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8. La gracia creada
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La filiación divina supone en el hombre una
transformación real que, como veíamos en Juan, a veces es descrita como
nuevo nacimiento. Es lo que la tradición teológica ha llamado la gracia
creada, distinguiéndola así de la gracia increada, que es Dios mismo en
tanto en cuanto se da y acoge al hombre. La gracia creada es el fruto
concreto y finito en el hombre de la nueva relación con Dios a la que
hemos llamado gracia increada.
A veces, en la historia de la teología, ha existido la
tendencia a cosificar la gracia creada pensando en una diversidad de
gracias que el hombre recibiera de distintas formas, pero debemos pensar
que la gracia creada no es en primer lugar una cosa, sino una nueva
forma de ser que se instaura en el hombre a partir de su nueva
relación con Dios. Ese nuevo modo de ser se puede desplegar en la
existencia humana de diversas formas, como veremos, pero en todas ellas lo
que fructifica es la única gracia de Dios Padre que consiste en acogernos
como hijos en el Hijo por el Espíritu Santo.
La gracia creada no es una realidad distinta o
añadida a la gracia increada, sino la novedad de Dios presente en la
vida del hombre que le permite vivir de una forma nueva sin que esa nueva
vida deje de ser realmente la suya. Sin la idea de la gracia creada
podríamos pensar que la obra de Dios en el hombre es una especie de
coacción, ya que sería él directamente el único que obraría la salvación y
el hombre un simple receptor pasivo, una especie de marioneta de su
creador. Pero no es así, la gracia de Dios no aniquila la libertad humana,
sino que la libera para una vida nueva, eso es lo que llamamos gracia
creada.
La nueva vida de la gracia se despliega en la
existencia del hombre abarcando todo su ser, por eso podemos distinguir
distintas gracias creadas, no porque sean dones sin relación entre sí,
sino porque el único don de Dios se hace presente de diversas formas
en los diversos ámbitos y circunstancias de la vida cristiana:
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La gracia santificante es un don habitual, una
disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para
hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe
distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente
para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias
actuales, que designan las intervenciones divinas que están en
el origen de la conversión o en el curso de la obra de la
santificación.
CIC 2000 |
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Lo que aquí menciona el Catecismo de la Iglesia
Católica como gracia santificante es lo que nosotros hemos llamado gracia
creada, es decir, la transformación que se produce en el hombre a partir
de la unión con Dios que lo hace capaz de vivir como verdadera imagen de
Dios. Esta transformación podemos entenderla como la liberación de la
libertad humana para el amor, por eso la distinción entre libertad de
hacer y de ser resulta muy esclarecedora en este caso.
Llamamos gracia habitual al hecho de que la
posibilidad de hacer una opción fundamental y decisiva en respuesta a la
llamada de Dios está sustentada en esa misma llamada, no es algo que
dependa únicamente de nuestra quebradiza voluntad, el hombre puede
sostener y fundar su sí a Dios en Dios mismo, de modo que su respuesta
pueda estar a la altura de la llamada. Por tanto la gracia habitual es la
transformación de la libertad de ser que Dios produce en el hombre para
hacerlo capaz de optar por él.
Esto mismo se realiza también en nuestra libertad de
hacer, las gracias actuales recuerdan también que Dios sustenta y
posibilita que libremente vayamos dando los pasos concretos que nos
conducen a la perfección en él. En cada elección concreta en la que el
hombre hace vivo y real un amor como el de Jesucristo encuentra el apoyo y
la cercanía de Dios como aquel que lo impulsa y fortalece en cada momento.
La distinción entre gracia habitual y gracias actuales
es una forma de expresar que la gracia, el don de Dios, abarca la
totalidad del ser humano, llena y da sentido a toda nuestra
existencia, desde el principio hasta el final. Hemos sido hechos para la
gracia, podemos alegrarnos de que esta gracia sea una posibilidad real en
la vida de los hombres por obra de Dios.
Pero la gracia creada, siendo un don íntimo que se hace
presente en lo más profundo de la libertad del hombre, no es una especie
de posesión particular que deba ser considerada como una propiedad
estrictamente privada. Si el hombre es un ser hecho para salir de sí
mismo, para la relación, la gracia es también una llamada a la
comunidad, es lo que nos recuerda el catecismo al hablar de las
gracias sacramentales:
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La gracia es, ante todo y principalmente, el
don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia
comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para
asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la
salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo,
que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales,
dones propios de los distintos sacramentos. Son además las
gracias especiales, llamadas también ‘carismas’, según
el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor,
don gratuito, beneficio (cf. LG 12). Cualquiera que sea su
carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de
lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y
tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de
la caridad, que edifica la Iglesia (cf. 1 Co 12).
