El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices

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Lo que Dios ha unido

 

 

 

 


3. Hombre y mujer

El segundo relato de la creación del Génesis muestra en forma simbólica el sentido de la diferenciación hombre-mujer:
 

El Señor Dios se dijo:

-No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude. Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no se encontraba ninguno como él que le ayudase.

Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo:

-¡Ésta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.

Génesis 2,18-24


La situación que dará lugar a todos los acontecimientos del relato aparece ya definida desde el principio: “No está bien que el hombre esté solo”. Se trata, por tanto, de solucionar la situación de soledad del hombre, caracterizada negativamente. Para conseguirlo se adopta en primer lugar el camino de crear los animales con arcilla y presentárselos al hombre. Esta solución no funciona, y el lector que conoce cómo ha sido creado el hombre puede saber por qué: los animales son de arcilla, mientras que en el hombre se unen la arcilla con el aliento de Dios. Por eso la relación del hombre con los animales no puede ser igualitaria, el hombre puede poner nombre a los animales porque, por el aliento divino con el que ha sido formado, participa del dominio de Dios sobre la creación. En el poner nombre a los animales podemos descubrir un reflejo de aquella palabra de Dios que, nombrando, crea las cosas en el capítulo 1 del Génesis. El hombre domina la creación a imagen de Dios, pero todavía no ha encontrado el compañero que le corresponde y necesita.

Parecería que hemos llegado a un callejón sin salida, pero el relato continúa mostrando otro camino. Dios formará alguien como el hombre tomando como punto de partida ahora el propio cuerpo del hombre. La mujer es creada de la misma materia del hombre, arcilla con aliento divino. El resultado es ahora completamente distinto: el hombre se reconoce en ella y le da su propio nombre.

No se debe interpretar el hecho de llamarla mujer en el mismo sentido en que anteriormente el hombre puso nombre a los animales. La traducción española nos oculta el juego de las palabras del original hebreo, en el que hombre (is) y mujer (issah) son la misma palabra con distinto género (Algunas traducciones, para salvaguardar el efecto sonoro ponen hembra en vez de mujer, pero perdiendo algo de elegancia). El hombre no ha puesto nombre a la mujer, sino que ha reconocido en ella su propio nombre, su propio ser salido de la boca de Dios. Es más, antes que el hombre dijera una palabra sobre ella ya había sido mencionada como mujer por Dios en el relato. El hombre no podrá poner a la mujer el hombre que él quiera, ya que tendrá que reconocer en ella su propio nombre, ya anteriormente pronunciado por Dios. No podemos pasar por alto la sugerencia profunda de este hecho: mirando a la mujer el hombre descubre el plan original de Dios, su designio hecho hueso de sus hueso y carne de su carne. Finalmente el reconocimiento florece en relación y unión, una unión que es más radical que la de la carne y sangre (por eso se alude al abandono de padre y madre) y que abarca la totalidad del ser humano y de ahí la alusión a la desnudez no vergonzosa.

Recapitulando, este relato pone de manifiesto simbólicamente la igualdad en dignidad de hombre y mujer, ya que cada uno de ellos reúne en sí lo creado (arcilla) con la llamada a la unión con Dios (aliento divino) y al mismo tiempo la reciprocidad que orienta a cada uno hacia el otro en busca de una unidad total.

Pablo radicaliza y profundiza estas ideas desde una perspectiva cristiana:
 

Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano.

Las mujeres, que se sometan a sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a su maridos en todo.

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. Es éste un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Efesios 5,21-33


Sin duda, sobre este texto han caído todo tipo de acusaciones por su innegable machismo y podemos sentirnos tentados de dejarlo directamente de lado por inaceptable. Sin embargo, a pesar de todo, posiblemente también aquí se pueden esconder preciosas enseñanzas para nosotros, aunque no lo parezca.

Lo primero que puede equivocarnos es pensar en este texto como una justificación teológica de la sumisión de la mujer al marido. Lo que hace San Pablo no es eso, si tenemos en cuenta su situación y su problemática. En primer lugar, en el siglo I el dominio del hombre sobre la mujer no necesitaba demasiadas justificaciones, era un hecho, un dato aceptado por la generalidad de la sociedad. El dominio del hombre sobre la mujer no es el objetivo del razonamiento, sino el punto de partida. Si lo consideramos así el texto puede comenzar a aportarnos ciertas luces.

