El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices


8. La gracia creada

La filiación divina supone en el hombre una transformación real que, como veíamos en Juan, a veces es descrita como nuevo nacimiento. Es lo que la tradición teológica ha llamado la gracia creada, distinguiéndola así de la gracia increada, que es Dios mismo en tanto en cuanto se da y acoge al hombre. La gracia creada es el fruto concreto y finito en el hombre de la nueva relación con Dios a la que hemos llamado gracia increada.

A veces, en la historia de la teología, ha existido la tendencia a cosificar la gracia creada pensando en una diversidad de gracias que el hombre recibiera de distintas formas, pero debemos pensar que la gracia creada no es en primer lugar una cosa, sino una nueva forma de ser que se instaura en el hombre a partir de su nueva relación con Dios. Ese nuevo modo de ser se puede desplegar en la existencia humana de diversas formas, como veremos, pero en todas ellas lo que fructifica es la única gracia de Dios Padre que consiste en acogernos como hijos en el Hijo por el Espíritu Santo.

La gracia creada no es una realidad distinta o añadida a la gracia increada, sino la novedad de Dios presente en la vida del hombre que le permite vivir de una forma nueva sin que esa nueva vida deje de ser realmente la suya. Sin la idea de la gracia creada podríamos pensar que la obra de Dios en el hombre es una especie de coacción, ya que sería él directamente el único que obraría la salvación y el hombre un simple receptor pasivo, una especie de marioneta de su creador. Pero no es así, la gracia de Dios no aniquila la libertad humana, sino que la libera para una vida nueva, eso es lo que llamamos gracia creada.

La nueva vida de la gracia se despliega en la existencia del hombre abarcando todo su ser, por eso podemos distinguir distintas gracias creadas, no porque sean dones sin relación entre sí, sino porque el único don de Dios se hace presente de diversas formas en los diversos ámbitos y circunstancias de la vida cristiana:
 

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.

CIC 2000


Lo que aquí menciona el Catecismo de la Iglesia Católica como gracia santificante es lo que nosotros hemos llamado gracia creada, es decir, la transformación que se produce en el hombre a partir de la unión con Dios que lo hace capaz de vivir como verdadera imagen de Dios. Esta transformación podemos entenderla como la liberación de la libertad humana para el amor, por eso la distinción entre libertad de hacer y de ser resulta muy esclarecedora en este caso.

Llamamos gracia habitual al hecho de que la posibilidad de hacer una opción fundamental y decisiva en respuesta a la llamada de Dios está sustentada en esa misma llamada, no es algo que dependa únicamente de nuestra quebradiza voluntad, el hombre puede sostener y fundar su sí a Dios en Dios mismo, de modo que su respuesta pueda estar a la altura de la llamada. Por tanto la gracia habitual es la transformación de la libertad de ser que Dios produce en el hombre para hacerlo capaz de optar por él.

Esto mismo se realiza también en nuestra libertad de hacer, las gracias actuales recuerdan también que Dios sustenta y posibilita que libremente vayamos dando los pasos concretos que nos conducen a la perfección en él. En cada elección concreta en la que el hombre hace vivo y real un amor como el de Jesucristo encuentra el apoyo y la cercanía de Dios como aquel que lo impulsa y fortalece en cada momento.

La distinción entre gracia habitual y gracias actuales es una forma de expresar que la gracia, el don de Dios, abarca la totalidad del ser humano, llena y da sentido a toda nuestra existencia, desde el principio hasta el final. Hemos sido hechos para la gracia, podemos alegrarnos de que esta gracia sea una posibilidad real en la vida de los hombres por obra de Dios.

Pero la gracia creada, siendo un don íntimo que se hace presente en lo más profundo de la libertad del hombre, no es una especie de posesión particular que deba ser considerada como una propiedad estrictamente privada. Si el hombre es un ser hecho para salir de sí mismo, para la relación, la gracia es también una llamada a la comunidad, es lo que nos recuerda el catecismo al hablar de las gracias sacramentales:
 

La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales, llamadas también ‘carismas’, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf. LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (cf. 1 Co 12).

