www.elescoliasta.org

 

 

 

 

 

Los símbolos de la Pasión (I)

En un artículo anterior, inicié con un análisis de los Dolores de María, un recorrido por los símbolos pasionistas que habitualmente vemos en altares, retablos, pasos de Semana Santa, etc. Continuando en esta línea quiero fijarme en aquellos que están relacionados más directamente con Nuestro Señor Jesucristo, y en concreto nos centraremos en este caso tres en concreto: “La Columna con caña y flagelo”, para ver posteriormente “la corona de espinas”.

Todos estos elementos los encontramos en el instante de la flagelación del Señor. San Juan describe este momento así en su Evangelio.

 

Entonces Pilatos le dijo: "¿Luego tú eres Rey?" Respondió Jesús: "Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz." Le dice Pilatos: "¿Qué es la verdad?" Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: "Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?"

Ellos volvieron a gritar diciendo: "¡A ése, no; a Barrabás!" Barrabás era un salteador.

Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle.

Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: "Salve, Rey de los judíos." Y le daban bofetadas. (Jn 18,37-19,3)

 

 

La Columna con caña y flagelo.

 

Para analizar la flagelación del Señor, y por tanto los tres símbolos relacionados con la Pasión, me gustaría que nos fijáramos en el paso de Misterio de “La Sagrada Columna y Azotes de Nuestro Señor Jesucristo” de la Hermandad de Cigarreras de Sevilla y muy especialmente en los romanos y flagelantes que realizó para este Paso el imaginero Antonio Navarro Arteaga, pues se ajustan mucho a lo que en la realidad debió ser la tortura de Jesucristo en el Pretorio de Jerusalén.

Como leemos en el Evangelio, tras la petición del pueblo a Pilatos para que Cristo fuera crucificado, este manda que lo azoten como paso previo a la crucifixión. Luego, Pilatos, hará un último esfuerzo para evitarle la pena de muerte, pero su debilidad ante el Pueblo, le hará ceder definitivamente a estas pretensiones.

Jesús es conducido, como era habitual en estos casos, a un patio del Pretorio, donde se solía azotar a los penados. En él había una columna que se solía utilizar para atar los caballos. Esta tenía unos 50 centímetros de altura y tenía unas argollas donde se ataba al condenado. Por lo general había dos flagelantes. Cada uno se situaba a ambos lados del ajusticiado, a sus espaldas, y golpeaban de modo alternativo. La tortura era en primer lugar humillante, pues colocaban al reo desnudo en este patio o atrio y además de los azotes, como se describe en el Evangelio, lo abofeteaban, insultaban, escupían y recibía toda clase de vejaciones.

 

 

Además era bastante cruel, y eran numerosos los presos que morían en este momento. Para evitar esto a veces se les untaba con una especie de anestésico para que aguantaran un mayor número de golpes y pudieran llegar vivos a la crucifixión.

 

Si recordamos el Paso de Misterio de Cigarreras, podemos ver a la perfección como pudo ser este momento terrible de la Pasión de Cristo. Vemos, por delante de Cristo y a sus pies, a un soldado romano que unta una especie de brocha en un ungüento. Esto es el líquido anestésico del que he hablado antes, y que de forma certera y con gran rigor histórico, el imaginero trianero ha sabido plasmar en su obra. Por detrás vemos a dos sayones flagelantes, representados con gran movilidad y que dotan al Paso de una enorme vivacidad.

Nos detenemos ahora en el Flagelo de los azotes. El látigo romano, llamado “flagrum” o “flagelum”. El “Flagrum taxillatum” era un utensilio de tortura consistente en un mango corto de madera del cual estaban prendidas unas tiras de cuero que acababan en dos bolitas que podían ser de hierro o incluso de hueso de algún animal y que con frecuencia desgarraban la piel del torturado. Las heridas producidas por estas pequeñas esferas se pueden observar perfectamente en la Sábana Santa de Turín. Cerca de 200 latigazos encontramos en el Santo Sudario.

Ángel Henares

 

 

Portada | Fe | Biblia | Domingo | Pasión | Camino | Cultura | Libros | Enlaces | Correo
EL ESCOLIASTA 2007