El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices


7. La gracia

Jesucristo es el protagonista de la salvación. En Jesucristo, muerto y resucitado, Dios Padre se entrega totalmente en su Hijo para salvación de la humanidad por el Espíritu Santo. La muerte y resurrección de Jesucristo es la fuente de la gracia en la que el hombre puede dar cumplimiento a su libertad por la participación en la vida de Dios. En el Nuevo Testamento la participación en la vida divina se describe por medio de la categoría de filiación. El gran don que recibimos de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo es el de ser hijos de Dios.

La filiación divina puede ser entendida de diversas formas. A nivel humano conocemos dos formas de filiación: la filiación natural y la adoptiva. Por la filiación natural existe una relación no sólo física, sino también afectiva y moral, entre padre e hijo, que tiene su origen en la generación física. La filiación adoptiva es también una relación entre padre e hijo, pero no basada en la generación, sino en un acto de libertad por el que una persona es introducida jurídicamente en una familia.

Cuando el Nuevo Testamento habla del ser hijos de Dios usa este doble registro de filiación natural y adoptiva. Dos son los autores que más resaltan cada una de las perspectivas: Pablo y Juan: Pablo subraya que somos hijos adoptivos de Dios:
 

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo

Romanos 8, 14-17


Pablo habla de un espíritu de hijos adoptivos. Éste espíritu no parece referirse directamente al Espíritu Santo, sino al ser espiritual del hombre transformado por el Espíritu Santo, por lo que podemos afirmar que la filiación adoptiva incluye al menos cierta transformación interior de la persona. La filiación adoptiva tiene diversos efectos: dejarse llevar por el Espíritu de Dios, dirigirse al Padre con la confianza de hijos y ser coherederos con Cristo. El Espíritu Santo es aquí el gran protagonista. Él es quien lleva al cristiano en su vida, quien destierra de su espíritu el temor y quien da testimonio de la esperanza nueva del cristiano en Cristo.

Si Pablo hubiera hablado simplemente de que somos hijos adoptivos de Dios podríamos haber llegado a una conclusión errónea: la filiación divina es en el cristiano sólo una especie de acto jurídico por el que Dios lo mira como hijo suyo, pero lo deja en la misma situación en que estaba antes de recibirla. No es así, no se trata simplemente de un reconocimiento jurídico, ni tampoco de algo puramente espiritual, sino de una real transformación de la persona entera, que tiene su base en un cambio espiritual, pero que transforma su acción, su relación con Dios y su esperanza.

En primer lugar se alude a la acción, el que es hijo de Dios puede dejarse llevar por el Espíritu de Dios. Se trata de la posibilidad de actuar como actuó el mismo Jesucristo que en los Evangelios es continuamente movido por el Espíritu. En segundo lugar cambia la relación con Dios, donde desaparece el temor y se instaura la confianza, la posibilidad de llamarlo Padre. Finalmente la esperanza del cristiano se pone a la altura de Cristo con el que es coheredero.

¿Qué queda entonces de la adopción jurídica si en este caso, a diferencia de lo que ocurriría en una adopción humana, se produce una real transformación y renovación de la persona? El hecho de ser gratuita: Dios nos toma como hijos por pura gracia, no es algo que nosotros podamos reclamar, sino un don que viene de Dios simplemente por amor. Hablar de filiación adoptiva no es, en Pablo, una forma de rebajar la verdad del haber sido hechos hijos de Dios en Cristo, sino de realzar que esto se debe al puro amor de Dios.

Juan plantea las cosas desde el lado contrario, su paradigma de comprensión de la filiación divina del cristiano parte de la filiación natural:
 

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba: el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan 1,9-14


Los hijos de Dios han nacido de Dios, es la tajante afirmación del cuarto evangelista. Se trata aquí de un nuevo nacimiento que no tiene su origen en ninguna realidad creada, sino sólo en Dios. Aquí el protagonista de la acción es la Palabra hecha carne. Su venida al mundo es la ocasión para abrir la posibilidad del nuevo nacimiento por la fe en él.

