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5. El pecado original
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Si retomamos el texto de Romanos 3,22-25 podemos, a
partir de las ideas que hemos expuesto, alcanzar una mayor comprensión de
lo que allí se dice. Ya decíamos que el conocimiento de la generalidad del
pecado de la humanidad no es simplemente una certeza experimental sobre la
pecaminosidad humana, sino una convicción de fe que se alcanza a partir
de Jesucristo. Sólo al recibir la revelación de Dios en Jesucristo
podemos conocer a Dios como sentido y destino de nuestra existencia, y
sólo conociendo a Dios como sentido y destino de nuestra existencia
podemos valorar ajustadamente lo que significa el pecado en profundidad y
extensión.
Antes del encuentro de fe con Jesucristo es como si el hombre
estuviera desorientado, es incapaz de orientar su libertad de ser, su
opción fundamental de vida, hacia Dios, sencillamente porque la verdad y
el amor de Dios están fuera del horizonte de su experiencia. Todo esto lo
sabe Pablo a partir de sus vivencias personales:
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Circuncidado a los ocho días de nacer,
israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los
cuatro costados, y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata
de intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia; si de ser justo
por la ley, era irreprochable. Sin embargo, todo eso que para mí
era ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo.
Filipenses 3, 5-7 |
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Pablo ha sido una persona religiosa y cumplidora, se ha
esforzado de corazón por hacer en todo la voluntad de Dios, y aún así ha
llegado a ser perseguidor de la Iglesia, ha odiado a ese Cristo al que
ahora recibe y tiene como su Señor y salvador. Seguramente esta
experiencia personal tiene mucho que ver con el diagnóstico que hace de la
humanidad en general en la carta a los Romanos. Por mucho que se esfuerce
el hombre, sin la gracia de Cristo, es incapaz de orientar
verdaderamente su vida hacia Dios. Si esta orientación básica de la
existencia falla, necesariamente tendrá que actuar, al menos
ocasionalmente, contra la voluntad de Dios.
Esta situación del hombre que, previamente a su
elección, se encuentra como encerrado en sí mismo e incapaz de ir hacia
Dios es lo que llamamos pecado original. Por tanto no hablamos aquí
de pecado en el mismo sentido en que hablamos de los pecados personales,
aunque el pecado original esté en el origen de los pecados personales.
Aquí usamos el término “pecado” de forma análoga, ya que la
situación de alejamiento de Dios de que se trata es equivalente a la que
produce el pecado personal. No es algo de lo que el ser humano concreto
sea responsable, aunque esta situación original es posteriormente
refrendada por el pecado personal y muestra su poder en el pecado
personal.
No podemos dejar de caer en la cuenta de lo
dramático de todo esto. Como imagen de Dios estamos destinados a
encontrar nuestra plenitud en él, pero este fin, que es el único que puede
colmar nuestras ansias, nos está vedado por nuestra situación, somos
incapaces de situar libremente nuestra vida en orden a la recepción de la
gracia de Dios. Por otra parte, tampoco debemos dejar de lado la luz que
nos lleva a ese descubrimiento, es el conocimiento de Cristo como salvador
el que nos hace comprender el misterioso abismo del que hemos sido
rescatados.
Y aquí surge la pregunta ¿Por qué somos así?
¿Podría Dios haber creado al hombre a su imagen, destinado a recibir su
gracia y al mismo tiempo incapaz de orientarse a la recepción de esa
gracia? La respuesta de Pablo, y con el de la Iglesia es, rotundamente,
no. Dios no hizo al hombre así, lo quiso desde el principio orientado a la
recepción de la gracia. Si Dios no está en el origen de esta situación
tenemos que afirmar que fue el hombre el que la provocó, con esto debemos
tener en cuenta que pasamos a un tema distinto. Una cosa es la situación
de ruptura interior en la que cada hombre se encuentra situado, el pecado
original originado, y otra cosa distinta es el origen de esa situación, el
pecado original originante. Veamos cómo lo describe Pablo:
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Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado
en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a
todos los hombres, porque todos pecaron...
Pero, aunque antes de la ley había pecado en el
mundo, el pecado no se imputaba, porque no había ley. Pues, a
pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso
sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que
era figura del que había de venir.
Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y
el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias
a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios
desbordaron sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia
que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: la
sentencia contra uno acabó en condena total; la gracia, ante una
multitud de pecados, en indulto.
Si, por la culpa de aquél que era uno solo, la
muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el
don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo,
Jesucristo.
En resumen, una sola culpa resultó condena de
todos, y un acto de justicia resultó indulto y vida para todos. En
efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos
fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de
uno solo, todos serán constituidos justos.
