El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices


4. El pecado

Hemos visto hasta ahora que el hombre está constituido como imagen de Dios: en su ser cuerpo y alma, y en su ser hombre y mujer. Debemos ahora ver también la otra cara de la moneda: esa imagen, tal como aparece en nuestra experiencia, está empañada por el mal. No sólo el mal físico, sino también el mal moral, todo aquello a lo que llamamos pecado, pero ¿qué entendemos por pecado?

La idea que nos viene a la cabeza cuando hablamos de pecado es la de transgresión. Es la primera y más directa experiencia de pecado que tenemos. Hay pecado allí donde se da una acción contraria a los mandamientos de Dios. Esta noción de pecado nos aporta concreción, ya que aparece claramente ligada a nuestra propia acción, podemos saber con relativa facilidad que hay pecado allí donde se dan hechos contrarios a la voluntad de Dios. En esta forma de entender el pecado son fundamentales para su valoración la importancia del mandamiento que se transgrede y la voluntariedad con que se hace, que matizan el grado de culpa personal en cada acción pecaminosa.

Ésta es una visión insuficiente. Si nos centramos en los mandamientos podemos caer en un legalismo exagerado en el que terminaríamos viendo los preceptos de Dios como injerencias extrañas e injustificables en nuestra propia vida y conciencia. Y, por otra parte, fijarnos excesivamente en la voluntariedad nos llevaría a incurrir en un subjetivismo en el que la persona individual se convierte en juez único y absoluto del bien y del mal. Necesitamos ampliar la idea que tenemos de pecado a partir de la relación personal con Dios.

Situando el pecado en su contexto propio, el de una relación personal con Dios, muestra otra faceta más profunda de su realidad: hay pecado allí donde se da una ruptura en la relación entre el hombre y Dios. Esta noción de pecado supone una experiencia de relación con Dios y nos lleva a comprender la realidad subyacente al pecado. Aquí la magnitud del pecado no depende ya únicamente de la propia conciencia y libertad, o del valor de un precepto, sino de cómo todo esto se sitúa en el contexto de la relación personal entre el hombre y Dios. El problema es hasta qué cercanía puede llegar la relación con Dios y hasta qué punto el pecado puede entorpecerla o impedirla.

Solo se comprende la profundidad del pecado cuando se acoge la inmensa grandeza de la revelación de Dios en Cristo. Dios ha mostrado en Cristo el abismo de amor que es su mismo ser trinitario. El alejamiento de Dios es alejamiento de la fuente del amor, de la verdad y de la vida, deshumanización del hombre. No se trata aquí de una valoración moral de la culpabilidad, sino de una valoración teológica de la situación del hombre. En esta forma de ver las cosas el pecado es una realidad, una forma de ser que pervierte la autenticidad del hombre mostrada en Cristo. Esta situación puede parecer a veces insuperable, porque el pecado nos coloca en dificultad para restaurar nuestra relación con Dios. Es como un salto en el vacío y la nada del que no puedo recuperarme si no me sacan de ahí. En este sentido podemos valorar como pecado todo ese pasado que Pablo refiere en la carta a los Filipenses. Pablo, alcanzado por Cristo, descubre que, con una conciencia absolutamente tranquila, se estaba oponiendo a la voluntad de Dios y necesita reconocer su pasado como opuesto a Dios para emprender un nuevo camino de vida en Cristo.

Estas dos formas de entender el pecado son complementarias y no podemos dejar la una sin la otra. La realidad del pecado como situación se pone de manifiesto en los pecados concretos y son los pecados concretos los que nos llevan a la situación de pecado. No se trata aquí únicamente del tema moral de la culpa, sino de la cuestión más radical de la imposibilidad de realización humana al margen de Dios, ya que Dios se ha manifestado en Cristo como el único que da cumplida satisfacción a la necesidad de felicidad del hombre.

