de Dios estaría afirmando
que Dios no es infinito. La solución a esta aporía se encuentra en la
idea del tsimtsum (contracción) de Dios. Antes de la creación
Dios se contrajo sobre sí mismo para dejar lugar al mundo, de modo que
la creación resulta de una auto-limitación de Dios que ha querido
volverse sobre sí mismo para que la creación pueda tener su propia
autonomía. Esta solución, siendo valiosa, no está exenta de dificultades,
¿será la creación entonces un espacio ajeno a Dios, cuya existencia
misma está postulando la necesidad de dejar de lado a un Dios que se ha
hecho extraño a ella? o, por el contrario ¿se tratará en el fondo de
un malicioso juego en el que Dios concede una autonomía parcial que no
es más que una ilusión temporal que finalmente tendrá que ser
deshecha para perderse en la infinitud divina?
La respuesta de la fe cristiana a estos problemas
pasa por la idea del Dios Trinitario, un texto de San Pablo puede
servirnos para comprenderlo.
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Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda
clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo -antes de
crear el mundo- para que fuésemos consagrados e irreprochables ante
él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo -por
pura iniciativa suya- a ser sus hijos, para que la gloria de su
gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido hijo,
redunde en alabanza suya.
Ef 1,3-6
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Si en este texto omitimos las referencias a
Jesucristo nos encontraremos en las mismas dificultades del judaísmo.
Dios, efectivamente, bendice, elige y destina, pero estas acciones en el
fondo resultan ajenas a su ser, casi se podría decir que obedecen a un
capricho, porque una creación desde un Dios cuya única determinación es
la infinitud absoluta, si quiere ser libre, se queda en la categoría del
capricho para no afectar a su infinitud. Más aún ¿cuál es la finalidad
de todo? redundar en alabanza suya, lo cual no deja de ser una
autoexaltación egolátrica e innecesaria de un ser que por su propia
categoría no necesitaría de ella.
Pero San Pablo ha introducido, de una forma que podría
parecer accidental, pero que por reiterada no podemos pasar por alto, la
expresión “en la persona de Cristo”. Si tomamos en serio estas
palabras la interpretación varía notablemente. El punto de partida de
esta visión general sobre toda la historia de la creación es que Dios
actúa “en la persona de Cristo”. Es la relación paterno-filial
constitutiva de la esencia divina la que da consistencia a todas las
afirmaciones posteriores. Si nos situamos en esta perspectiva la
creación no es simplemente negación de la realidad de Dios, porque este
momento de negación ya existe en la comunión intradivina. La creación
es desbordamiento y reflejo de la realidad de Dios en el tiempo, porque
Dios es entrega del ser del Padre al Hijo y retorno en el Espíritu. El
momento de negación de sí mismo no es ajeno a Dios, sino que pertenece a
su propia esencia, si que eso termine en una duplicación de lo divino
porque, en el Espíritu Santo, Dios es también un retornar a sí mismo.
Esta visión permite una respuesta distinta a la cuestión
de la libertad creadora de Dios. La creación no responde a una
necesidad divina, Dios no necesita del mundo para realizar su amor porque
en sí mismo es amor. Pero tampoco se trata de un puro capricho divino, ya
que lleva la impronta de su ser amor y diálogo. La creación es el
desbordamiento de la vida divina, Dios plasma en el tiempo la dinámica
que es él mismo más allá del tiempo, no se trata de una cuestión de
necesidad o libertad, sino de sobreabundancia de amor. Si esto es así, el
ser alabanza de la gloria de Dios, no es una finalidad que se le
impone a la creación para la autoglorificación de Dios, sino la
culminación del ser propio de la creación, inclusión en la misma
dinámica de alabanza y glorificación que es la vida de Dios. En la
persona de Cristo todo lo creado lleva a plenitud su ser desbordamiento
del amor divino que vuelve a su origen por obra del Espíritu. Toda la
historia de la creación es una inmensa oferta de plenificación en la
unión con Dios (cf. CIC 290-294).
