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7. La gracia
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Jesucristo es el protagonista de la salvación. En
Jesucristo, muerto y resucitado, Dios Padre se entrega totalmente en su
Hijo para salvación de la humanidad por el Espíritu Santo. La muerte y
resurrección de Jesucristo es la fuente de la gracia en la que el hombre
puede dar cumplimiento a su libertad por la participación en la vida de
Dios. En el Nuevo Testamento la participación en la vida divina se
describe por medio de la categoría de filiación. El gran don que recibimos
de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo es el de ser hijos de Dios.
La filiación divina puede ser entendida de diversas
formas. A nivel humano conocemos dos formas de filiación: la filiación
natural y la adoptiva. Por la filiación natural existe una relación
no sólo física, sino también afectiva y moral, entre padre e hijo, que
tiene su origen en la generación física. La filiación adoptiva es
también una relación entre padre e hijo, pero no basada en la generación,
sino en un acto de libertad por el que una persona es introducida
jurídicamente en una familia.
Cuando el Nuevo Testamento habla del ser hijos de Dios
usa este doble registro de filiación natural y adoptiva. Dos son los
autores que más resaltan cada una de las perspectivas: Pablo y Juan:
Pablo subraya que somos hijos adoptivos de Dios:
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Los que se dejan llevar por el Espíritu de
Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de
esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos
adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y
nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de
Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y
coherederos con Cristo
Romanos 8, 14-17 |
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Pablo habla de un espíritu de hijos adoptivos. Éste
espíritu no parece referirse directamente al Espíritu Santo, sino al ser
espiritual del hombre transformado por el Espíritu Santo, por lo
que podemos afirmar que la filiación adoptiva incluye al menos cierta
transformación interior de la persona. La filiación adoptiva tiene
diversos efectos: dejarse llevar por el Espíritu de Dios, dirigirse al
Padre con la confianza de hijos y ser coherederos con Cristo. El Espíritu
Santo es aquí el gran protagonista. Él es quien lleva al cristiano en su
vida, quien destierra de su espíritu el temor y quien da testimonio de la
esperanza nueva del cristiano en Cristo.
Si Pablo hubiera hablado simplemente de que somos hijos
adoptivos de Dios podríamos haber llegado a una conclusión errónea: la
filiación divina es en el cristiano sólo una especie de acto jurídico por
el que Dios lo mira como hijo suyo, pero lo deja en la misma situación en
que estaba antes de recibirla. No es así, no se trata simplemente de un
reconocimiento jurídico, ni tampoco de algo puramente espiritual, sino de
una real transformación de la persona entera, que tiene su base en un
cambio espiritual, pero que transforma su acción, su relación con Dios
y su esperanza.
En primer lugar se alude a la acción, el que es hijo de
Dios puede dejarse llevar por el Espíritu de Dios. Se trata de la
posibilidad de actuar como actuó el mismo Jesucristo que en los Evangelios
es continuamente movido por el Espíritu. En segundo lugar cambia la
relación con Dios, donde desaparece el temor y se instaura la confianza,
la posibilidad de llamarlo Padre. Finalmente la esperanza del
cristiano se pone a la altura de Cristo con el que es coheredero.
¿Qué queda entonces de la adopción jurídica si en este
caso, a diferencia de lo que ocurriría en una adopción humana, se produce
una real transformación y renovación de la persona? El hecho de ser
gratuita: Dios nos toma como hijos por pura gracia, no es algo que
nosotros podamos reclamar, sino un don que viene de Dios simplemente por
amor. Hablar de filiación adoptiva no es, en Pablo, una forma de rebajar
la verdad del haber sido hechos hijos de Dios en Cristo, sino de realzar
que esto se debe al puro amor de Dios.
Juan plantea las cosas desde el lado contrario,
su paradigma de comprensión de la filiación divina del cristiano parte
de la filiación natural:
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La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a
todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba: el mundo se hizo
por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los
suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron, les da poder para
ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de
sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre
nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo
único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan 1,9-14 |
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Los hijos de Dios han nacido de Dios, es la
tajante afirmación del cuarto evangelista. Se trata aquí de un nuevo
nacimiento que no tiene su origen en ninguna realidad creada, sino sólo en
Dios. Aquí el protagonista de la acción es la Palabra hecha carne.