En primer lugar está el hecho del sometimiento de la mujer al hombre, como antes hemos dicho era algo aceptado y normal en el siglo I. Lo que no resulta tan aceptado y normal es que ese sometimiento pueda generalizarse, y es precisamente lo que hace la primera frase del texto: “Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”. Si todos deben ser sumisos con todos tendremos que darnos cuenta de que la sumisión no puede ser ya algo que coloque a unos por encima de otros, ya que en ese caso no se podría pedir a todos respecto a todos.

En segundo lugar tenemos que lo que se pide al hombre es amar a la mujer. Si la sumisión de la mujer estableciera una relación de dominio por parte del hombre, el correlativo de esa sumisión sería el mando, pero no es eso lo que San Pablo dice, sino que propone el amor, y el amor identifica a la mujer con el hombre: “amar a la mujer es amarse a sí mismo”.

Finalmente tenemos la conclusión que merece ser tratada con detenimiento: “Es este un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. San Pablo es consciente de que lo que ha dicho no agota la realidad de la relación de pareja. En la relación entre hombre y mujer hay una referencia a la obra de Dios que desborda todo intento de comprensión total. Retomando los datos anteriores a la luz de esta última afirmación descubrimos que la relación hombre-mujer podrá revestir formas distintas, pero siempre estará impregnada en lo que tenga de auténtico, por la huella del amor de Dios. Esta es la gran revelación de Pablo, a pesar de los defectos y fallos que pueda tener la configuración social concreta de la relación de pareja, siempre podrá haber en ella un rastro de Dios, y la relación de pareja será tanto más auténtica cuanto más se transparente a través de ella un amor entregado como el que Dios nos ha dado en Cristo.

La relación de dominio no es para Pablo el punto de llegada de la relación de pareja, sino el amor de Cristo. El dominio del hombre sobre la mujer es el punto de partida que Pablo se encuentra en su mundo concreto y a partir del que impulsa a hacer presente en el matrimonio el amor de Cristo. Basándonos en este texto podemos y debemos someter a crítica cualquier configuración de la pareja que no la conduzca a ser un reflejo del amor de Dios al mundo. Posiblemente incluso de forma inconsciente este texto haya impulsado la liberación de la mujer bastante más de lo que muchos creen. Quizá no sea casual que haya sido en países de tradición cristiana donde la mujer ha logrado históricamente mayores cotas de igualdad con el hombre.

Todas estas afirmaciones son recogidas por el Catecismo de la Iglesia Católica. La diferencia de sexos es una realidad querida por Dios y buena. Todas las características básicas del ser humano se realizan en cada uno de forma específica según su ser hombre o mujer, por eso hombre y mujer, siendo distintos, son iguales en su dignidad, personalidad y respectividad. Esta diferencia forma parte del ser imagen de Dios, por lo que el hombre y la mujer en su reciprocidad reflejan la infinita perfección de Dios. Al mismo tiempo hombre y mujer están hechos el uno para el otro, han sido creados para la comunión y en la comunión del matrimonio son cooperadores de la obra de Dios siendo transmisores de la vida.

Profundizando un poco más debemos caer en la cuenta de la paradoja que supone todo esto, por una parte no se trata de que el hombre y la mujer estén incompletos, pero por otra parte están hechos el uno para el otro ¿cómo entender esto?. No debe ofrecer dificultad si lo vemos a la luz de que el hombre en su relación con Dios es imagen suya, y esto significa que, al mismo tiempo que existe ya como abierto a la configuración con Cristo necesita acoger ésta como gracia. Esta relación fundamental que es el determinante último de todo el ser del hombre tiene en la relación interhumana un reflejo privilegiado. El estar orientado al otro es ya una huella del ir hacia el Otro que configura el ser del hombre. La relación hombre-mujer es el modelo de toda comunicación interhumana en tanto que configuración primordial de la relación interpersonal y al mismo tiempo el signo anticipativo de la comunicación de la gracia de Dios, en ambas dimensiones pone de manifiesto que el hombre sólo puede llevar a cumplimiento su ser personal en la relación con Dios y con los demás.
 

Para reflexionar (Temas 1-3)

  1. Busca en la Biblia el relato de alguna experiencia parecida a la que narra Pablo en Filipenses 3, 4-14 y compárala con ella viendo los parecidos y diferencias.

  2. Representa en un esquema lo que significa que el hombre sea imagen de Dios.

  3. Haz una breve exposición dando tu opinión sobre las distintas visiones que aparecen en el tema en torno a la cuestión del sobrenatural.

  4. Haz una valoración de la relación hombre-mujer a la luz del sacramento del matrimonio.

  5. Busca los textos del Catecismo de la Iglesia Católica donde aparece que el hombre y la mujer son iguales en su dignidad, personalidad y respectividad.

EL ESCOLIASTA

   

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