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9. La justificación
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El punto de partida para comprender el proceso de la
justificación es la comprensión de la situación del hombre pecador. No es
únicamente que haya incurrido ocasionalmente en ciertas faltas morales. El
pecado es sobre todo una situación, un desequilibrio interno de la
libertad humana que impide la comunión con Dios y con los demás. Por eso
el hombre no puede salir por sí mismo de su situación de pecador,
es algo en lo que se encontraría definitivamente encerrado sin el auxilio
de la gracia. El Concilio de Trento lo describe así:
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En primer lugar declara el santo Concilio que,
para entender recta y sinceramente la doctrina de la justificación
es menester que cada uno reconozca y confiese que, habiendo
perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán
[Rom 5, 12; 1 Cor 15, 22], hechos inmundos [Is. 64, 4] y (como
dice el Apóstol) hijos de ira por naturaleza [Ef 2, 3], según
expuso en el decreto sobre el pecado original, hasta tal punto
eran esclavos del pecado [Rom 6, 20] y estaban bajo el poder del
diablo y de la muerte, que no sólo las naciones por la fuerza de
la naturaleza, mas ni siquiera los judíos por la letra misma de la
Ley de Moisés podían librarse o levantarse de ella, aun cuando en
ellos de ningún modo estuviera extinguido el libre albedrío,
aunque sí atenuado en sus fuerzas y desequilibrado.
DS 1521 |
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Lo primero que menciona el Concilio es la prevaricación
de Adán. No se trata sólo de recordar el origen del pecado original, sino
también el pecado que modela todos nuestros pecados. Lo que se pretende no
es disculpar el pecado personal apelando a un origen extraño a nosotros
mismos, sino, al contrario poner a la luz la raíz última de la
situación del pecador como necesitado de salvación.
La descripción de esta situación, consecuencia del
pecado, es tremenda: “inmundos”, “hijos de la ira”. Las expresiones pueden
resultarnos incluso desagradables, pero sólo si mantenemos nuestra
comprensión del pecado al nivel de una simple falta legal. Si vamos al
sentido profundo del pecado como negación de la auténtica realidad del
hombre, como cerrazón de su apertura original a Dios, podemos comprender
el abismo de rechazo por nuestra parte, no sólo de Dios, sino incluso de
nuestro propio ser, en el que nos sitúa. El pecador es objeto de la ira de
Dios porque Dios no puede sino rechazar todo aquello que no es justo y
bueno, y si Dios no fuera un absoluto rechazo de todo aquello que es
contrario a la justicia y la bondad no sería Dios.
Nuestros inconvenientes surgen cuando nos sentimos tan
identificados con nuestro pecado que vemos la ira de Dios como rechazo de
nuestro propio ser personal, pero no es eso. Porque Dios ama y desea la
autenticidad personal de cada hombre rechaza su ser pecador, no para
destruir su persona, sino para recuperarla para la verdad y el bien. Que
el hombre esté absolutamente necesitado de la gracia de Dios no significa
que se encuentre abandonado a las veleidades de un Dios lejano o
indiferente, sino que está necesitado de un amor y de un perdón que Dios
da sobreabundantemente en Jesucristo.
La gracia no es sólo una ayuda para hacer algo que el
hombre con su propio esfuerzo podría conseguir, sino la posibilidad de
salir de una situación sin salida. La llamada de Dios a cada hombre es
un gesto absolutamente gratuito y absolutamente necesario. Dios quiere la
salvación de cada hombre y a cada uno se la ofrece, es la convicción de la
fe cristiana.
Si la gracia de Dios es el origen necesario de la
justificación debemos ver su presencia en todo aquello que lleva a la
justificación. Por eso decimos que la preparación a la justificación es
también obra de la gracia. Justificación es entrar en una nueva
relación con Dios como hijos suyos, recibir su presencia en nuestra vida,
y sólo Dios puede hacerle sitio a Dios, sólo Dios puede preparar al hombre
para que éste sea capaz de recibir el don de la gracia. Esto ha sido
motivo de controversias a lo largo de la historia que han llevado a la
discusión sobre la predestinación.
El misterio de la predestinación salvífica de Dios
es un tema que queda de relieve en la teología de Pablo:
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Sabemos que a los que aman a Dios todo les
sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A
los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su
Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los
que predestinó, los llamó: a los que llamó, los justificó; a los
que justificó, los glorificó. Teniendo esto en cuenta, ¿qué
podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó
a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién
acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién
condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está
a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?
Romanos 8, 28-34 |
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Comienza Pablo describiendo la progresión de la obra de
Dios que escoge, llama, predestina, justifica y glorifica. La impresión es
la de un inmenso designio que todo lo abarca y del que no escapa
nada. Dios se muestra como el Señor de todo lo que ocurre, nada queda
fuera de su voluntad salvífica, de modo que todo lo que ocurre en la vida
de los que aman a Dios sirve para el bien.