Su venida al mundo es la ocasión para abrir la posibilidad del nuevo
nacimiento por la fe en él.
Nos encontramos con un posible problema contrario al
que veíamos en Pablo, si nos quedamos simplemente con la idea del nuevo
nacimiento podríamos llegar a la conclusión de que por esta filiación
somos dioses, como si la encarnación de Cristo se repitiera simple y
llanamente en cada uno de nosotros. Por eso resalta Juan precisamente el
protagonismo y la diferencia de la Palabra: sólo la Palabra es la
luz verdadera, sólo ella tiene la gloria propia del Hijo único del Padre.
Nuestra unión con Cristo es tal que transforma nuestra realidad a imagen
de la suya introduciéndonos en la vida de Dios.
Esto no significa que debamos perder nuestra propia
personalidad para diluirnos en el Hijo, sino que participamos con nuestro
propio ser personal en esa relación única que tiene Jesucristo con el
Padre. Lo mismo que Jesús vive en forma humana su ser Dios el cristiano
puede y debe vivir en forma divina su ser hombre. La encarnación del
Hijo de Dios es la que establece la posibilidad de una unión así entre el
hombre y Dios. Hay una diferencia clave entre la encarnación del Hijo y la
presencia de Dios en el cristiano. Por la encarnación Dios hace que el
hombre Jesús sea personalmente su Hijo, en nosotros la presencia del amor
de Dios mantiene nuestro propio ser personal propio de nuestra condición
humana. Esta distinción debería significar para nosotros un reto, el reto
de la creatividad personal que da al amor de Dios una posibilidad nueva y
distinta de manifestarse en cada uno.
Uniendo las ideas de Pablo y Juan podemos decir que la
filiación divina en el cristiano es obra de la pura gracia de Dios,
pero no tanto como para quedarse en un gesto externo que no afecte al ser
de la persona, y que es también nuevo nacimiento, pero no tanto como para
significar la aparición de una realidad que fuera la negación de la real
humanidad personal del que la recibe.
Con estos dos textos podemos ya tener una primera
visión de lo que significa la gracia para el cristiano. Gracia es
participación en la vida de Dios, una transformación de la relación
del hombre con Dios que lo introduce en la eterna relación de amor que une
al Padre con el Hijo en el Espíritu. El cristiano, unido a Cristo, el Hijo
único, como hijo adoptivo, recibe la fuerza del Espíritu para poder llamar
a Dios Padre como verdadero hijo suyo. Se trata, por tanto, de reproducir
la vida trinitaria de Dios en el mundo a nivel creatural. Somos
introducidos en la vida de Dios para que esa vida se haga presente en la
creación.
La inmensa elevación del hombre en la gracia tiene
sólo a Dios como origen y fin. Es algo que depende enteramente de la
libérrima voluntad divina que ha querido otorgárnosla y que nos lleva a
poner en la plena participación de esa vida divina el destino último de
nuestra esperanza.
La participación en la vida divina es lo que la
tradición teológica ha llamado gracia increada (es decir, no
creada, perteneciente al orden de lo divino): Dios se entrega a sí mismo
como salvador en Cristo. La gracia es, ante todo, la comunión de vida con
Cristo resucitado por la que el hombre adquiere la posibilidad de vivir
como Jesús vivió. La presencia de Dios en el justo es análoga a la
presencia de la persona divina del Hijo en la realidad humana de Jesús.
Somos santificados porque el mismo Espíritu que movió a Jesús nos mueve y
sustenta de modo que seamos capaces de vivir como el vivió, haciendo de
nuestra vida una forma de actuación del amor de Dios en el mundo.
Es la gran oportunidad y el gran reto del cristiano,
ser presencia viva del amor de Dios en el mundo porque ese mismo
amor le guía y conduce. Esto significa, por una parte, estar incluido en
el amor con que el Padre ama al Hijo en el Espíritu y, por otra parte, ser
capaz de desplegar ese amor en el mundo.
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EL ESCOLIASTA
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