CIC 2003


Si la gracia nos une a Dios mismo, no puede dejar de asociarnos a su obra, por eso no es una realidad cerrada en sí misma. Esto se ve de forma especialmente clara en las gracias sacramentales y en los carismas. No se trata de gracias que se den al cristiano para que se sienta superior a los demás o simplemente mejor de lo que era. En todos los sacramentos se otorga la gracia para hacer propia la vida de Dios para salvación del mundo.

Debemos ver esta afirmación a la luz de lo que dijimos anteriormente sobre que el alma es directamente creada por Dios. Si cada uno de nosotros tiene una llamada única y original de Dios como principio propio de su ser esto significa dos cosas: por ser algo que se da en nosotros es algo personal y distinto en cada uno, por ser de Dios es algo orientado al amor y la salvación del mundo. Las gracias sacramentales y los carismas, al mismo tiempo que nos recuerdan la originalidad del camino de cada cristiano, nos hacen presente que en todos ellos está la única y definitiva llamada de Dios a la salvación. No se trata de pensar si unos tienen más gracia que otros, sino de darnos cuenta de que en cada uno de nosotros la gracia nos da todo aquello que necesitamos para unirnos a Dios y colaborar en su obra de forma absolutamente única y personal.

La gracia, en cuanto configuración con Cristo, hace posible en nosotros el mérito. Este es un tema que, por desgracia, ha sido en muchas ocasiones tergiversado y malentendido, como si pudiéramos por nosotros mismos conseguir y merecer la unión con Dios. Es una mentalidad que subyace en el trasfondo de expresiones tan usadas como “ganarse el cielo”. Ninguno de nosotros puede ganarse el cielo, porque el cielo, la comunión plena con Dios, es un regalo mucho mayor que todo aquello que por nosotros mismos podamos merecer. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica afirma con razón que frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre.
 

Frente a Dios no hay, en el sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre Él y nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos recibido todo de Él, nuestro Creador.

CIC 2007


Dios es nuestro creador, todo lo hemos recibido de él, por tanto todo aquello que podamos ofrecerle le pertenece ya de hecho. Por eso, en sentido estricto, no puede haber mérito humano frente a Él. La posibilidad del mérito es obra de la gracia, depende de la voluntad de Dios que ha querido asociarnos libremente a su obra. ¿Qué significa esto? Simplemente que la gracia de Dios no anula nuestra libertad, sino que la potencia. En tanto que es una libertad potenciada por la gracia de Dios, todo mérito debe ser atribuido a la gracia de Dios, en tanto que esa libertad sigue siendo nuestra libertad, podemos hablar de un mérito personal. Lo que está en juego en esta cuestión es el valor del hombre ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo pero sin negar nuestra individualidad y personalidad, hace posible que nuestros actos no sean indiferentes, sino valiosos ante Dios que no ha querido salvarnos sin contar con nosotros.

Tanto en el tema de la gracia creada como en el del mérito lo que está en juego es algo tan fundamental como el realismo de la salvación. Hay verdadera salvación sólo allí donde existe una autodonación real de Dios, pero sólo hay autodonación real de Dios allí donde existe una real recepción de ese don por el hombre en forma humana.
 

Así, ni se establece que nuestra propia justicia nos es propia, como si procediera de nosotros, ni se ignora o repudia la justicia de Dios [Rom. 10, 3]; ya que aquella justicia que se dice nuestra, porque de tenerla en nosotros nos justificamos, es también de Dios, porque nos es por Dios infundida por merecimiento de Cristo.

DS 1547


Por la gracia el hombre alcanza la justicia ante Dios. La situación concreta en la que la gracia de Dios encuentra al hombre es, como hemos visto antes, el pecado. La gracia supone no sólo un perfeccionamiento del ser propio del hombre, sino también, teniendo en cuenta su existencia concreta un cambio real de la situación de pecador a la de justificado. La gracia realiza en el hombre pecador una dinámica concreta, un proceso de transformación de la persona que la recibe. Es lo que llamamos justificación.
 

EL ESCOLIASTA

   

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