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4. El pecado
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Hemos visto hasta ahora que el hombre está constituido
como imagen de Dios: en su ser cuerpo y alma, y en su ser hombre y mujer.
Debemos ahora ver también la otra cara de la moneda: esa imagen, tal como
aparece en nuestra experiencia, está empañada por el mal. No sólo
el mal físico, sino también el mal moral, todo aquello a lo que llamamos
pecado, pero ¿qué entendemos por pecado?
La idea que nos viene a la cabeza cuando hablamos de
pecado es la de transgresión. Es la primera y más directa experiencia de
pecado que tenemos. Hay pecado allí donde se da una acción contraria a
los mandamientos de Dios. Esta noción de pecado nos aporta concreción,
ya que aparece claramente ligada a nuestra propia acción, podemos saber
con relativa facilidad que hay pecado allí donde se dan hechos contrarios
a la voluntad de Dios. En esta forma de entender el pecado son
fundamentales para su valoración la importancia del mandamiento que se
transgrede y la voluntariedad con que se hace, que matizan el grado de
culpa personal en cada acción pecaminosa.
Ésta es una visión insuficiente. Si nos centramos en
los mandamientos podemos caer en un legalismo exagerado en el que
terminaríamos viendo los preceptos de Dios como injerencias extrañas e
injustificables en nuestra propia vida y conciencia. Y, por otra parte,
fijarnos excesivamente en la voluntariedad nos llevaría a incurrir en un
subjetivismo en el que la persona individual se convierte en juez
único y absoluto del bien y del mal. Necesitamos ampliar la idea que
tenemos de pecado a partir de la relación personal con Dios.
Situando el pecado en su contexto propio, el de una
relación personal con Dios, muestra otra faceta más profunda de su
realidad: hay pecado allí donde se da una ruptura en la relación entre
el hombre y Dios. Esta noción de pecado supone una experiencia de
relación con Dios y nos lleva a comprender la realidad subyacente al
pecado. Aquí la magnitud del pecado no depende ya únicamente de la propia
conciencia y libertad, o del valor de un precepto, sino de cómo todo esto
se sitúa en el contexto de la relación personal entre el hombre y Dios. El
problema es hasta qué cercanía puede llegar la relación con Dios y hasta
qué punto el pecado puede entorpecerla o impedirla.
Solo se comprende la profundidad del pecado cuando se
acoge la inmensa grandeza de la revelación de Dios en Cristo. Dios ha
mostrado en Cristo el abismo de amor que es su mismo ser trinitario. El
alejamiento de Dios es alejamiento de la fuente del amor, de la verdad y
de la vida, deshumanización del hombre. No se trata aquí de una valoración
moral de la culpabilidad, sino de una valoración teológica de la
situación del hombre. En esta forma de ver las cosas el pecado es una
realidad, una forma de ser que pervierte la autenticidad del hombre
mostrada en Cristo. Esta situación puede parecer a veces insuperable,
porque el pecado nos coloca en dificultad para restaurar nuestra relación
con Dios. Es como un salto en el vacío y la nada del que no puedo
recuperarme si no me sacan de ahí. En este sentido podemos valorar como
pecado todo ese pasado que Pablo refiere en la carta a los Filipenses.
Pablo, alcanzado por Cristo, descubre que, con una conciencia
absolutamente tranquila, se estaba oponiendo a la voluntad de Dios y
necesita reconocer su pasado como opuesto a Dios para emprender un nuevo
camino de vida en Cristo.
Estas dos formas de entender el pecado son
complementarias y no podemos dejar la una sin la otra. La realidad del
pecado como situación se pone de manifiesto en los pecados concretos y son
los pecados concretos los que nos llevan a la situación de pecado. No
se trata aquí únicamente del tema moral de la culpa, sino de la cuestión
más radical de la imposibilidad de realización humana al margen de Dios,
ya que Dios se ha manifestado en Cristo como el único que da cumplida
satisfacción a la necesidad de felicidad del hombre.