Ante la visión de la magnitud del plan de Dios, de ese
abrazo que abarca toda realidad, puede surgir la duda: Si Dios lo tiene
todo previsto ¿qué sentido y qué valor tiene nuestra libertad? Si
Dios sabe ya si yo voy a alcanzar la salvación ¿qué sentido y qué valor
puede tener mi esfuerzo por cumplir su voluntad?
Antes de responder directamente a esas preguntas
debemos ir a la segunda parte de nuestro texto, donde Pablo reflexiona
sobre el fundamento de su convicción usando incluso una expresión
desconcertante: “El que no perdonó a su propio Hijo [...] ¿cómo no nos
dará todo con él?”. Ni que decir tiene que ese no perdonar a su propio
Hijo es usado en un sentido figurado, ya que Dios Padre no tiene nada que
perdonar propiamente a su Hijo. El sentido de la expresión es poner de
manifiesto que Dios no se ahorra nada para la salvación del hombre,
sino que se da a sí mismo en el Hijo para realizar su plan. De modo que
este plan salvador de Dios no sólo abarca a la creación, sino que abre en
profundidad la propia vida y relación trinitaria de Dios hacia el mundo.
Podríamos decir figuradamente que Dios se rompe para abrazar en su amor a
la creación. Si tomamos conciencia de hasta qué punto la salvación
involucra a Dios mismo podremos tener cauces para responder a las
preguntas que nos hacíamos. Dios no mira la historia de los hombres como
un extraño, se involucra en ella abriendo a los hombres su intimidad.
La cuestión de la libertad humana frente a Dios y de la
predestinación sólo tiene respuesta si nos damos cuenta de que muchas
veces los presupuestos desde los que la planteamos son incorrectos. Si
pensamos a Dios como un competidor de la humanidad, como un extraño
al mundo, el paso siguiente será ver su obra como una ingerencia
arbitraria. Pero no es ese el pensamiento de Pablo ni del cristianismo.
Dios no es un extraño, sino aquel que desde su amor
sostiene y posibilita el mundo. Dios es el origen y el fin de nuestra
libertad, no es un competidor del hombre, sino el que hace posible al
hombre. Esto supone por parte de Dios una extrema cercanía y una
extrema diferencia respecto al hombre. Cuando pensamos a Dios con
facilidad tendemos a nivelar su realidad con la nuestra, pero Dios y el
hombre no son magnitudes homogéneas. La gracia de Dios no anula la
libertad del hombre, sino que la hace posible. Por eso en la obra de la
salvación todo es obra de Dios en tanto que él sustenta y posibilita la
realidad personal y libre del hombre y todo es obra del hombre en tanto
que como persona libre así querida por Dios responde a su obra.
Otro tanto ocurre con la idea de la predestinación, que
se basa en la transposición a Dios de nuestras categorías temporales: Dios
no sabe si nos vamos a salvar “antes” de que nos salvemos, porque para
Dios no hay un “antes” y un “después”. Dios abraza la totalidad del
tiempo y lo acoge amorosamente en su eternidad, que no es una
prolongación ilimitada de lo temporal, sino un eterno presente que
nosotros, seres temporales, no podemos comprender desde nuestra realidad.
Dios lo conoce todo, pero lo conoce todo en presente, no debemos pensar en
Dios como un investigador que curiosea en nuestro pasado y en nuestro
futuro, sino como una madre que acoge toda nuestra realidad en su regazo
amoroso (Cf. CIC 600).
Desde esta seguridad podemos leer las palabras de Pablo
como la expresión de asombro del que descubre hasta qué punto Dios
introduce en su propio ser a la humanidad y cómo esa voluntad salvadora de
Dios es tan inquebrantable que puede abarcar toda realidad manteniendo
esa autonomía propia de lo creado que ha sido querida por Dios mismo.
Si la obra de salvación de Dios no anula, sino que
potencia y vivifica la realidad propia del hombre, esto significa que
también el hombre tiene un papel en ella, una respuesta que dar a
llamada de Dios: la fe. Si la obra de la salvación tiene su origen
necesario en la libre voluntad de Dios, tiene también su necesario destino
en la libre respuesta del hombre en la fe. Como ya hemos visto la
salvación consiste fundamentalmente en una nueva posibilidad de relación
con Dios, pero no hay relación si negamos toda posibilidad de acción a una
de las partes. El hombre está llamado a poner libremente su fe en Dios
porque sólo desde el reconocimiento de su realidad propia es como Dios
puede llevarlo a su plena realización:
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La fe es ante todo una adhesión personal del
hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el
asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En
cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que El
ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona
humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer
absolutamente lo que El dice. Sería vano y errado poner una fe
semejante en una criatura.
