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2. Uno en cuerpo y alma
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A lo largo de la reflexión cristiana sobre el hombre ha ido cristalizando
la idea de su constitución a la vez corporal y espiritual, de su ser
cuerpo y alma. Sin embargo, como afirma el Catecismo de la Iglesia
Católica, no hay en la Sagrada Escritura un concepto unívoco de alma:
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A menudo, el término alma designa en la Sagrada
Escritura la vida humana o toda la persona humana. Pero designa
también lo que hay de más íntimo en el hombre y de más valor en
él, aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: "alma"
significa el principio espiritual en el hombre.
CIC 383 |
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Ni la palabra hebrea “nefes” ni la griega “psiche”
significan siempre lo mismo. “Nefes” puede designar desde la garganta o el
cuello hasta la vida o la persona, además del alma. La idea subyacente a
todos estos usos sería la del hombre en tanto que ser vivo pero
necesitado, lo mismo que necesita el aire para respirar (de ahí la
referencia a la garganta y el cuello). En el Nuevo Testamento el
significado más propio de la palabra griega “psiche” es el de vida, aunque
en ocasiones se refiere también a la intimidad del hombre o a toda la
persona humana. La idea que en este caso quedaría como trasfondo del
concepto sería la del ser espiritual como algo que atraviesa y dinamiza
toda la realidad humana.
También aparecen en la Escritura otros términos
para expresar esta dualidad constitutiva del hombre. El Catecismo de la
Iglesia Católica nos recuerda la distinción paulina entre cuerpo, alma y
espíritu, que no introduce una dualidad en el alma, sino que intenta
expresar la ordenación sobrenatural del hombre a la comunión con Dios. El
alma no es sólo una especie de sustrato espiritual neutro presente en el
hombre, sino una realidad orientada hacia Dios mismo como fin último de su
ser. También usa la Escritura el hablar del corazón para expresar la más
profunda intimidad del hombre en la que se realiza la decisión última
respecto a Dios.
Podemos interpretar esta diversidad de vocabulario como
signo de confusión, pero lo que pone de manifiesto es la dificultad para
expresar el hecho de que el hombre, al mismo tiempo que es un ser
corporal, tiene en sí la capacidad de superarse a sí mismo como algo
propio. Esta dificultad para delimitar claramente alma y cuerpo no es
consecuencia de una falta de conocimiento, sino del hecho de que el
hombre es uno y único en alma y cuerpo. En la unidad de la persona se
realiza el ser cuerpo y alma del hombre y es la unidad de la persona la
que da sentido a esa dualidad esencial en él.
No se trata de que el hombre tenga un alma y un cuerpo,
como si el ser humano fuera algo anterior a su constitución
corpóreo-espiritual o como si fuera un compuesto resultante de dos
realidades anteriores a él. No podemos pensar la unidad del hombre
olvidando su dualidad, porque caeríamos en un espiritualismo vacío o
en un materialismo cerrado, pero tampoco podemos pensar la dualidad del
hombre olvidando su unidad, porque entonces estaríamos negando la
realidad una y única en su individualidad del ser humano. Juan Pablo II
comprende esta situación en la siguiente forma:
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Aunque la terminología filosófica usada para
expresar la unidad y complejidad (dualidad) del hombre, sea a
veces objeto de crítica, está fuera de duda que la doctrina sobre
la unidad de la persona humana y al mismo tiempo sobre la dualidad
espiritual-corporal del hombre está plenamente radicada en la
Sagrada Escritura y en la Tradición. Y aunque se exprese a menudo
la convicción de que el hombre es “imagen de Dios” gracias al
alma, no está ausente, en la doctrina tradicional, la persuasión
de que también el cuerpo participa, a su manera, de la dignidad de
la “imagen de Dios”, así como participa de la dignidad de la
persona.
Juan Pablo II, El hombre creado a imagen de
Dios.
Catequesis sobre el credo, 16-4-1986. |
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El Papa hace una distinción necesaria en toda esta
cuestión: una cosa es la unidad y complejidad del hombre y otra cosa
distinta la terminología filosófica que se use para expresar esta
verdad de fe, que puede revestir diversas formas, aunque seguramente
ninguna resultará jamás totalmente satisfactoria. En el hombre, el
espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión
constituye una única naturaleza. Es toda la persona la que participa de la
dignidad de imagen de Dios, porque es toda la persona la que está
destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo.