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La acción creadora del Hijo y del Espíritu,
insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6;104,30; Gn 1,2-3),
revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre,
es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo
existe un Dios...: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor,
es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es
decir, por su Verbo y por su Sabiduría" (S. Ireneo, haer.
2,30,9), "por el Hijo y el Espíritu", que son como
"sus manos" (ibid., 4,20,1). La creación es la obra
común de la Santísima Trinidad.
CIC 292
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Trinidad y Bautismo
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Tal como está escrito en la profecía de
Isaías:
“Mira, yo envío por delante a mi mensajero
para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto:
Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”, apareció
Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de
penitencia para el perdón de los pecados.
Toda la población de Judea y de Jerusalén
acudía a que los bautizase en el río Jordán, confesando sus
pecados. Juan vestía un traje de piel de camello, se ceñía un
cinturón de cuero, y comía saltamontes y miel silvestre. Y
predicaba así:
-Detrás de mi viene el que puede más que yo, y
yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he
bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de
Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del
agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una
paloma. Se oyó una voz del cielo:
-Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.
Mc 1, 2-8
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El hecho de que Jesús fuera bautizado por Juan
resultó difícil de comprender para los primeros cristianos. No es
sencillo aceptar que el Hijo de Dios se meta en el grupo de los pecadores
como uno más para recibir “un bautismo de penitencia para el
perdón de los pecados”. La primera aparición pública de Jesús parece
un incidente desafortunado del que lo libra una súbita teofanía por
medio de la que las aguas vuelven a su cauce. Lo único que quedaría del
hecho sería el recuerdo de un gesto condescendiente de Jesús.
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Nuestro Señor se sometió voluntariamente al
Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para "cumplir
toda justicia" (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una
manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El
Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación
desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva
creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo
amado" (Mt 3,16-17).
CIC 1224
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Mirando el acontecimiento desde una perspectiva
trinitaria la interpretación puede ser muy distinta. Jesús que se presta
a ser bautizado por Juan está realizando así su ser Hijo de Dios. Hemos
visto como la condición de Hijo de Dios consiste en ser el Otro de
Dios Padre, la periferia de la comunión divina. Ese ser Dios como
Hijo, como Otro del Padre, llega precisamente a su culminación extrema
cuando alcanza los mayores abismos del alejamiento de Dios: el pecado y la
muerte. Jesús está unido a los pecadores porque su ser consiste en salir
del Padre para volver a él, esto, en su despliegue histórico y finito se
realiza en el unirse a los pecadores para, a partir de la negación de
Dios, iniciar el camino de la reconciliación. No en vano el Bautismo es
el comienzo de la vida pública de Jesús, que deja entrever ya desde el
principio todo el sentido profundo de su existir. Se trata de una manifestación
de la vida trinitaria de Dios, desde el Padre que lo envía y le da
autoridad, en el Espíritu que lo sustenta, se inaugura solemnemente el
camino del mundo hacia Dios que surge del camino de Dios hacia el mundo.
El Bautismo cristiano está unido al Bautismo de
Jesús, pero a partir de aquello que en el Bautismo de Jesús estaba
preanunciado: la muerte y resurrección del salvador. Es también un
Bautismo trinitario, pero éste ya no anuncia un camino por hacer, sino el
seguimiento del pionero de la salvación, Jesús. Nos bautizamos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y con eso no sólo
hacemos referencia al origen del Bautismo, sino también a su destino,
participar de la vida del Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, y
hacerlo en comunión con la vida, muerte y resurrección de Jesús. Como
vimos anteriormente, la celebración bautismal es el contexto en el que
nacieron muchas de las primeras expresiones de fe trinitarias de la
Iglesia. La confesión de fe tiene su origen en la experiencia bautismal,
es expresión de la comunión con el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo de
cuya vida participamos. Ser conscientes del propio Bautismo es saberse llamados
y reconocidos por Dios Padre y sustentados por el Espíritu Santo para
rehacer en la propia vida el camino de la vida de Jesús, el Hijo de Dios.
(cf. CIC 535-537).
