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La Eucaristía en S. Pablo En este tema nos acercamos a la forma en que S. Pablo entiende la Eucaristía. Aunque son muchos los textos que podríamos tomar nos vamos a centrar en los que hemos leído, pues en ellos se encuentran las ideas fundamentales de lo que piensa S. Pablo de la Eucaristía. Nos detendremos especialmente en algunas expresiones importantes de estos capítulos. Unión con Cristo en la Iglesia El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión
con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo
de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo
cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. La Eucaristía es comunión de los cristianos con el cuerpo y la sangre de Cristo. El pan y el vino eucarísticos son alimento y bebida espirituales que dan una especial unión con Cristo por el Espíritu. Por este pan y este vino se unen los cristianos a Cristo, y Cristo es uno. Por la Eucaristía los cristianos se unen, forman un sólo cuerpo de Cristo. Es importante ver cómo, para S. Pablo, en la Eucaristía no se trata simplemente de la unión individual de cada cristiano con Cristo, sino de la unión con la Iglesia y con Cristo que se dan al mismo tiempo. En la Eucaristía se unen el cuerpo espiritual de Cristo resucitado y su cuerpo eclesial. El pan y el vino son comunión con Cristo y con su Iglesia. Si celebramos la Eucaristía estando divididos entre nosotros estamos negando la presencia de Cristo en ella que afirma la Palabra de Dios. Sacrificio memorial Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor
y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban
a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y
dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria
mía. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: Este cáliz es
la nueva alianza sellada con mi sangre: haced esto cada vez que lo bebáis, en
memoria mía. Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz,
proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva. La Eucaristía es tradición recibida. No se trata de una celebración individual donde cada uno hace lo que quiere, sino de una tradición recibida del Señor a través de la Iglesia. Este camino de la tradición del Señor a través de las generaciones cristianas es el que hace posible la renovación de la cena y la pasión del Señor en todos los momentos de la historia. Es un camino de ida en la historia que hace posible la vuelta, el memorial del sacrificio del Señor. La Eucaristía es sacrificio memorial. Es sacrificio pues la sangre es símbolo de la nueva alianza realizada en la cruz del Señor. Es también memorial, no simple recuerdo: La acción litúrgica realiza verdaderamente la salvación. El pasado (la cruz del Señor) se hace accesible en el presente (la vida de la Iglesia) por medio del acto conmemorativo. No se trata de una repetición del pasado. Podemos tener la imagen de que por la Eucaristía se repite la muerte del Señor, pero no es así. Por la Eucaristía es la Iglesia la que se hace presente en el único e irrepetible sacrificio del Señor, que es valido para siempre. En la celebración tenemos, pues, el memorial y el símbolo de la muerte del Señor. La Eucaristía nos da el ejemplo de la entrega de Cristo para hacerlo realidad en nuestra vida. Finalmente la Eucaristía es anuncio de la muerte del Señor hasta que vuelva. El Señor presente en la Eucaristía es ya un anticipo ante el mundo de lo que será la culminación de la obra salvadora de Dios. Responsabilidad eucarística Por consiguiente, el que come del pan o bebe del cáliz del
Señor sin darles su valor tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del
Señor. Este texto puede ser interpretado en dos formas distintas. Con frecuencia se le ha dado sobre todo un sentido individual: aquel que se acerca a la comunión eucarística sin las debidas disposiciones, sin la fe requerida o con la conciencia de un grave pecado personal comete un sacrilegio, una profanación de algo tan sagrado como es el cuerpo y la sangre del Señor. Algunos autores modernos insisten ahora, con acierto, en la dimensión eclesial de este texto. El cuerpo y la sangre del Señor nos exigen un doble discernimiento: por una parte es preciso responder a la presencia del cuerpo y la sangre del Señor con la fe y las disposiciones que merece; pero es preciso discernir también nuestra relación con su cuerpo eclesial. De modo que aquel que no respeta el cuerpo del Señor en sus miembros tampoco es digno de acercarse al Señor como cabeza de ese cuerpo. El que no reconoce el cuerpo (eclesial) del Señor se hace reo del cuerpo y la sangre (personal) del Señor, y tendrá que responder de ellos. La comunión de los dones no es disociable de la comunión de los santos. Se establece así una contraposición social: la cena del Señor debe iluminar, criticar y rectificar las divisiones de la comunidad. Como conclusión de este tema podemos ver que, para S. Pablo, en el cuerpo eucarístico del Señor se unen su cuerpo espiritual, resucitado, y su cuerpo eclesial. Estos dos aspectos de la eucaristía son inseparables y no se puede tomar uno olvidando el otro. |
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EL ESCOLIASTA 2004