El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices


6. La concupiscencia

El tema del pecado original es importante y necesario para valorar el lugar de Cristo como redentor de la humanidad, pero para el cristiano esto es ya agua pasada. El cristiano, por la fe en la revelación de Dios y el don del Bautismo, ha sido acogido en Jesucristo, puede orientar su libertad hacia Dios para recibir su gracia y compartir su vida en el amor. Sin embargo, como veíamos en Pablo, aunque parece que no debería ser así, el problema del pecado persiste, porque el cristiano sigue cometiendo pecados y siendo pecador. Lo razonable sería que una persona que se entrega a Dios de corazón y acoge su salvación en Cristo no pecara más, sin embargo la dura y dolorosa realidad de los pecados personales sigue presente en la vida de los cristianos.

Este fenómeno obedece también a una ruptura de la armonía entre la libertad de hacer y la de ser. Mientras que la opción fundamental de vida del cristiano se dirige a vivir la voluntad de Dios en Cristo, las elecciones concretas que hace son, al menos ocasionalmente, contrarias a esa opción fundamental. Es como si la herida del pecado original siguiera abierta e hiciera prácticamente imposible la correcta ordenación de la libertad humana hacia su fin propio en Dios. Para comprender cómo esto puede ocurrir debemos recurrir al concepto de concupiscencia.

Concupiscencia en sentido amplio es toda apetencia que surge espontáneamente en el hombre de forma natural. La concupiscencia así entendida forma parte de la constitución propia del ser humano y no es nada malo. Todo apetito (sea material o espiritual) está en principio dirigido genéricamente a la consecución de bienes valiosos e incluso necesarios para el hombre. Podemos poner como ejemplo la anorexia: en los anoréxicos la apetencia natural de comer ha sido cegada y esto los lleva a situaciones dramáticas. Necesitamos los apetitos tanto sensibles como espirituales para mover nuestra libertad hacia la consecución del bien, pero eso no significa que el hombre pueda seguir indiscriminadamente sus apetitos. Ante cualquier situación el hombre puede apetecer diversos objetos, diversos bienes parciales, pero tendrá que orientar su deseo de forma que aquello que busca sea lo que realmente le lleve al bien más alto. Por poner un ejemplo, aunque pueda resultar un poco exagerado, la lucha contra la anorexia no debería llevarnos a recomendar el canibalismo. En ese caso llegaríamos a una situación en la que la concupiscencia, en vez de integrarse en el pleno uso de la libertad del ser humano, lo lleva precisamente a su negación.

Aquí llegamos al sentido teológico de concupiscencia, donde no se trata únicamente de ese apetecer previo a la libertad propio del ser humano, sino de ese mismo apetecer en tanto que previo a la elección libre y opuesto a ella. Hay concupiscencia en sentido propiamente teológico allí donde el apetito impone su fuerza por encima de la decisión humana. Esa es la triple concupiscencia de la que habla el Catecismo:
 

El "dominio" del mundo que Dios había concedido al hombre desde el comienzo, se realizaba ante todo dentro del hombre mismo como dominio de sí. El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia, que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón.

CIC 377


La concupiscencia en sentido teológico es la apetencia de los placeres de los sentidos, de los bienes terrenos y de la afirmación de sí en tanto que sometedora del hombre. No es que todos esos apetitos sean malos, sino de que son malos en tanto en cuanto rompen la armonía del hombre, la integridad de su ordenación a la gracia. Tanto los placeres de los sentidos, como los bienes terrenos, como el ser propio del hombre son de por sí buenos, forman parte de nuestra constitución propia querida por Dios desde la creación. Todo esto sólo se convierte en algo negativo cuando se opone a la razonable ordenación del hombre al bien supremo. Cuando la afirmación de sí mismo, los bienes terrenos y los placeres se convierten en el objeto último de la voluntad, el hombre se cierra en sí mismo y, haciendo esto, cierra su apertura radical a los demás y a Dios, que es el horizonte propio de su ansia de felicidad. Esa tendencia sigue presente en el cristiano y así la describe el Concilio de Trento:
 

Ahora bien, que la concupiscencia o fomes permanezca en los bautizados, este santo Concilio lo confiesa y siente; la cual, como haya sido dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y virilmente la resisten por la gracia de Jesucristo. Antes bien, el que legítimamente luchare, será coronado [2 Tim. 2, 5]. Esta concupiscencia que alguna vez el Apóstol llama pecado [Rom. 6, 12 ss], declara el santo Concilio que la Iglesia Católica nunca entendió que se llame pecado porque sea verdadera y propiamente pecado en los renacidos, sino porque procede del pecado y al pecado inclina. Y si alguno sintiere lo contrario, sea anatema.

DS 1515


En los bautizados permanece la concupiscencia para el combate, sigue existiendo esa tendencia a la ruptura de la armonía entre la libertad de hacer y ser que inclina a una libre elección contraria a la verdadera posibilidad de realización humana en Cristo. Pero esta concupiscencia, por más que una y mil veces imponga su ley en nuestra vida, no es algo invencible. El cristiano puede resistirla por la gracia de Jesucristo. Por eso dice el Concilio de Trento que la concupiscencia permanece en nosotros para el combate, es el resto de la ruptura interior de la libertad humana que procede del pecado y al pecado inclina, pero no es la instancia última y decisiva ya que el cristiano está destinado a vencerla por la gracia de Cristo.

¿Qué significa todo esto? Que no podemos pensar nunca que hemos terminado de convertirnos y suponernos impecables. Que el pecado es una realidad presente en nuestra vida pero que, a pesar de todo, podemos vencerlo. Que no podemos esperar la salvación como algo que ocurra sin nuestro esfuerzo y compromiso. Que la lucha contra el pecado no es simplemente una cuestión de perseverancia personal, sino de confianza en la gracia de Cristo. El cristiano, aún en su sometimiento al pecado, sigue siendo aquel que está llamado a confiar en Cristo y acoger su gracia como forma de llevar a plenitud su libertad, y esa posibilidad permanece a pesar de todo. Entonces ¿en qué consiste esa gracia de Cristo en la que podemos confiar para alcanzar el fin último de nuestra vida en Dios?
 

Para reflexionar (Temas 4-6)

  1. ¿Por qué el pecado original sólo puede ser comprendido a partir de Cristo?

  2. Explica las diferencias entre el pecado original originante y el pecado original originado.

  3. Haz un esquema donde se explique la relación entre libertad, pecado y concupiscencia.


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