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La moral Cristiana
sobre la sociedad: Fundamentos, objetivos y principios
Fuentes bíblicas y evolución histórica de la moral social cristiana
La Doctrina Social de la Iglesia
Doctrina sobre diversas realidades sociales
Doctrina social sobre la cultura
Doctrina social sobre la política
Doctrina social sobre la economía
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DOCTRINA SOBRE DIVERSAS REALIDADES SOCIALES 4. La familia y los más débiles de la sociedad (1)4.1. La familia Es la primera comunidad humana, anterior a la sociedad civil, desarrollada formalmente, junto con la religión, en todas las sociedades de la Tierra. 4.1.1. El matrimonio es el fundamento de la comunidad familiar Dice la Familiaris consortio en su número 11 que Dios llama al hombre a la existencia por amor y es convocado al mismo tiempo al amor. El matrimonio es el alma y fundamento de la comunidad familiar. La Doctrina social se refiere al él como una comunidad conyugal ordenada al bien de los esposos, a la procreación y a la educación de los hijos (2). a) El matrimonio es una comunidad
de amor indisoluble, cuyo autor es Dios. 4.1.2. La familia es la célula básica de la sociedad Es el principio, la base, el fundamento de la organización social; por eso tiene primacía sobre otras organizaciones sociales (3). a) A través de la familia se
integra la persona en la sociedad. Para el cristiano también la
familia es lugar por la que el hombre se integra en la “familia de
Dios”. 4.1.3. Familia y sociedad La familia es la sociedad más cercana al individuo. Es independiente y anterior a la potestad civil (4). Es una comunidad y primera escuela del trabajo. Por tanto, la familia se impone a la autoridad política. Así pues la patria potestad no puede se extinguida ni absorbida por el poder público. Familia y sociedad civil son complementarios en la defensa y promoción del bien de los individuos y del bien común. La familia tiene derecho a ser protegida por el Estado y los otros cuerpos sociales. Las instituciones del Estado y sus leyes no deben ofender a la familia y deben buscar una remuneración del trabajo justa, que sea suficiente para mantener a la familia (5). La familia tiene sus propios derechos. En la Carta de los derechos de la familia (1983), aprobada por la Santa Sede se formulan los derechos fundamentales y universales de la familia y se reclama de la sociedad que los defienda. La familia es un santuario de la vida. La Doctrina social de la Iglesia denuncia la mentalidad contra la vida: limitaciones del derecho a elegir el número de hijos, el condicionamiento de las ayudas internacionales a política de contracepción, la manipulación de las leyes naturales de la procreación, etc. 4.2. La mujer En el mensaje del Concilio a las mujeres de 8 de diciembre de 1965 se pone de relieve que ha llegado la hora que la mujer alcance una influencia social jamás procurada hasta ahora. Esta nueva realidad no significa que la mujer renuncie a su feminidad. En el contexto del relato de la Creación el Catecismo de la Iglesia Católica dice que «cada uno de los sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios». La unión de ambos es una manera de imitar la generosidad y la fecundidad del Creador. De esa unión proceden todas las generaciones de la humanidad (6). La dignidad de la mujer justifica su presencia en la vida pública. La Pacem in terris atestigua sobre todo que es en las sociedades cristianas donde se confirma la presencia de la mujer en la vida pública. En este aspecto debe valorarse también el papel materno-familiar de la mujer y la integración de las funciones maternas y profesionales. El trabajo de la mujer como esposa y como madre debe revalorizarse. La maternidad supone una aportación a la vida decisiva y básica y el proceso laboral debe adaptarse a las funciones maternas, como indica la Laborem exercens. La Familiaris consortio, por su parte, fija tres principios sobre el trabajo de la casa y la educación de los hijos: reconocimiento del trabajo de la mujer en la casa, estructuración de la sociedad para que las mujeres y madres no se vean obligadas a trabajar fuera de la casa por necesidades económicas, superación de la mentalidad que valora más el trabajo exterior que la actividad familiar. La Pacem in terris y la Familiaris consortio condenan que la mujer sea tratada como objeto de compraventa o sea discriminada en el ámbito de la educación, de la profesión o de la retribución salarial. 4.3. Los jóvenes Juan Pablo II ha sido el papa que más literatura social ha producido respecto de la juventud. Los jóvenes necesitan solidaridad y apoyo, y constituyen, junto con los pobres, la opción preferencial cristiana. Cristo es el modelo, el guía y el orientador de la existencia. Por Cristo es por donde deben conducirse los jóvenes. La juventud sufre las contradicciones y ambigüedades del mundo de los adultos. Para Juan Pablo II son personas críticas, exigentes, interpelantes, esperanzadas y buscadoras de una identidad necesaria. Para la Iglesia representan una fuerza transformadora de la sociedad, si procuran ser consecuentes consigo mismos y solidarios con los demás. Si acepta sus responsabilidades y se apoya en Cristo, la juventud posee energías y valores para superar sus dificultades y mejorar el mundo. Compete a los jóvenes especialmente, por tener “la vida por delante”, por su inquietud y su inocencia, sentirse más inclinados hacia los sufrimientos de las personas. La sexualidad y el amor se presentan como los temas de mayor distanciamiento entre los jóvenes y la Iglesia. Juan Pablo II ha denunciado las “presiones” sobre los jóvenes para que rechacen el mensaje cristiano en estos asuntos. A los jóvenes les ha pedido respeto para el cuerpo y la donación de éste en el marco de una entrega definitiva en la pareja. En torno al problema por la relación existente entre fe católica y cultura secular, Juan Pablo II indica a los jóvenes que la tarea intelectual consiste en la búsqueda de la verdad y debe conducir a dar plenitud a lo mejor de las personas. Por tanto, el intelectual debe procurar sobre todo el bien común. Entre ambas debe establecerse un constante, necesario y fructífero diálogo. 4.4. Los ancianos Tampoco, hasta el magisterio de Juan Pablo II, encontramos un tratamiento específico sobre la ancianidad. Éste es en nuestros días uno de los sectores más vulnerables de la sociedad, que adquiere a su vez mayor importancia con el envejecimiento de la población. Una de las peculiaridades de las sociedades industriales y urbanas se evidencia en su poco aprecio por los ancianos que, en muchos casos, se han transformado en auténticos marginados sociales. La Iglesia, en cambio, «valora la vejez como un tiempo de sabiduría y experiencia, de paz y de agradecimiento, de amistad y solidaridad, de aceptación, confianza y preparación para la muerte» (7). Corresponde a las familias, en primer lugar, la atención, el cuidado y la responsabilidad respecto de los mayores. Pero, cuando no puedan prestar esas ayudas, «corresponde entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades» (8).
NOTAS 1. CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado… Op. cit. B.A.C. Madrid 1996. Págs 105-123. (volver) 2. Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2201. (volver) 3. Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2207. (volver) 4. Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2202. (volver) 5. Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, núms. 2209-2211. (volver) 6. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2335. Vid. Ibíd. núm. 2393. (volver) 7. CUADRÓN, A. y OTROS. Manual abreviado… Op. cit. B.A.C. Madrid 1996. Pág 119. (volver) 8. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 2208. (volver)
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EL ESCOLIASTA 2005