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El juicio de Dios no se refiere sólo al ser humano individual, sino que,
puesto que el hombre es también humanidad, ser social e histórico, debemos
hablar también de un juicio final de la historia, de una
instauración definitiva de la justicia de Dios en todo lo creado. La
terminación del plan de Dios sólo puede tener lugar definitivamente cuando
la historia toda de la creación alcance también su fin en la eternidad. Lo
que anteriormente dijimos de la Iglesia como comunidad que no se rompe con
la muerte debemos ahora ampliarlo a toda la creación que está en su
conjunto destinada al encuentro definitivo con Dios:
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Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el
primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no
existe. Vi a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía
del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se
adorna para su esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el
trono:
-Esta es la morada de Dios con los hombres,
acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con
ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni
luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el
que estaba sentado en el trono dijo: "Ahora hago el universo
nuevo". Y añadió: Escribe, que estas palabras mías son verdaderas
y fidedignas.
Apocalipsis 21,1-5 |
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Lo primero que llama la atención de este texto es la
ausencia de la posibilidad contraria, mientras la historia individual
de cada uno incluye la posibilidad del fracaso absoluto no podemos decir
lo mismo de la totalidad de la historia, cuyo destino está sólo en manos
de Dios. ¿Cómo es posible afirmar con esa certeza que, aún por encima del
posible rechazo de los seres humanos individuales, no es posible un
fracaso general de toda la historia de la salvación? Porque el sí dado por
Dios en Cristo a la humanidad y a la creación es irrevocable en cuanto
presencia viva y eficaz de Dios en el mundo.
La resurrección de Jesucristo es ya eco de victoria
irreversible para la creación como conjunto, porque la creación sólo
puede existir como conjunto, como cosmos ordenado, por el poder de la
Palabra de Dios que crea y rige todo. Esa Palabra original de la creación
se ha hecho salvación en Cristo. La promesa de Dios hecha realidad en
Jesucristo es el único destino de la creación. Esta promesa recibe su
fuerza primordial de la voluntad de Dios, no sólo del compromiso humano.
Dios es quien impulsa la totalidad de lo que existe hacia sí, de modo que
nos encontramos en el contexto de una realidad orientada hacia él. La
historia llegará a su destino en Dios, con nosotros o sin nosotros, pero
llegará.
La culminación de la historia está marcada por el
retorno de Cristo, la Parusía, para unir consigo esponsalmente a la
creación. Es el cumplimiento final de la resurrección de Cristo en
nosotros. La esperanza en el retorno de Cristo es la consecuencia de la fe
en su resurrección. La vida resucitada de Cristo es la que renueva el
mundo.
El universo nuevo del que habla el Apocalipsis no es
una novedad absoluta o absolutamente imprevisible, sino la novedad de
Cristo resucitado que se manifiesta en pleno poder, la victoria plena
y palmaria de la vida resucitada de Cristo en el mundo. El venir de Dios
de la nueva Jerusalén es la renovación del venir de Dios en Cristo. Al
principio del Evangelio de Juan se dice que la Palabra plantó su tienda
entre los hombres, la esperanza cristiana confía en ver esa pequeña tienda
convertida en ciudad abierta, segura y acogedora para la humanidad.
El final de la historia no es un vacío de oscuridad,
sino una presencia gozosa de Dios. Ya no quedará nada de lo que se opone a
su amor, y esto significará vivir en un mundo transfigurado que el
Apocalipsis describe como la nueva Jerusalén, un universo nuevo. Cómo sea
esa realidad supera nuestras expectativas, pero lo mismo que la fuerza de
Cristo supera ya en la vida de fe continuamente nuestras expectativas. Si
al inicio de nuestras reflexiones decíamos que el hombre se encuentra en
la encrucijada entre Dios y la creación ahora podemos afirmar que, a
través de toda la historia del pecado y de la salvación esa encrucijada
será, por el poder de Cristo muerto y resucitado, lugar de tránsito y
comunión de Dios con su creación.
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