CIC 150 |
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La fe no es sólo un asentimiento intelectual, un creer
lo que no se ve, sino también una adhesión existencial, una entrega
confiada de la persona a Dios. Esta entrega sólo puede existir en
verdad allí donde Dios se ofrece, por eso la fe es don de Dios. Al mismo
tiempo, y como forma de relación interpersonal que es, necesita también de
la respuesta libre del hombre, y en ese sentido es decisión suya, no puede
haber justificación sin el asentimiento y libre cooperación del hombre a
la gracia de Dios. La justificación incluye tanto la realidad de la gracia
como llamada y oferta que sólo puede proceder de Dios como la identidad
del hombre como persona que la gracia no anula, sino potencia. La fe no es
únicamente tener por verdaderas ciertas cosas reveladas por Dios, sino de
confiar en Dios y amarlo de forma que esa confianza llegue a conformarse
como una nueva forma de vivir, como un nuevo nacimiento que incluye, no
sólo el creer ciertas verdades, sino el entregarse en libertad y amor a
Dios. Sólo Dios es digno de fe porque sólo él puede ser objeto de una
obediencia absoluta y confiada como creador y salvador de la humanidad:
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Cuando Dios revela hay que prestarle "la
obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y
totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del
entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la
revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la
gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del
Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios,
abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar
y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación
sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona
constantemente la fe por medio de sus dones.
DV 5 |
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Lo fundamental de la fe es la confianza libre y
total en Dios, en segundo lugar y como consecuencia de esa confianza
fundamental está el homenaje del entendimiento y de la voluntad. El acto
de fe es una entrega personal por la que se llega a creer y obedecer a
Dios que se nos ofrece a sí mismo en Cristo como gracia salvadora. Es esta
libre y decisiva oferta de Dios la que está en origen de la fe, por eso en
toda la vida de la fe se trasluce la obra de Dios que suscita, fortalece y
sostiene la posibilidad humana de acoger a Dios como destino último de la
propia existencia.
Afirmar que somos justificados por la fe no significa
que alcancemos la justificación por nosotros mismos. Fe significa
adherirse plenamente a Dios, reconocer que la salvación es obra suya,
renunciar a asentarnos en nuestra propia justicia. Justificación por
gracia y justificación por la fe son una misma cosa, y en ambos casos
conllevan la conversión. La necesidad de vivir según la voluntad de Dios
no es lo que nos obtiene la salvación, sino al contrario, la gracia
salvadora de Dios por la fe hace posible en nosotros una vida conforme a
la vocación a la que hemos sido llamados, una vida que anticipa la
completa bienaventuranza en Dios a la que estamos destinados. El esfuerzo
cristiano por vivir el evangelio no contradice, sino que reafirma, el
poder y la efectividad de la gracia en el hombre. Frente a esa oferta
total de Dios no caben medias tintas, es necesaria una decisión radical:
en Dios se puede creer o no creer, pero no creer a medias:
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En la fe se trata de una decisión tomada de una
vez por todas. La fe no es una opinión que se pueda sustituir con
otra opinión. Quién cree provisionalmente no sabe lo que es creer.
Creer supone una relación definitiva. En la fe se trata de Dios,
de lo que él ha hecho de una vez para siempre por nosotros. Esto
no excluye que haya vacilaciones de la fe. Pero, considerada en
relación con su objeto, la fe es una realidad definitiva. Quien
cree una vez, cree para siempre. No se asusten; considérenlo más
bien como una invitación.
Karl Barth, Esbozo de Dogmática, 28 |
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Si la fe es adhesión a Dios debe suponer la
eliminación de todo aquello que separa de Dios, comporta tanto la
remisión de los pecados como la renovación interior. Fe significa una
nueva relación con Dios que transforma la realidad íntegra del hombre. La
fe crea en el hombre una nueva situación a partir de una nueva relación
con Dios. Esta unión con Dios es lo que abre la esperanza del cristiano
hacia un cumplimiento total que sólo puede darse en Dios mismo, pero con
esto entramos ya en el tema de la Escatología.
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Para reflexionar (Temas 7-9) |
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Busca y comenta algún texto del Nuevo
Testamento donde aparezca la filiación divina de los
cristianos.
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Elige algún sacramento concreto y explica
cómo su gracia sacramental está destinada a la salvación de
todos y no sólo a la persona individual que lo recibe.
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Comenta la siguiente frase: “Sólo se puede
tener fe en Dios, y en Dios sólo se puede tener fe”.
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EL ESCOLIASTA
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