Trinidad y Eucaristía
La comida es un acto físico necesario para la vida,
pero, para el creyente, es también un acto religioso. Comer es
reconocerse dependiente, necesitado del mundo que nos rodea, con el que
estamos unidos y del que necesitamos para vivir. Comer juntos es un
símbolo privilegiado de la relación humana porque es un modo de
reconocernos tan necesitados de los demás como de ese mundo que nos
alimenta. En último término, para la persona religiosa, en todas esas
dependencias y comuniones que se ponen de manifiesto en la comida se
trasluce la dependencia fundamental del ser humano, la dependencia de Dios
de quien recibe la vida.
Por supuesto, las comidas más representativos del
Hijo de Dios, y las más llamativas, son con pecadores (Lc 19,1-10).
En el escándalo de los que ven a Jesús entrar en casa de Zaqueo hay
bastante del propio escándalo de los cristianos cuando lo ven ser
bautizado por Juan. Pero el Hijo de Dios, de nuevo, es Hijo precisamente
siendo así, capacidad de Dios de extremar su autoalejamiento para acoger
a todos junto a sí. Comer con pecadores es llevar la presencia de Dios
incluso allí donde Dios no es aceptado, hacer posible la salvación hasta
el extremo.
Y el extremo llegó en la tarde del Viernes Santo, pero
la noche anterior también Jesús se reunió para comer con sus amigos. Aquella
última cena fue contemplada por Jesús como símbolo radical de su vida,
una vida que salió de Dios para recoger el universo en una mismo gesto de
comunión y acción de gracias, en una misma comida. La última cena es el
adelanto de lo que será su muerte, entrega total de Dios más allá de
sí mismo para la salvación del mundo. (cf. CIC 610-611)
Celebrar la Eucaristía es compartir la misma
acción de gracias de Jesús, acción de gracias al Padre que nos dio
a su Hijo para renovarnos en el Espíritu. Acción de gracias a aquel del
que dependemos y en el que podemos confiar porque ha querido acompañarnos
hasta la muerte.
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Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y
ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te
ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia,
y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste
devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y
Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo
un solo cuerpo y un solo espíritu.
Plegaria Eucarística III
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La Plegaria Eucarística, centro de la celebración
cristiana, es experiencia privilegiada de la acción trinitaria de Dios en
el mundo. Nos unimos a Jesús en la oración para pedir al Padre que
envíe su Espíritu con poder para transformar las especies
eucarísticas en cuerpo y sangre del Señor y la comunidad cristiana en
templo vivo de Dios (No olvidemos que son dos las veces que se pide la
venida del Espíritu Santo). Esta plegaria no se dirige a la Trinidad, se
hace desde la experiencia misma de la Trinidad, es la continuación de la
alabanza al Padre del Hijo único con el que formamos un mismo cuerpo por
obra del Espíritu. La mejor síntesis de la Eucaristía nos la da la
doxología final: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre
omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos. Amén”.
Por todo esto la comunión con la que concluye la
Eucaristía no es únicamente encuentro con Jesús. Comulgar el cuerpo y
la sangre de Jesús es comulgar con su sacrificio, con todo ese gran
movimiento de él mismo por el que, en el dinamismo unificador del
Espíritu, se pone en las manos del Padre. La comunión eucarística es la
puerta por la que entramos en la comunión trinitaria de Dios. Cuando
decimos “amén” a la presencia real de Cristo en el pan consagrado
estamos diciendo también “amén” a nuestra vocación cristiana, es
el mismo Espíritu el que consagra el pan y el vino y el que nos consagra
a nosotros para ser Iglesia de Dios, cuerpo de Cristo.
Trinidad y vida cristiana: El icono de la Trinidad de
Rublev
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El progreso espiritual tiende a la unión cada
vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama ‘mística’,
porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos -‘los
santos misterios’- y, en El, del misterio de la Santísima
Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con El,
aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta
vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar
así el don gratuito hecho a todos.