Volvamos por un momento a la experiencia de Pablo, él ha sido sacado por Cristo del pecado para vivir una nueva vida, pero se pregunta ¿es esta la situación de todos los hombres o se trata sólo de un caso individual? ¿Es Cristo el redentor del pecado para toda la humanidad o habría una parte de la humanidad que no necesitara a Cristo para reconciliarse con Dios? ¿Hasta donde llega el poder del pecado en la humanidad?

Pablo, en los primeros capítulos de la carta a los Romanos hace una descripción abrumadora de la extensión del pecado:
 

Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre.

Romanos 3, 22-25


Todos los hombres han pecado y están privados de la gloria de Dios. Son las dos realidades complementarias a las que llamamos pecado las que afectan a toda la humanidad: el acto concreto y la situación de alejamiento de Dios. ¿Cómo sabe Pablo que todos los hombres están así? Porque es mediante redención en Cristo Jesús como podemos tener de nuevo acceso a Dios y ser justos ante él.

Para obrar la salvación de Dios Jesús ha tenido que llegar al más absoluto alejamiento de Dios, la cruz y la muerte, porque era allí donde se encontraba la humanidad real. La cruz de Cristo es el hito que señala el lugar desde el que Dios nos ha rescatado para la salvación. Si Jesús es redentor de todos los hombres y su redención ha tenido la forma concreta del perdón de los pecados, entonces es que todos los hombres están necesitados de redención y perdón por parte de Dios. Sólo a partir de la conciencia clara de la amplitud y grandeza del don de salvación de Dios en Cristo nace la conciencia de la amplitud y grandeza de la situación de pecado previa a este don.

Más adelante, y desde su misma experiencia, Pablo analiza en carne propia la situación del hombre pecador:
 

El bien que quiero hacer no lo hago: el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.

Romanos 7, 19-25a


Pablo describe dramáticamente la lucha interna que sostiene. Apresado por el pecado se ve incapaz de salir de su situación, se encuentra inevitablemente haciendo lo que no quiere, aunque su razón aprueba el bien. Su libertad está necesitada de ayuda para poder superar el poder del pecado que habita en él mismo, por eso agradece haber recibido finalmente esa ayuda de Dios por medio de Jesucristo.

Podemos resumir lo dicho en una afirmación: A partir de la salvación dada en Jesucristo podemos afirmar que todos los hombres son pecadores y están necesitados de la unión con Cristo para salir de su situación. Pero si el hombre se encuentra encerrado en el pecado y no puede salir de esa situación, no puede hacer el bien por sí mismo ¿Será que no es libre? Para responder a esta pregunta tenemos que comprender lo que significa la libertad.

Entendemos por libertad, en un primer acercamiento, la capacidad de decisión propia inherente al ser humano. Esta capacidad de decisión está modelada y modulada por dos tipos de condiciones. En primer lugar está la cantidad de opciones posibles que se presentan para elegir, y entendemos que habrá más libertad cuando se puede elegir entre una mayor cantidad de posibilidades. Por ejemplo, ejercito más mi libertad y responsabilidad cuando, a la hora de comprar algo, tengo una mayor cantidad de artículos entre los que elegir. Pero también es importante, para valorar la libertad, el valor de aquello que se elige, y hay más libertad cuando la decisión afecta a una realidad de mayor valor. Por ejemplo, ejercito más mi libertad y responsabilidad cuando efectúo una compra de algo de gran valor que cuando compro algo de poco valor. La libertad no sólo se engrandece con la amplitud numérica de sus posibilidades, sino también y sobre todo con el valor intrínseco de cada posible decisión.

