|

|
|
11. Escatología individual
|
|
Para cada cristiano, Cristo es esperanza frente a su propia muerte. Si el
hombre ha sido definido como el animal que sabe que va a morir, el
cristiano es el hombre que sabe que, aún a pesar de la muerte, vivirá
por Cristo:
|
 |
Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado
de entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi
Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un
malhechor.
Pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por
eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también
alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria
eterna. Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él.
Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos
negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede
negarse a sí mismo.
2 Timoteo 2,8-15 |
|
Pablo toma impulso a partir de la muerte y
resurrección de Jesucristo, esta memoria es el fundamento de la
esperanza personal del cristiano que se describe en una serie de frases
paralelas que merece la pena ir detallando.
“Si morimos con él, viviremos con él”: la muerte
no es ya simplemente el fin de toda posibilidad de vida. En la muerte y
resurrección de Jesucristo se vislumbra un rayo de esperanza. El cristiano
no muere sólo, la muerte no es el abismo de separación de la vida que
muchas veces pensamos porque en ese abismo ha entrado Cristo, el Señor de
la Vida, que allí lo espera como promesa de eternidad. No se trata
únicamente de tener una vaga esperanza de cierta vida más allá de la
muerte, cosa bastante extendida, sino de tener a Cristo como garantía de
la verdad y valor de nuestra vida aún por encima de la muerte. El mismo
Cristo que alienta en gracia la vida del cristiano es el que el cristiano
espera encontrar en la muerte.
“Si perseveramos, reinaremos con él”: la
consecuencia de la esperanza no es el olvido de la vida actual, sino la
perseverancia. No se trata de esperar un más allá distinto y alejado del
más acá. El cristiano espera reinar con Cristo como el fruto cumplido de
la siembra de su vida como imagen de Dios en el mundo. Donde no hay
perseverancia no hay auténtica esperanza cristiana, sino vana ilusión. La
auténtica esperanza se nutre de la vivencia ya presente de los valores
definitivos del reino de Dios.
“Si lo negamos, también él nos negará”: la
posibilidad del rechazo total de Cristo sigue siendo una posibilidad de la
libertad humana que el amor de Dios no destruye. Si Dios nos hizo para la
libertad esto incluye la posibilidad del rechazo de Dios. Ese negarnos de
Cristo si lo negamos a él no debemos entenderlo como una venganza
resentida, sino como la aceptación por parte de Cristo de un rechazo
radical que, a pesar de aparecer como una posibilidad inaudita, está en
nuestras manos, porque en ellas la quiso Dios cuando nos dio la libertad.
“Si somos infieles, él permanece fiel, porque no
puede negarse a sí mismo”: a pesar de todo siempre queda la palabra de
la esperanza que se mantiene en Cristo, él está permanentemente ante
nosotros como posibilidad de salvación. La oferta de Dios no es un trance
pasajero, sino la apertura de su ser como amor que se ofrece del todo y
para siempre. La posibilidad de la salvación y de la condenación no son
paralelas, no se trata de dos caminos equivalentes entre los que elegir:
Dios ofrece el camino de la salvación siempre, rechazar ese camino es
construir una senda propia que es simplemente rechazo de una buena
voluntad de Dios para la humanidad que siempre se mantiene.
Concluyendo podemos decir que en este texto tenemos
expresados en la forma más breve los temas fundamentales de la escatología
individual que ahora desarrollaremos.
En primer lugar está la cuestión de la muerte,
que se mantiene siempre en el horizonte de nuestra vida como posibilidad
de pérdida total y radical. Vista en su entera realidad la muerte no es
únicamente una realidad biológica, sino también un problema teológico, ya
que en ella sale se pone de manifiesto la posibilidad del abandono
definitivo por parte de Dios, fuente de la vida.
Es esa experiencia de abandono último de Dios la que
hace de la muerte una amenaza radical a todo lo que de bueno y hermoso
tiene la vida humana. Por esa experiencia pasó Jesús en la cruz, y desde
esa experiencia introdujo en la realidad misma de la muerte la posibilidad
de vivirla como entrega libre al amor de Dios. En esa muerte única de
Cristo tanto en el abandono de Dios como en la entrega confiada en sus
manos, queda abarcada toda muerte y acogida en la relación trinitaria del
Padre y el Hijo sostenida por el Espíritu. Esa muerte de Cristo es hecha
propia por el cristiano en el bautismo:
|
 |
Los que por el bautismo nos incorporamos a
Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue
resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra
existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará
también en una resurrección como la suya.