CIC 2014
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A lo largo de los siglos los
teólogos han intentado comprender el misterio de la Trinidad, los
santos lo han vivido, los místicos lo han gustado, pero fue Andrei
Rublev el que tuvo la dicha de mostrarlo para introducir en él al
pueblo cristiano. Su icono de la Trinidad, obra maestra del arte
pictórico, es también un compendio de Teología Trinitaria que se
ofrece a la mirada de la fe. Data del año 1411 aproximadamente y se
encuentra actualmente en la Galería Tetriakov de Moscú.
El icono representa, en una primera visión, la
visita de los tres ángeles a Abraham junto al encinar de Mambré
(Génesis 18, 1-15). A través de esa escena del Antiguo Testamento se abre todo un campo de simbología teológica que nos conduce hasta
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
En primer lugar podemos ver la escena en
general, tenemos tres personajes sentados en torno a una mesa con una
copa en medio. El personaje central resalta, aparte de por su posición,
por el intenso rojo de su túnica que contrasta fuertemente con el azul
del manto. Viene de un largo camino, por eso el cuello de su túnica
está ligeramente descolocado, una estola dorada cae sobre su hombro
derecho. Está mirando hacia su derecha, al segundo ángel, vestido con
una túnica azul casi totalmente cubierta por un manto semitransparente.
Está como recibiendo al recién llegado, su postura es de reposo. A la
derecha tenemos una tercera figura, cortada por el bastón que sostiene
con la mano izquierda. La mano derecha casi parece
apoyarse en la mesa para levantarse. La túnica es azul, como en el caso
del personaje de la izquierda, pero el manto es de un verde igual al del
suelo sobre el que se apoyan los bancos en que están sentados los tres.
El azul de las túnicas representa la divinidad
de los tres personajes, iguales y distintos a la vez. Es el Dios oculto
que parece trasparentarse en el manto del Padre, el Dios que muestra el
misterio de su amor hasta la muerte en el rojo del Hijo y el Dios que da
vida a toda la creación en el verde que el Espíritu Santo comparte con
el suelo. |

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El cuadro se puede dividir en
dos zonas, una rectangular superior, donde se ven una casa, un árbol y
una montaña. Son signos de las grandes realidades religiosas del Antiguo
y del Nuevo Testamento. La casa es el lugar de la presencia de Dios en
medio de su pueblo (el Templo en el Antiguo Testamento y Jesús en el
Nuevo), el árbol es el lugar de la prueba (la prueba que vence al hombre
en el arbol del bien y del mal del que come Adán y aquella en la que el
hombre sale vencedor en el árbol de la cruz) la montaña es el lugar de
la ley (la que dio Moisés en el Sinaí y la nueva ley de Jesús en el
sermón del monte). En definitiva, el fondo del cuadro es una
representación simbólica que, de algún modo, intenta abarcar toda la
historia de la salvación. La escena que se representa tiene como
trasfondo toda esa historia porque es en ella y a través de ella como se ha
mostrado el misterio de la vida de Dios que el cuadro representa. |

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Pasando a la
organización de los tres personajes que están en primer plano observamos
que están estructurados en forma circular. Un circulo exterior los enmarca
y un círculo interior, señalado por el borde de la manga del personaje
central, reitera y profundiza el movimiento circular de la imagen. Esta organización
circular hace que el cuadro tenga un movimiento propio, la mirada del
observador es conducida de un personaje a otro en un camino infinito. Es
la vida del Dios trino que se pone ante nuestros ojos. Dios no
es un puro permanecer en sí mismo, un absoluto quieto y muerto, sino que
el ser de Dios es un permanente salir de sí una dinámica eterna de
donación y comunión en la que nos va introduciendo la circularidad del
cuadro. |

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Esta vida se
enmarca en un doble octógono que
forman las bases sobre las que están situados los sitiales de los
personajes laterales en combinación, bien con las cabezas de estos mismos
personajes, bien con la casa y la montaña del plano superior. El ocho
representa el octavo día, el primer día de la nueva semana, es el
domingo de la resurrección. Este día tiene dos centros, por una parte la
copa, que representa la Eucaristía, por otra parte el seno del personaje
central: el Hijo. A través del amor de Cristo, que se nos ofrece como