Volvamos por un momento a la experiencia de Pablo, él
ha sido sacado por Cristo del pecado para vivir una nueva vida, pero se
pregunta ¿es esta la situación de todos los hombres o se trata sólo de un
caso individual? ¿Es Cristo el redentor del pecado para toda la humanidad
o habría una parte de la humanidad que no necesitara a Cristo para
reconciliarse con Dios? ¿Hasta donde llega el poder del pecado en la
humanidad?
Pablo, en los primeros capítulos de la carta a los
Romanos hace una descripción abrumadora de la extensión del pecado:
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Por la fe en Jesucristo viene la justicia de
Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos
pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son
justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de
Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación
mediante la fe en su sangre.
Romanos 3, 22-25 |
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Todos los hombres han pecado y están privados de la
gloria de Dios. Son las dos realidades complementarias a las que llamamos
pecado las que afectan a toda la humanidad: el acto concreto y la
situación de alejamiento de Dios. ¿Cómo sabe Pablo que todos los hombres
están así? Porque es mediante redención en Cristo Jesús como podemos tener
de nuevo acceso a Dios y ser justos ante él.
Para obrar la salvación de Dios Jesús ha tenido que
llegar al más absoluto alejamiento de Dios, la cruz y la muerte, porque
era allí donde se encontraba la humanidad real. La cruz de Cristo es el
hito que señala el lugar desde el que Dios nos ha rescatado para la
salvación. Si Jesús es redentor de todos los hombres y su redención ha
tenido la forma concreta del perdón de los pecados, entonces es que
todos los hombres están necesitados de redención y perdón por parte de
Dios. Sólo a partir de la conciencia clara de la amplitud y grandeza
del don de salvación de Dios en Cristo nace la conciencia de la amplitud y
grandeza de la situación de pecado previa a este don.
Más adelante, y desde su misma experiencia, Pablo
analiza en carne propia la situación del hombre pecador:
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El bien que quiero hacer no lo hago: el mal que
no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago
precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa,
sino el pecado que llevo dentro. Cuando quiero hacer lo bueno, me
encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior
me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un
principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi
razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi
cuerpo. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío,
presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y
le doy gracias.
Romanos 7, 19-25a |
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Pablo describe dramáticamente la lucha interna
que sostiene. Apresado por el pecado se ve incapaz de salir de su
situación, se encuentra inevitablemente haciendo lo que no quiere, aunque
su razón aprueba el bien. Su libertad está necesitada de ayuda para poder
superar el poder del pecado que habita en él mismo, por eso agradece haber
recibido finalmente esa ayuda de Dios por medio de Jesucristo.
Podemos resumir lo dicho en una afirmación: A partir de
la salvación dada en Jesucristo podemos afirmar que todos los hombres son
pecadores y están necesitados de la unión con Cristo para salir de
su situación. Pero si el hombre se encuentra encerrado en el pecado y no
puede salir de esa situación, no puede hacer el bien por sí mismo ¿Será
que no es libre? Para responder a esta pregunta tenemos que comprender lo
que significa la libertad.
Entendemos por libertad, en un primer acercamiento, la
capacidad de decisión propia inherente al ser humano. Esta
capacidad de decisión está modelada y modulada por dos tipos de
condiciones. En primer lugar está la cantidad de opciones posibles
que se presentan para elegir, y entendemos que habrá más libertad cuando
se puede elegir entre una mayor cantidad de posibilidades. Por ejemplo,
ejercito más mi libertad y responsabilidad cuando, a la hora de comprar
algo, tengo una mayor cantidad de artículos entre los que elegir. Pero
también es importante, para valorar la libertad, el valor de aquello
que se elige, y hay más libertad cuando la decisión afecta a una
realidad de mayor valor. Por ejemplo, ejercito más mi libertad y
responsabilidad cuando efectúo una compra de algo de gran valor que cuando
compro algo de poco valor. La libertad no sólo se engrandece con la
amplitud numérica de sus posibilidades, sino también y sobre todo con el
valor intrínseco de cada posible decisión.