Para resaltar esta unidad propia del ser humano el
Concilio de Vienne (1311-1312) declaró que el alma debe ser considerada
esencialmente y por sí misma forma del cuerpo humano (DS 902). No
es la canonización de la doctrina filosófica tomista que así lo afirma,
sino la utilización de esta doctrina para reafirmar una verdad de fe, el
alma está unida al cuerpo como la forma a la materia, de modo que no
podemos concebir el alma sin el cuerpo ni el cuerpo sin el alma. Lo que se
defiende con esta declaración es la profunda unidad del ser humano en
cuerpo y alma como presupuesto para poder comprender su papel en la
historia de la salvación.
Todas estas afirmaciones, en su simplicidad, son
difíciles de armonizar ¿Cómo debemos concebir alma y cuerpo para expresar
lo que la fe de la iglesia afirma sobre la constitución del hombre?
Nosotros intentaremos dar una explicación de tipo más teológico que
filosófico, pero antes debemos acercarnos a un problema que ha
producido, especialmente en el pasado siglo, una buena cantidad de
discusiones: la cuestión del sobrenatural.
El problema que se plantea es el de la relación
entre naturaleza y gracia contemplada desde dos perspectivas
antitéticas y ninguna de ellas satisfactoria. Tomamos como punto de
partida que la gracia de Dios es la que otorga la salvación al hombre,
¿cómo deberemos entonces entender la relación mutua entre naturaleza
humana y gracia divina? Si la naturaleza humana sólo alcanza su
consumación en la gracia entonces la gracia no sería algo
absolutamente gratuito. Dios no podría haber creado una naturaleza para
dejarla incompleta, por lo tanto el hombre tendría al menos cierto derecho
a reclamar la gracia como algo necesario para completar su naturaleza. En
este caso el don de la gracia no sería gratuito, la salvación no
obedecería a la libre iniciativa de Dios, sino que sería algo a lo que
Dios estaría hasta cierto punto obligado.
Por otra parte, si suponemos que la gracia no es
algo necesario para la consumación de la naturaleza humana esto
significaría que el hombre podría tener una consumación meramente natural,
una felicidad auténtica sin Dios. En ese caso la gracia aparece como algo
extraño e innecesario para el hombre ya que éste no la necesitaría para su
plena realización. En conclusión, nos encontramos atrapados en un dilema,
si la gracia responde a una necesidad de la naturaleza no es gratuita, y
si no es necesaria resulta, al menos hasta cierto punto, superflua.
Durante siglos la respuesta a estas cuestiones siguió
las opiniones de Cayetano (+1534) que, partiendo de que el hombre
sólo puede apetecer lo que le es connatural niega la existencia de un
deseo natural de ver a Dios y supone que el hombre podría haber sido
creado en un estado de naturaleza pura, sin estar destinado a la
salvación. El hombre tendría un doble fin, por una parte un fin
natural en el que podría encontrar una felicidad natural sin alcanzar la
unión con Dios y otro fin sobrenatural, dado por gracia, en el que alcanza
una mayor plenitud por la visión de Dios.
De esta forma la balanza se inclina en la dirección de
salvar la gratuidad de la salvación, pero el precio que se pagará por
esto no será pequeño. A partir de Cayetano la naturaleza pura comienza
a ser la referencia fundamental de la antropología y la medida de las
afirmaciones teológicas sobre el hombre. Pero ésta es una realidad que
nunca ha existido, ya que, de hecho, el hombre ha sido creado para la
visión de Dios. Además, poniendo una supuesta naturaleza pura en el centro
de la reflexión se deja de lado a Cristo como fundamento de la visión
teológica del hombre. Finalmente debemos recordar lo que ya sabemos: en
esta forma de ver las cosas la gracia no afecta a la naturaleza, es algo
adicional y extraño al ser del hombre que sería neutral ante ella, ni la
excluiría ni la desearía.
