Domingo V Cuaresma
Domingo IV Cuaresma
Domingo III Cuaresma
Domingo II Cuaresma
Domingo I Cuaresma
Domingo IV Ordinario
Domingo III Ordinario
Domingo II Ordinario

 

SITIOS RELACIONADOS

Domingos anteriores
Domingo actual

 

 

 

 

 

Domingo II Cuaresma A
17 de febrero

Lecturas bíblicas
Comentario


Lecturas bíblicas

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Génesis (Gn 12, 1-4a)

En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán:

-Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.

-Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

 

SALMO RESPONSORIAL (Sl 32)

 

R. Que tu misericordia, Señor, venga con nosotros, como lo esperamos de ti.

La palabra del Señor es sincera
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (2Tim 1, 8b-10)

 

Querido hermano:

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según San Mateo (Mt 17, 1-9)

 

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:

-Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:

-Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle.

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo:

-Levantaos, no temáis.

Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

-No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Volver al inicio


Podemos

El domingo pasado la Palabra de Dios nos invitaba a desnudarnos de todo aquello que esconde nuestra realidad de hijos de Dios. Es una llamada hermosa, pero también difícil. Nos asaltan las preguntas: si nos esforzamos en vivir esta cuaresma practicando el ayuno, la limosna y la oración ¿no será todo esto una pérdida de tiempo y esfuerzo que no lleve a nada? ¿tendremos fuerza para llegar hasta el final? ¿estamos seguros de que todo esto nos acerca a Dios de verdad? Son dudas reales que no debemos minusvalorar, porque muchas veces nuestra vida cristiana está llena de esfuerzos que no nos cambian, de intentos que no culminan, de seguridades que se derrumban.

Pero la Palabra de Dios de este domingo quiere contestar a nuestras dudas recordándonos algo importante, si nuestra seguridad está sólo en nuestro cálculo, si nuestra fuerza está sólo en nuestra decisión, si nuestra certeza está sólo en nuestro saber, entonces ciertamente el camino de la Cuaresma es imposible para nosotros. Si queremos vivir en profundidad esta preparación para celebrar la Pascua del Señor debemos salir de nosotros mismos, de nuestras seguridades, para apoyarnos en Dios.

El primer ejemplo que se nos presenta es el de Abraham. Tiene sus propias seguridades: su tierra y su familia, pero Dios le dice que tiene que abandonarlas para buscar una tierra que él le mostrará, para ser padre de una descendencia que él le dará. Podemos imaginar su duda: ¿seguir en sus propias seguridades o confiar simplemente en Dios?... Y Abraham se pone en marcha sin saber a dónde llegará, su única certeza es la llamada de Dios. Nosotros también tenemos esa duda cuando el seguimiento de Jesús nos pide algún compromiso, en seguida nos planteamos preguntas ¿qué dirán los demás? ¿dónde terminará esto? ¿cómo podré seguir adelante? Parece como si necesitáramos tenerlo todo previamente calculado y previsto y fuéramos incapaces de confiar mínimamente en Dios que nos llama. Abraham con su ejemplo nos dice que no se trata de fiarse de las propias previsiones y conocimientos, sino de la Palabra de Dios que llama por encima de todo

En la segunda lectura escuchamos la invitación de Pablo a Timoteo: "Toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dés”. Pablo no dice “según la fuerza que tú tengas”, porque trabajar por el evangelio sólo se puede hacer según la fuerza que Dios da. Timoteo podría pensar que es su compromiso y su esfuerzo lo que hace que el Evangelio se extienda, pero es sólo Dios quien llama a evangelizar y sólo Dios quien sostiene al evangelizador. Seguir a Jesús es confiar en que Dios nos dará fuerza para continuar en todo momento, poniéndolo todo de nuestra parte, pero sabiendo que nuestra debilidad es ocasión para que se muestre el poder de Dios. Nosotros en ocasiones parece como si necesitáramos calcular perfectamente de qué somos capaces y de qué no antes de comprometernos a algo, nos gusta tener la seguridad de que podremos hacerlo. Pablo nos avisa de que no es nuestra propia fuerza la medida de nuestra capacidad, sino la fuerza de Dios presente en nosotros.

Finalmente tenemos en el Evangelio a Pedro, Santiago y Juan. Mientras está Jesús con Moisés y Elías se sienten bien, porque Jesús se muestra acompañado y, en cierto modo, ratificado por los dos personajes fundamentales de la fe judía. Pero cuando la voz dice que hay que escuchar al Hijo se atemorizan, tienen que dejar la seguridad de la tradición recibida porque Jesús se pone por encima de ella. Nosotros también tenemos nuestras tradiciones y seguridades religiosas, a las que muchas veces nos podemos sentir muy apegados, pero todas deben estar sometidas al juicio del Evangelio. Debemos estar dispuestos a quitar de en medio cualquier cosa que no esté de acuerdo con Jesús, aunque nos parezca una tradición antigua y valiosa, porque el auténtico valor es Cristo

Todo esto se hace con un objetivo: Vivir con la confianza puesta en Dios. Dios nos llama, nos sostiene y nos conduce por el camino de su promesa, que es promesa de muerte y de vida. En primer lugar es una promesa de muerte. Jesús dice en el Evangelio: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos". Su camino tendrá que pasar por la cruz antes de llegar al triunfo. Nuestro camino también, perder las propias seguridades es doloroso y difícil, y la Palabra de Dios no nos esconde la dificultad. Seguir a Jesús supone morir a nosotros mismos confiando en su camino. Pero la promesa de Dios es también una promesa de vida y resurrección. Caminamos en la dificultad, pero sabemos que Dios nos llamó al principio, nos acompaña durante el camino y nos espera al final.

Si confiamos en Dios que nos llama, en el Espíritu que nos sostiene, en el Hijo que nos guía, sabemos que podemos culminar no sólo el camino de la Cuaresma, sino el camino total del seguimiento de Cristo que la Cuaresma hace presente de forma simbólica. Podemos, no porque seamos mejores que los demás, sino porque Dios puede en nosotros.

EL ESCOLIASTA

Volver al inicio

   

Portada | Fe | Biblia | Domingo | Pasión | Camino | Cultura | Libros | Enlaces | Correo
EL ESCOLIASTA 2008