Pongamos ahora estos conceptos a la luz del bien de mayor valor que tiene todo ser humano: la propia vida. En todo momento estamos configurando nuestra existencia, tomando, de forma más o menos consciente, decisiones que afectan a la plasmación concreta de nuestro ser personal en el tiempo. En relación con esta posibilidad y necesidad de configuración de la propia existencia también existen los dos aspectos de la libertad que hemos mencionado, que son distintos, pero van siempre unidos. Está la libertad de hacer o capacidad de elegir entre varias opciones y está la libertad de ser o capacidad de configurar la propia existencia. Podemos comprenderlo de nuevo con un ejemplo: una pareja que decide contraer matrimonio. Por una parte están realizando un acto de libertad de hacer, ya que se eligen uno al otro entre muchas otras opciones posibles, al menos a nivel de principio. Esta libertad de hacer conlleva también un ejercicio de su libertad de ser: al elegirse el uno al otro están definiendo su ser y su vida en un sentido y con una finalidad concreta, ser comunidad matrimonial. Y al revés, la libertad de elegir el formar un matrimonio implica, por otra parte, una serie de elecciones concretas en las distintas situaciones por las que atraviese a lo largo de su vida que harán posible que esa configuración matrimonial perdure y sea fuente de felicidad para la pareja.

Todo esto, para que pueda llegar al destino deseado, supone una armonía entre los dos tipos de libertad. El problema surge cuando esta armonía no se da. Si alguien contrae matrimonio con una persona a la que no ama libremente difícilmente podrá llegar a configurar su vida con la de su pareja para formar un auténtico matrimonio, y a la inversa, si no está dispuesto a aceptar en el día a día y en las cosas concretas el someterlo todo a la decisión fundamental de amar a su pareja, difícilmente podrá realizar su opción de formar un matrimonio por más que esa sea la opción que quiere para la totalidad de su existencia.

Profundicemos un poco más en estas rupturas internas de la libertad personal con otros dos ejemplos que pueden sernos también reveladores. En primer lugar, yo no puedo volar, eso quiere decir que el volar está simplemente fuera de las opciones de configuración de mi vida, no soy un pájaro. Puedo hacer ejercicios que favorezcan la fuerza de mis brazos y mi capacidad de moverlos con rapidez, pero nunca podré volar. Lo que yo haga puede que fuera incluso lo que un pájaro tendría que hacer para alcanzar y fortalecer la capacidad de volar, pero a mí no me serviría, porque no soy un pájaro. Aunque yo actuara paso a paso como un pájaro, aunque usara mi libertad de hacer en cada momento para tomar la misma opción que tomaría un pájaro en mi lugar, mi libertad de ser seguirá incapacitada para hacer de mí un ser con la capacidad de volar sin medios artificiales.

Veamos ahora un ejemplo contrario, yo podría ser médico, pero no lo seré si no estoy dispuesto a dedicar algunos años de mi vida al estudio con dedicación y esfuerzo. Yo puedo proponerme ser médico, incluso tener ese objetivo como fundamental para mi vida, pero si esa decisión de mi libertad de ser en la que ejerzo mi capacidad para determinar radicalmente el sentido de mi existencia no va acompañada de toda una serie de decisiones de mi libertad de hacer, no podré ser médico nunca. Incluso yo podría reconocer que necesito estudiar, que tengo que esforzarme y concentrarme para conseguir mi objetivo, pero si no lo hago, sigo sin conseguir mi objetivo, aunque este sea posible y yo lo vea claro. Posiblemente esta es una situación de la que muchos de nosotros, por desgracia, podríamos poner más de un ejemplo.

Generalizando lo dicho, para que el hombre construya libre y responsablemente su existencia de forma aceptable necesita que haya armonía entre estas dos formas en que se realiza su libertad, si una u otra falla, le resultará imposible alcanzar aquello que se propone. No puedo alcanzar una meta, por mucho que camine, si no oriento mis pasos hacia ella, y, aunque esté en la orientación hacia esa meta, tampoco la alcanzaré si nunca me pongo a caminar.

Si estas formas de falta de armonía en el seno de la libertad humana las aplicamos a nuestra relación con Dios nos encontramos con las situaciones que nos describía Pablo en la carta a los Romanos y que a lo largo de los siglos y de la reflexión teológica han cristalizado en los conceptos de pecado original y concupiscencia.

 

EL ESCOLIASTA

   

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