Toda esta construcción comenzó a tambalearse con la
obra de Henry De Lubac (1896-1991). Para De Lubac no se puede
afirmar que la existencia y la gracia sean, por parte de Dios, dos dones
perfectamente distinguibles. Dios decretó tanto el orden de la creación
como el de la gracia en un acto único e indivisible de su soberana
libertad. El hombre, como naturaleza espiritual, desea a Dios desde su
creación, pero este deseo no entraña exigencia porque el espíritu creado
humano desea su plenitud en Dios como un don. En esta visión la hipótesis
de la naturaleza pura es inútil, ya que lo que Dios ha creado es una
naturaleza humana tal que sea capaz de desear la unión con Dios y
recibirla si se produce.
Las ideas de De Lubac desataron una gran discusión
teológica de la que resultó una nueva visión de la relación entre lo
natural y lo sobrenatural. Son especialmente relevantes las posturas en el
tema de Juan Alfaro (n. 1914) y Karl Rahner (1904-1984).
Según Alfaro la conexión entre el deseo de la
visión y la naturaleza humana es fáctica, no necesaria, es decir pertenece
de hecho a la naturaleza humana tal y como la conocemos, pero ésta no
tendría por qué ser necesariamente así. El deseo natural de Dios existe en
el hombre porque está incluido en la forma concreta en que Dios ha querido
otorgar la salvación en Cristo. Alfaro sintetiza su ideas en dos
fórmulas: la fórmula de la trascendencia afirma que el hombre podría
lógicamente existir sin estar destinado a la visión de Dios, la fórmula de
la inmanencia dice que el hombre, al mismo tiempo, alberga un deseo
natural de la visión de Dios de modo que ésta es su único fin. El hombre
es, por tanto, una apertura ilimitada más allá de sí mismo que se
prolongaría infinitamente si no tuviera su destino en Dios.
Rahner afirma que el ser humano realmente
existente, el único que conocemos, está llamado desde siempre a la
comunión con Dios, en lo que coincide con Alfaro. Esta llamada a la
comunión con Dios es un existencial sobrenatural. Es un
existencial, es decir, algo que pertenece a la existencia humana tal y
como nos es dada, el hombre es, desde el principio de su existencia, un
llamado a la gracia. Pero por otra parte este existencial es sobrenatural,
lo tiene el hombre porque Dios libremente lo ha querido así, no por que le
sea debido. El concepto de naturaleza pura, desde este punto de
vista, es secundario, ya que sería el resultante de sustraer de nuestra
experiencia real lo que en ella ocurre por la gracia. Se trata de una
hipótesis abstracta que sirve para iluminar la gratuidad de la gracia, no
de una realidad existente, ya que la única realidad humana existente es la
destinada a configurarse con Cristo, cosa que sólo puede conseguir
gratuitamente.
Tanto Alfaro como Rahner quieren defender la gratuidad
de la gracia, pero al mismo tiempo la necesidad de reconocer la comunión
con Dios como única forma de bienaventuranza completa para el hombre. La
solución, en ambos casos, pasa por conceder a la historia de la
salvación el protagonismo que le corresponde en orden a la comprensión
del hombre. El impulso común que subyace a ambos, así como a De Lubac, es
la necesidad de mirar a Cristo para conocer verdaderamente al hombre.
La clave para la comprensión de todo el problema
posiblemente sea comprender la naturaleza humana no como una realidad
estática y, hasta cierto punto, cerrada en sí misma, sino como algo
dinámico de por sí, hecho para trascenderse. No podemos distinguir de
forma rígida y absoluta naturaleza y gracia, porque la naturaleza humana
está de hecho creada para y por la gracia de Dios. Si lo que hace al
hombre ser hombre es su llamada a ser imagen de Dios en Cristo, y
esto, más que un dato conseguido es una vocación, el hombre es ya en lo
más íntimo de su ser, apertura y necesidad de gracia, sin que esto
condicione la libertad de Dios tanto en la obra de la creación como en la
de la salvación. Todo esto fue asumido por el Concilio Vaticano II en la
Constitución Gaudium et Spes:
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El hombre cristiano, conformado con la imagen
del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe
las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le
capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este
Espíritu, que es prenda de la herencia (Ef 1,14), se
restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la
redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de
Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará
también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu
que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la
necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra
el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al
misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará,
corroborado por la esperanza, a la resurrección.