Romanos 5, 12-19 |
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Lo primero que se afirma es la conexión entre pecado
y muerte. Esta muerte de la que aquí se trata no puede ser simplemente
la muerte biológica, Pablo sabe perfectamente que hay cristianos que
mueren, y mueren habiendo recibido el perdón en Cristo, por lo que la
muerte biológica de los cristianos, sin más, no puede ser la consecuencia
del pecado. La muerte de la que aquí se trata es algo más profundo, se
trata de la separación radical de Dios como fuente de vida cuya expresión
más clara es la muerte física. Se trata de la realidad de la muerte como
pérdida definitiva de toda posibilidad de vida, de toda posibilidad de
unión con Dios. No sólo es el problema del morir, sino la angustia ante la
necesidad de morir. Esa es la única forma sincera de vivir la muerte que
había antes de Cristo, experimentarla como el absurdo de un fracaso
rotundo de la vida.
Esa muerte no depende simplemente de la conciencia
del pecado (eso es lo que introduce la ley), sino de su realidad que
pone de manifiesto la lejanía del hombre respecto a Dios. Aunque no se
impute el pecado, es decir, aunque no pueda existir esa conciencia de
pecado de la que es capaz el que conoce la voluntad de Dios, esto no niega
la realidad del pecado. No trata aquí Pablo de dar una valoración moral de
la conciencia personal de cada uno, sino una valoración teológica de su
relación con Dios: por sí mismo el hombre es incapaz de construir ese
mundo pleno y realizado que Dios quiere, y eso se pone de manifiesto con
toda su crudeza en la muerte como ruptura de toda esperanza humana. Lo
tremendo de la situación del hombre es su incapacidad para llegar a Dios,
ni por sí mismo, ni con la ayuda de la ley. El hombre es como un barco sin
brújula en medio del Océano, incapaz de arribar a su destino por más que
despliegue sus velas.
Aquí es donde Pablo introduce la reflexión sobre Adán.
El hombre se encuentra en esa situación de pecado, y tengamos en cuenta
que se trata, en primer lugar de una situación objetiva de imposibilidad
de orientación a Dios, que se pone de manifiesto en un segundo momento en
los pecados personales. El origen de esa situación está en una
misteriosa solidaridad en el pecado de la humanidad. Aquí es dónde nos
puede surgir la duda, ¿podemos ser solidarios en el pecado? ¿acaso puede
una persona ser responsable del pecado de otra? La respuesta de Pablo,
aunque implícita, es fundamental: podemos ser solidarios en el pecado con
Adán porque sabemos que somos solidarios en la gracia con Jesucristo. Es
precisamente la solidaridad humana en la gracia de Cristo la que revela la
posibilidad y realidad de la solidaridad en el pecado.
Llegados a este momento Pablo alude a la constitución
del hombre en Adán como pecador o en Cristo como justo. ¿En qué pudo
consistir el pecado de Adán para poder constituirlo en pecador? La
culpa original consiste en el rechazo del don original de Dios que hizo al
hombre para la gracia. Si esta oferta de gracia es rechazada por el
hombre no es el hombre el que puede restaurarla, tendrá que ser Dios el
que la renueve, ya que se trata de una oferta de gracia, de comunión con
la vida de Dios. Prestemos atención a esto, si sabemos del rechazo de esta
suprema oferta de gracia es por su renovación en Cristo. No se trata de
que Dios se haga de rogar para otorgar su perdón, sino que lo otorga en
plenitud desde la misma realidad histórica concreta de la humanidad. La
historia entera, no sólo de Israel, sino de toda la humanidad pecadora, es
la historia de la preparación a la encarnación de Dios en Cristo. Pero,
sin Cristo, todos los seres humanos son desde el primer instante de su
existencia, pecadores, en tanto que la lejanía de Dios y la imposibilidad
de apertura confiada y radical a él les está vedada a causa del pecado.
Desde estas ideas podemos ahora ir al relato de la
caída del Génesis con una nueva luz para comprenderlo a partir de Cristo:
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La serpiente era el más astuto de los animales
del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -¿Cómo
es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?
La mujer respondió a la serpiente: -Podemos
comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto
del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No
comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte".
La serpiente replicó a la mujer: -No moriréis.
Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y
seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal.
La mujer vio que el árbol era apetitoso,
atrayente y deseable porque daba inteligencia; tomó del fruto,
comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les
abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban
desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Oyeron
al Señor que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa; el
hombre y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre
los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre:
-¿Dónde estás?
Él contestó: -Oí tu ruido en el jardín, me dio
miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.
El Señor le replicó: -¿Quién te informó de que
estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí
comer?
El hombre respondió: -La mujer que me diste
como compañera me ofreció del fruto y comí.
El Señor Dios dijo a la mujer: -¿Qué es lo que
has hecho?
Ella respondió: -La serpiente me engaño y comí.