CIC 2003 |
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Si la gracia nos une a Dios mismo, no puede dejar de
asociarnos a su obra, por eso no es una realidad cerrada en sí misma.
Esto se ve de forma especialmente clara en las gracias sacramentales y en
los carismas. No se trata de gracias que se den al cristiano para que se
sienta superior a los demás o simplemente mejor de lo que era. En todos
los sacramentos se otorga la gracia para hacer propia la vida de Dios para
salvación del mundo.
Debemos ver esta afirmación a la luz de lo que dijimos
anteriormente sobre que el alma es directamente creada por Dios. Si
cada uno de nosotros tiene una llamada única y original de Dios como
principio propio de su ser esto significa dos cosas: por ser algo que se
da en nosotros es algo personal y distinto en cada uno, por ser de Dios es
algo orientado al amor y la salvación del mundo. Las gracias sacramentales
y los carismas, al mismo tiempo que nos recuerdan la originalidad del
camino de cada cristiano, nos hacen presente que en todos ellos está la
única y definitiva llamada de Dios a la salvación. No se trata de pensar
si unos tienen más gracia que otros, sino de darnos cuenta de que en cada
uno de nosotros la gracia nos da todo aquello que necesitamos para unirnos
a Dios y colaborar en su obra de forma absolutamente única y personal.
La gracia, en cuanto configuración con Cristo, hace
posible en nosotros el mérito. Este es un tema que, por desgracia,
ha sido en muchas ocasiones tergiversado y malentendido, como si
pudiéramos por nosotros mismos conseguir y merecer la unión con Dios. Es
una mentalidad que subyace en el trasfondo de expresiones tan usadas como
“ganarse el cielo”. Ninguno de nosotros puede ganarse el cielo, porque el
cielo, la comunión plena con Dios, es un regalo mucho mayor que todo
aquello que por nosotros mismos podamos merecer. Por eso el Catecismo de
la Iglesia Católica afirma con razón que frente a Dios no hay, en el
sentido de un derecho estricto, mérito por parte del hombre.
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Frente a Dios no hay, en el sentido de un
derecho estricto, mérito por parte del hombre. Entre Él y
nosotros, la desigualdad no tiene medida, porque nosotros lo hemos
recibido todo de Él, nuestro Creador.
CIC 2007 |
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Dios es nuestro creador, todo lo hemos recibido de él,
por tanto todo aquello que podamos ofrecerle le pertenece ya de hecho. Por
eso, en sentido estricto, no puede haber mérito humano frente a Él. La
posibilidad del mérito es obra de la gracia, depende de la voluntad de
Dios que ha querido asociarnos libremente a su obra. ¿Qué significa esto?
Simplemente que la gracia de Dios no anula nuestra libertad, sino que la
potencia. En tanto que es una libertad potenciada por la gracia de Dios,
todo mérito debe ser atribuido a la gracia de Dios, en tanto que esa
libertad sigue siendo nuestra libertad, podemos hablar de un mérito
personal. Lo que está en juego en esta cuestión es el valor del hombre
ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo pero sin negar nuestra
individualidad y personalidad, hace posible que nuestros actos no sean
indiferentes, sino valiosos ante Dios que no ha querido salvarnos sin
contar con nosotros.
Tanto en el tema de la gracia creada como en el del
mérito lo que está en juego es algo tan fundamental como el realismo de
la salvación. Hay verdadera salvación sólo allí donde existe una
autodonación real de Dios, pero sólo hay autodonación real de Dios allí
donde existe una real recepción de ese don por el hombre en forma humana.
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Así, ni se establece que nuestra propia
justicia nos es propia, como si procediera de nosotros, ni se
ignora o repudia la justicia de Dios [Rom. 10, 3]; ya que aquella
justicia que se dice nuestra, porque de tenerla en nosotros nos
justificamos, es también de Dios, porque nos es por Dios infundida
por merecimiento de Cristo.
DS 1547 |
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Por la gracia el hombre alcanza la justicia ante Dios. La situación
concreta en la que la gracia de Dios encuentra al hombre es, como hemos
visto antes, el pecado. La gracia supone no sólo un perfeccionamiento del
ser propio del hombre, sino también, teniendo en cuenta su existencia
concreta un cambio real de la situación de pecador a la de justificado.
La gracia realiza en el hombre pecador una dinámica concreta, un proceso
de transformación de la persona que la recibe. Es lo que llamamos
justificación.
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EL ESCOLIASTA
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