|

|
|
6. La concupiscencia
|
|
El tema del pecado original es importante y
necesario para valorar el lugar de Cristo como redentor de la humanidad,
pero para el cristiano esto es ya agua pasada. El cristiano, por la fe en
la revelación de Dios y el don del Bautismo, ha sido acogido en
Jesucristo, puede orientar su libertad hacia Dios para recibir su gracia y
compartir su vida en el amor. Sin embargo, como veíamos en Pablo, aunque
parece que no debería ser así, el problema del pecado persiste,
porque el cristiano sigue cometiendo pecados y siendo pecador. Lo
razonable sería que una persona que se entrega a Dios de corazón y acoge
su salvación en Cristo no pecara más, sin embargo la dura y dolorosa
realidad de los pecados personales sigue presente en la vida de los
cristianos.
Este fenómeno obedece también a una ruptura de la
armonía entre la libertad de hacer y la de ser. Mientras que la opción
fundamental de vida del cristiano se dirige a vivir la voluntad de Dios en
Cristo, las elecciones concretas que hace son, al menos ocasionalmente,
contrarias a esa opción fundamental. Es como si la herida del pecado
original siguiera abierta e hiciera prácticamente imposible la
correcta ordenación de la libertad humana hacia su fin propio en Dios.
Para comprender cómo esto puede ocurrir debemos recurrir al concepto de
concupiscencia.
Concupiscencia en sentido amplio es toda apetencia
que surge espontáneamente en el hombre de forma natural. La
concupiscencia así entendida forma parte de la constitución propia del ser
humano y no es nada malo. Todo apetito (sea material o espiritual) está en
principio dirigido genéricamente a la consecución de bienes valiosos e
incluso necesarios para el hombre. Podemos poner como ejemplo la anorexia:
en los anoréxicos la apetencia natural de comer ha sido cegada y esto los
lleva a situaciones dramáticas. Necesitamos los apetitos tanto sensibles
como espirituales para mover nuestra libertad hacia la consecución del
bien, pero eso no significa que el hombre pueda seguir indiscriminadamente
sus apetitos. Ante cualquier situación el hombre puede apetecer diversos
objetos, diversos bienes parciales, pero tendrá que orientar su deseo de
forma que aquello que busca sea lo que realmente le lleve al bien más
alto. Por poner un ejemplo, aunque pueda resultar un poco exagerado, la
lucha contra la anorexia no debería llevarnos a recomendar el canibalismo.
En ese caso llegaríamos a una situación en la que la concupiscencia, en
vez de integrarse en el pleno uso de la libertad del ser humano, lo lleva
precisamente a su negación.
Aquí llegamos al sentido teológico de concupiscencia,
donde no se trata únicamente de ese apetecer previo a la libertad propio
del ser humano, sino de ese mismo apetecer en tanto que previo a la
elección libre y opuesto a ella. Hay concupiscencia en sentido
propiamente teológico allí donde el apetito impone su fuerza por encima de
la decisión humana. Esa es la triple concupiscencia de la que habla el
Catecismo:
|
 |
El "dominio" del mundo que Dios había concedido
al hombre desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del
hombre mismo como dominio de sí. El hombre estaba íntegro y
ordenado en todo su ser por estar libre de la triple
concupiscencia, que lo somete a los placeres de los sentidos, a la
apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra
los imperativos de la razón.
CIC 377 |
|
La concupiscencia en sentido teológico es la apetencia
de los placeres de los sentidos, de los bienes terrenos y de la afirmación
de sí en tanto que sometedora del hombre. No es que todos esos apetitos
sean malos, sino de que son malos en tanto en cuanto rompen la armonía del
hombre, la integridad de su ordenación a la gracia. Tanto los placeres de
los sentidos, como los bienes terrenos, como el ser propio del hombre son
de por sí buenos, forman parte de nuestra constitución propia querida por
Dios desde la creación. Todo esto sólo se convierte en algo negativo
cuando se opone a la razonable ordenación del hombre al bien supremo.
Cuando la afirmación de sí mismo, los bienes terrenos y los placeres se
convierten en el objeto último de la voluntad, el hombre se cierra en sí
mismo y, haciendo esto, cierra su apertura radical a los demás y a Dios,
que es el horizonte propio de su ansia de felicidad. Esa tendencia sigue
presente en el cristiano y así la describe el Concilio de Trento:
|
 |
Ahora bien, que la concupiscencia o fomes
permanezca en los bautizados, este santo Concilio lo confiesa y
siente; la cual, como haya sido dejada para el combate, no puede
dañar a los que no la consienten y virilmente la resisten por la
gracia de Jesucristo. Antes bien, el que legítimamente luchare,
será coronado [2 Tim. 2, 5]. Esta concupiscencia que alguna vez el
Apóstol llama pecado [Rom. 6, 12 ss], declara el santo Concilio
que la Iglesia Católica nunca entendió que se llame pecado porque
sea verdadera y propiamente pecado en los renacidos, sino porque
procede del pecado y al pecado inclina. Y si alguno sintiere lo
contrario, sea anatema.
DS 1515 |
|
En los bautizados permanece la concupiscencia para
el combate, sigue existiendo esa tendencia a la ruptura de la armonía
entre la libertad de hacer y ser que inclina a una libre elección
contraria a la verdadera posibilidad de realización humana en Cristo. Pero
esta concupiscencia, por más que una y mil veces imponga su ley en nuestra
vida, no es algo invencible. El cristiano puede resistirla por la gracia
de Jesucristo. Por eso dice el Concilio de Trento que la concupiscencia
permanece en nosotros para el combate, es el resto de la ruptura interior
de la libertad humana que procede del pecado y al pecado inclina, pero no
es la instancia última y decisiva ya que el cristiano está destinado a
vencerla por la gracia de Cristo.
¿Qué significa todo esto? Que no podemos pensar nunca
que hemos terminado de convertirnos y suponernos impecables. Que el pecado
es una realidad presente en nuestra vida pero que, a pesar de todo,
podemos vencerlo. Que no podemos esperar la salvación como algo que ocurra
sin nuestro esfuerzo y compromiso. Que la lucha contra el pecado no es
simplemente una cuestión de perseverancia personal, sino de confianza en
la gracia de Cristo. El cristiano, aún en su sometimiento al pecado, sigue
siendo aquel que está llamado a confiar en Cristo y acoger su gracia
como forma de llevar a plenitud su libertad, y esa posibilidad permanece a
pesar de todo. Entonces ¿en qué consiste esa gracia de Cristo en la que
podemos confiar para alcanzar el fin último de nuestra vida en Dios?
|
|
Para reflexionar (Temas 4-6) |
 |
-
¿Por qué el pecado original sólo puede ser
comprendido a partir de Cristo?
-
Explica las diferencias entre el pecado
original originante y el pecado original originado.
-
Haz un esquema donde se explique la relación
entre libertad, pecado y concupiscencia.
|
|
|
EL ESCOLIASTA
|
|