realidad creada en la Eucaristía, se realiza la nueva creación, el nuevo
tiempo de la salvación que es apertura a la eternidad de Dios. Compartir
la copa eucarística es adentrarse en el misterio del amor que mana del
seno de Cristo. |

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Esta unión
entre la Eucaristía y Cristo queda realzada por una tercera estructura: las siluetas de los personajes laterales representan una copa,
reproducción de la copa central. Esta segunda copa, resultado de la
conjunción de la obra del Padre y del Espíritu que sostiene al Hijo,
manifiesta el contenido de la copa central: Jesucristo, el salvador que
viene de un largo camino de muerte simbolizado por el cuello descolocado
de su túnica, pero también de resurrección y gloria que se muestran en
la estola dorada que luce. La invitación de Dios en la Eucaristía es una
invitación a hacernos hijos en el Hijo, no sólo compartimos la copa,
sino que nos hacemos parte de ella, el sacrificio y el triunfo de Cristo
son también nuestro sacrificio y nuestro triunfo |

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La
presentación de la Eucaristía no se realiza simplemente como algo
externo, sino que el autor quiere con el cuadro invitarnos a participar de
ella. Si dividimos las partes superior e inferior del cuadro nos daremos
cuenta de un efecto importante. En la parte superior aparece resaltada la
figura central, el Hijo. Si el cuadro fuese únicamente esta parte
superior pensaríamos que el Hijo está situado delante de las otras dos
figuras. Sin embargo, cuando miramos la parte inferior del cuadro de forma
independiente el efecto es el contrario, la colocación de la mesa y de
las piernas de los dos comensales produce el efecto de que el personaje
central está más retirado. Por medio de esto se produce una estructura
espacial cóncava, es como si fuésemos invitados a entrar dentro de la
mesa, el Hijo se adelanta a llamarnos a ella. |
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Situados en el interior de
esta mesa eucarística podemos asistir a la relación entre las tres
personas divinas, es una relación doble que se establece a través de las
miradas y de las manos. Las miradas representan la relación interna de
las tres divinas personas, las manos su participación en la historia de
la salvación. Hay un cruce de miradas entre el Padre y el Hijo, y en el
centro de este cruce se introduce la mirada del Espíritu Santo, es la
vida interna de la Trinidad de Dios, continua generación de amor entre el
Padre y el Hijo y continua presencia de amor recogido en el Espíritu. Y
este amor divino no está destinado a permanecer encerrado en Dios, al
contrario, se derrama en el mundo, la mano del Padre envía al Hijo que
con la suya, al mismo tiempo que bendice la copa eucarística, señala al
Espíritu en quien se recoge toda bendición para la salvación del mundo.
Si finalmente nos fijamos en los bastones nos daremos cuenta de que, al
mismo tiempo que señalan los espacios de las tres divinas personas, entre
el segundo y el tercero enmarcan el pie del Espíritu Santo. Es Dios que
está a punto de levantarse y salir a nuestro encuentro.
Y aquí nos quedamos, has entrado en la vida
misma de Dios, la has contemplado y la has gozado, ahora esa vida se
dirige a ti, a tu vida creada para llenarla de divinidad. Este es el
momento final, porque no se trata de un icono para ver como espectador,
sino para contemplar y vivir como cristiano, si te has reposado en la vida
trinitaria de Dios ahora él quiere reposarse también en tu propia vida,
enhorabuena. |

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Más información sobre este icono en:
http://www.dominicos.org/manresa/Trinidad1.htm |
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Busca
en tu Biblia los distintos relatos del Bautismo de Jesús que
aparecen en los evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) y
compáralos ¿qué podemos aprender en cada uno de ellos sobre
Jesús como Hijo de Dios?
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Lee
CIC 1356-1381 y haz un esquema sobre el lugar del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo en la Eucaristía.
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Si el
destino del hombre es participar en la vida de Dios ¿cómo es
posible que el hombre no sea Dios?
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Busca
nuevos simbolismos en el icono de la Trinidad de Rublev
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EL ESCOLIASTA
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