Nos encontramos con un posible problema contrario al que veíamos en Pablo, si nos quedamos simplemente con la idea del nuevo nacimiento podríamos llegar a la conclusión de que por esta filiación somos dioses, como si la encarnación de Cristo se repitiera simple y llanamente en cada uno de nosotros. Por eso resalta Juan precisamente el protagonismo y la diferencia de la Palabra: sólo la Palabra es la luz verdadera, sólo ella tiene la gloria propia del Hijo único del Padre. Nuestra unión con Cristo es tal que transforma nuestra realidad a imagen de la suya introduciéndonos en la vida de Dios.

Esto no significa que debamos perder nuestra propia personalidad para diluirnos en el Hijo, sino que participamos con nuestro propio ser personal en esa relación única que tiene Jesucristo con el Padre. Lo mismo que Jesús vive en forma humana su ser Dios el cristiano puede y debe vivir en forma divina su ser hombre. La encarnación del Hijo de Dios es la que establece la posibilidad de una unión así entre el hombre y Dios. Hay una diferencia clave entre la encarnación del Hijo y la presencia de Dios en el cristiano. Por la encarnación Dios hace que el hombre Jesús sea personalmente su Hijo, en nosotros la presencia del amor de Dios mantiene nuestro propio ser personal propio de nuestra condición humana. Esta distinción debería significar para nosotros un reto, el reto de la creatividad personal que da al amor de Dios una posibilidad nueva y distinta de manifestarse en cada uno.

Uniendo las ideas de Pablo y Juan podemos decir que la filiación divina en el cristiano es obra de la pura gracia de Dios, pero no tanto como para quedarse en un gesto externo que no afecte al ser de la persona, y que es también nuevo nacimiento, pero no tanto como para significar la aparición de una realidad que fuera la negación de la real humanidad personal del que la recibe.

Con estos dos textos podemos ya tener una primera visión de lo que significa la gracia para el cristiano. Gracia es participación en la vida de Dios, una transformación de la relación del hombre con Dios que lo introduce en la eterna relación de amor que une al Padre con el Hijo en el Espíritu. El cristiano, unido a Cristo, el Hijo único, como hijo adoptivo, recibe la fuerza del Espíritu para poder llamar a Dios Padre como verdadero hijo suyo. Se trata, por tanto, de reproducir la vida trinitaria de Dios en el mundo a nivel creatural. Somos introducidos en la vida de Dios para que esa vida se haga presente en la creación.

La inmensa elevación del hombre en la gracia tiene sólo a Dios como origen y fin. Es algo que depende enteramente de la libérrima voluntad divina que ha querido otorgárnosla y que nos lleva a poner en la plena participación de esa vida divina el destino último de nuestra esperanza.

La participación en la vida divina es lo que la tradición teológica ha llamado gracia increada (es decir, no creada, perteneciente al orden de lo divino): Dios se entrega a sí mismo como salvador en Cristo. La gracia es, ante todo, la comunión de vida con Cristo resucitado por la que el hombre adquiere la posibilidad de vivir como Jesús vivió. La presencia de Dios en el justo es análoga a la presencia de la persona divina del Hijo en la realidad humana de Jesús. Somos santificados porque el mismo Espíritu que movió a Jesús nos mueve y sustenta de modo que seamos capaces de vivir como el vivió, haciendo de nuestra vida una forma de actuación del amor de Dios en el mundo.

Es la gran oportunidad y el gran reto del cristiano, ser presencia viva del amor de Dios en el mundo porque ese mismo amor le guía y conduce. Esto significa, por una parte, estar incluido en el amor con que el Padre ama al Hijo en el Espíritu y, por otra parte, ser capaz de desplegar ese amor en el mundo.
 

EL ESCOLIASTA

   

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