Pongamos ahora estos conceptos a la luz del bien de
mayor valor que tiene todo ser humano: la propia vida. En todo momento
estamos configurando nuestra existencia, tomando, de forma más o menos
consciente, decisiones que afectan a la plasmación concreta de nuestro ser
personal en el tiempo. En relación con esta posibilidad y necesidad de
configuración de la propia existencia también existen los dos aspectos de
la libertad que hemos mencionado, que son distintos, pero van siempre
unidos. Está la libertad de hacer o capacidad de elegir entre
varias opciones y está la libertad de ser o capacidad de configurar
la propia existencia. Podemos comprenderlo de nuevo con un ejemplo: una
pareja que decide contraer matrimonio. Por una parte están realizando un
acto de libertad de hacer, ya que se eligen uno al otro entre muchas otras
opciones posibles, al menos a nivel de principio. Esta libertad de hacer
conlleva también un ejercicio de su libertad de ser: al elegirse el uno al
otro están definiendo su ser y su vida en un sentido y con una finalidad
concreta, ser comunidad matrimonial. Y al revés, la libertad de elegir el
formar un matrimonio implica, por otra parte, una serie de elecciones
concretas en las distintas situaciones por las que atraviese a lo largo de
su vida que harán posible que esa configuración matrimonial perdure y sea
fuente de felicidad para la pareja.
Todo esto, para que pueda llegar al destino deseado,
supone una armonía entre los dos tipos de libertad. El problema
surge cuando esta armonía no se da. Si alguien contrae matrimonio con una
persona a la que no ama libremente difícilmente podrá llegar a configurar
su vida con la de su pareja para formar un auténtico matrimonio, y a la
inversa, si no está dispuesto a aceptar en el día a día y en las cosas
concretas el someterlo todo a la decisión fundamental de amar a su pareja,
difícilmente podrá realizar su opción de formar un matrimonio por más que
esa sea la opción que quiere para la totalidad de su existencia.
Profundicemos un poco más en estas rupturas internas de
la libertad personal con otros dos ejemplos que pueden sernos
también reveladores. En primer lugar, yo no puedo volar, eso quiere decir
que el volar está simplemente fuera de las opciones de configuración de mi
vida, no soy un pájaro. Puedo hacer ejercicios que favorezcan la fuerza de
mis brazos y mi capacidad de moverlos con rapidez, pero nunca podré volar.
Lo que yo haga puede que fuera incluso lo que un pájaro tendría que hacer
para alcanzar y fortalecer la capacidad de volar, pero a mí no me
serviría, porque no soy un pájaro. Aunque yo actuara paso a paso como un
pájaro, aunque usara mi libertad de hacer en cada momento para tomar la
misma opción que tomaría un pájaro en mi lugar, mi libertad de ser seguirá
incapacitada para hacer de mí un ser con la capacidad de volar sin medios
artificiales.
Veamos ahora un ejemplo contrario, yo podría ser
médico, pero no lo seré si no estoy dispuesto a dedicar algunos años de mi
vida al estudio con dedicación y esfuerzo. Yo puedo proponerme ser médico,
incluso tener ese objetivo como fundamental para mi vida, pero si esa
decisión de mi libertad de ser en la que ejerzo mi capacidad para
determinar radicalmente el sentido de mi existencia no va acompañada de
toda una serie de decisiones de mi libertad de hacer, no podré ser médico
nunca. Incluso yo podría reconocer que necesito estudiar, que tengo que
esforzarme y concentrarme para conseguir mi objetivo, pero si no lo hago,
sigo sin conseguir mi objetivo, aunque este sea posible y yo lo vea claro.
Posiblemente esta es una situación de la que muchos de nosotros, por
desgracia, podríamos poner más de un ejemplo.
Generalizando lo dicho, para que el hombre construya
libre y responsablemente su existencia de forma aceptable necesita que
haya armonía entre estas dos formas en que se realiza su libertad, si
una u otra falla, le resultará imposible alcanzar aquello que se propone.
No puedo alcanzar una meta, por mucho que camine, si no oriento mis pasos
hacia ella, y, aunque esté en la orientación hacia esa meta, tampoco la
alcanzaré si nunca me pongo a caminar.
Si estas formas de falta de armonía en el seno de la
libertad humana las aplicamos a nuestra relación con Dios nos encontramos
con las situaciones que nos describía Pablo en la carta a los Romanos y
que a lo largo de los siglos y de la reflexión teológica han cristalizado
en los conceptos de pecado original y concupiscencia. |
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EL ESCOLIASTA
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