Esto vale no solamente para los cristianos,
sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo
corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos,
y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es
decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu
Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo
Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.
GS 22 |
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De este modo queda refrendada por el Magisterio de la
Iglesia la unicidad de la vocación del hombre a la comunión con Dios.
La gracia no es un añadido extraño a la naturaleza humana, sino la
realización de todo aquello que más íntimamente desea y añora la
humanidad. Todo hombre está llamado a la salvación porque en todo hombre
existe, por oculto que aparezca, el anhelo íntimo de un Dios que se
entrega a sí mismo como don gratuito.
Apliquemos ahora estas ideas a la visión del hombre
como imagen de Dios en la unidad de cuerpo y alma. Ser imagen de Dios
significa que el hombre está hecho para Cristo, imagen perfecta del Padre,
y esto es un constitutivo interno de su naturaleza. El hombre es el ser
creado para que en él sea posible la encarnación del Hijo de Dios. Por
tanto, como ser creado comparte la finitud y contingencia de todo lo
creado, es lo que indicamos aludiendo a su corporalidad. Por otra parte,
como ser para la encarnación, posee todas aquellas cualidades que hacen
posible que Dios asuma una vida humana como suya. Por eso el hombre es
persona, porque en él se realizan en modo creatural aquellas cualidades
que definen a las personas divinas, de forma particular el hombre es capaz
de autoposeerse y de donarse en el amor. Estas posibilidades fundamentales
de la persona son las que requieren para su ejercicio la libertad y la
racionalidad. Ser alma significa, por tanto, estar capacitado para la
encarnación del Hijo de Dios y llamado a la comunión plena con Dios en
Cristo. El alma humana es, de este modo, la orientación del ser humano a
la plena comunión con Dios en Cristo en cuanto constitutiva de ese ser
humano y no meramente accidental.
Desde esta perspectiva podemos revisar y profundizar
las afirmaciones doctrinales sobre la constitución del hombre. Cuando
afirmamos que el alma es creada directamente por Dios (DS 3896)
estamos expresando que cada ser humano tiene una posibilidad propia,
única, personal y constitutiva de relación con Dios, una vocación a la
comunión con Dios que no es genérica, sino personal. La llamada de Dios a
la salvación, siendo universal es una apelación al núcleo más íntimo de
nuestro ser, donde somos convocados personalmente a compartir la vida de
Dios.
Decir que el alma permanece tras la muerte (DS
1440) significa afirmar que esa llamada a la comunión con Dios no queda
truncada por la muerte, porque su fuerza proviene del mismo Dios. No se
trata de una especulación sobre la eternidad de lo espiritual, sino de una
suprema confianza en la voluntad divina de dar vida en abundancia al
hombre en Cristo. Esto podrá ser posteriormente reflexionado y justificado
desde un punto de vista racional y filosófico, pero la convicción
cristiana en la inmortalidad del alma se basa en la certeza en la voluntad
salvífica de Dios, no en determinadas convicciones sobre la constitución
íntima de la materia o del espíritu.
Si el alma es el factor último de cohesión y unidad
del ser humano estamos afirmando que el fin último del hombre, el
único que lleva a plenitud su ser, es la comunión con Dios en Cristo. Si
decimos que no podemos separar adecuadamente cuerpo y alma estamos
afirmando que es todo el hombre como persona el que está destinado a la
salvación, no sólo una parte de él.
Incluso podríamos dar una explicación a la cuestión
de la posibilidad de una felicidad meramente natural. Si el hombre
está llamado a alcanzar su plenitud participando del amor de Dios, debemos
incluir en esa participación también el amor de Dios a la creación. Por
tanto ya en su relación con lo creado el hombre puede tener una fuente de
felicidad, pero no simplemente porque se cierre su unión con Dios, sino
porque esta relación con lo creado es también participación en el amor
divino a la creación. |
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EL ESCOLIASTA
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