Génesis 3, 1-13 |
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Puede llamar la atención que, mientras Pablo hablaba de
“Adán”, en el Génesis se habla de “el hombre”. Ambas cosas
son correctas y nos ayudan a comprender la narración, lo que ocurre es que
“Adán” en hebreo significa “hombre”. El texto del Génesis juega con el uso
como nombre propio de un nombre común para dar a entender que lo que aquí
se cuenta, siendo una realidad personal (de Adán) es al mismo tiempo el
paradigma donde se refleja todo pecado (del hombre). El texto no es ni una
historia perdida en el pasado ni una generalización abstracta sobre el
pecado, sino el resultado de la reflexión de Israel, a partir de la
experiencia de su alianza con Dios, sobre cómo se realiza la relación
entre Dios y cada hombre.
En un lenguaje de gran simbolismo se narra cómo el
hombre ha sido creado para vivir su amistad con Dios en forma de libre
obediencia confiada, y eso es lo que se expresa por medio de la
prohibición de comer de un determinado árbol. El primer pecado consiste en
ponerse a sí mismo en lugar de Dios, querer ser como Dios, y esto se
simboliza en el poder decidir qué comer o no comer.
Aquí entra la figura de la serpiente, que nos muestra
que el mal es, de por sí, algo extraño al hombre, que no fue creado
para alejarse de Dios, sino para alcanzar su plenitud en él. La serpiente
representa todo lo que de misterioso e incomprensible tiene para nosotros
mismos la maldad. Es el abismo de una libertad que inexplicable y
absurdamente se opone a su creador, el inabarcable misterio del mal como
la posibilidad imposible que se hace real.
El rechazo de la condición de criatura tiene sus
consecuencias que el texto despliega progresivamente. Se produce una
ruptura trascendente manifestada en el miedo de encontrarse con Dios a
causa de la desnudez. Se rompe también la armonía entre hombre y mujer que
dejará marcada su relación por el deseo y el dominio. Incluso queda rota
la armonía con la creación, que ahora se convertirá en lugar de
sufrimiento. La posterior sentencia de Dios no es un castigo que se añade
al dolor del pecado, sino un poner de relieve toda la carga de sufrimiento
y maldad que conlleva el pecado. Aquel punto de encuentro entre Dios y su
creación que debería ser el hombre ha quedado roto.
Todo esto es lo que Pablo resume diciendo que la
muerte hace su entrada en el mundo. Ha muerto la realidad armónica del
hombre tal como fue querida por Dios. Aquella libertad creada para
orientarse al amor del creador es ahora una libertad herida, incapacitada
para recuperar su situación original.
Esta situación original del hombre ha sido también
motivo de reflexión por parte de la Iglesia:
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Por la irradiación de esta gracia, todas las
dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras
permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir
ni sufrir. La armonía interior de la persona humana, la armonía
entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la
primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado
"justicia original".
CIC 376 |
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Se nos dice que el hombre no debía ni morir ni
sufrir. Podemos interpretar esta afirmación, y de hecho se ha
interpretado así en muchas ocasiones, como si el hombre hubiera estado
dotado en su origen de una especie de naturaleza divina e inmortal por
encima de su condición de criatura. Pero para comprender lo que aquí dice
el Catecismo de la Iglesia Católica debemos volver a lo que antes
explicamos sobre la muerte. Tanto la muerte como la resistencia de la
materia forman parte ineludible de la constitución creada del hombre. Pero
Dios no ha querido para el hombre la angustia del tener que morir ni la
experiencia de la vida como lucha dolorosa contra lo material.
No debemos confundir la situación originaria del
hombre, en la que Dios se ofrece como promesa, con la consumación eterna.
El pecado original no significó una modificación de una naturaleza
sobrehumana. La finitud y el trabajo forman parte del ser propio del
hombre, pero si el hombre malogra esta forma de ser, su vivencia de
ambas realidades se transforma convirtiendo en lugares de sufrimiento lo
que debía ser fuente de vida y esperanza. Lo que nos dice la idea de que
el hombre no debía morir ni sufrir es que, en su origen, el hombre no fue
hecho para el fracaso y, sin el pecado, la historia humana habría llegado
a Dios sin pasar por todas esas rupturas en las que nos vemos inmersos,
pero no debemos pensar en una especie de situación milagrosa que eliminara
una vida auténticamente humana en todos los hombres.
De todas formas la transmisión del pecado original
sigue siendo un misterio que no podemos terminar nunca de comprender.
El hombre no fue creado por Dios para el pecado, pero que el pecado se ha
hecho dueño de nuestra realidad humana. Sólo podemos comprender esta
situación si partimos del hecho de que ese plan original de Dios se rompió
por culpa de la humanidad y la conclusión que impone esta premisa es la
doctrina del pecado original. Al hablar de pecado original, en conclusión,
no estamos hablando de la imputación de una culpa ajena, se trata de un
pecado en sentido análogo, no cometido, sino contraído, anterior a nuestra
decisión libre, que es un estado, no un acto. |
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EL ESCOLIASTA
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