Comprendamos que nuestra vieja condición ha
sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra
personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al
pecado: porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos
que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez
resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no
tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un vivir para Dios. Lo
mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en
Cristo Jesús.
Romanos 6,3-11 |
|
En primer lugar está la unión sacramental con la
muerte y resurrección de Cristo por el bautismo. Haber muerto con
Cristo significa participar ya de su nueva vida, y esto implica dos cosas:
vivir ya los valores de la vida de Cristo como liberados del pecado y
saber que esa vida ya no termina porque ha superado, en Cristo, a la
muerte.
Si tomamos la realidad del bautismo con la seriedad que
requiere comprenderemos su valor inaudito: para los bautizados la muerte
no es sólo una certeza futura, sino una experiencia pasada. Sabemos
de la vida más allá de la muerte porque ya vivimos en Cristo y con Cristo.
Es la unión con la muerte y resurrección de Cristo la que transfigura
nuestra experiencia de la vida y de la muerte a imagen de la suya. Nada de
cuanto de bueno hay en nuestra vida está destinado a perderse porque en
todo ello está presente la gracia de la vida en Cristo que da valor eterno
a lo que de valioso hay en nosotros.
Tanto pensar la muerte como un simple hecho biológico
propio de nuestra realidad material como racionalizarla entendiéndola como
separación de alma y cuerpo son formas insuficientes de acercarnos a ella.
El dato fundamental es la relación con Dios que la muerte pone en
duda y que Cristo, desde la misma muerte, sostiene y garantiza. La
pregunta es la posibilidad de llegar finalmente a esa unión plena con Dios
a la que el hombre está llamado desde su creación a imagen suya, y la
respuesta no es la nada, sino Cristo.
La muerte del cristiano es el cumplimiento final de
su unión con Cristo ya comenzada por el bautismo, y esto significa al
mismo tiempo encuentro con Cristo juez, porque no puede haber un morir en
Cristo que no sea al mismo tiempo morir al pecado. Cristo es juez porque
es la luz que manifiesta lo más auténticamente humano del hombre y quita
todo aquello que no es verdadera vida en él. La finalidad primaria del
juicio de Cristo no es ver desde fuera y colocar en la balanza los hechos
buenos y malos de cada uno para ver en qué sitio queda, sino dar
consistencia definitiva a todo aquello que de auténtica imagen de Dios hay
en el hombre. La muerte por parte del hombre es la terminación del tiempo
de lo provisional, del tiempo de la libertad indecisa, y por parte de Dios
es la terminación de su autoentrega en Cristo, ambas, libertad humana y
autodonación divina por fin se encuentran para llevar a su fin la historia
personal del hombre. El juicio es la comprobación de la correspondencia
de nuestro amor con el amor de Dios que se nos ha otorgado en Cristo,
el crisol en el que el pobre amor de cada uno se liberará por fin de todo
lo que empaña su autenticidad como amor de Cristo digno de eternidad.
Comparar nuestro amor con el amor de Dios supone
comprobar, y no sin dolor, que damos mucho menos de lo que recibimos de
Dios. Comprobar a plena luz lo poco que respondemos frente a un Dios que
se nos entregó sin reservas. Esto es lo que afirma la doctrina del
purgatorio, tenemos la dolorosa necesidad de desprendernos de todo
aquello que rebaja la calidad de nuestro amor para estar a la altura del
amor de Cristo. Esto supone dolor, pero no un dolor infringido
externamente por Dios, es la misma presencia amorosa de Dios la que pone
de manifiesto y destruye todo lo que en nosotros no es respuesta auténtica
a su amor. Es esto lo que afirma la fe de la Iglesia sobre el purgatorio,
no es, como también veremos respecto al cielo y el infierno, un lugar,
sino una situación existencial consecuencia del encuentro definitivo con
Cristo en la muerte.
Pensar esto en profundidad significa también darse
cuenta de lo innegablemente terrible que puede resultar este trance:
vernos medidos a la medida de Dios. Pero en ese trance el hombre no está
abandonado, se encuentra con Cristo en el que lo llama el amor de
Dios y lo sustenta la comunión de la Iglesia. Cristo, como cabeza
de la Iglesia y origen de toda gracia, es, en esta situación promesa y
perspectiva de salvación, y también, como presente en la Iglesia que es su
cuerpo, es garantía de unidad y solidaridad con la comunidad cristiana
total:
|
 |
Así, pues, hasta cuando el Señor venga
revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles (cf. Mt
25,3) y destruida la muerte le sean sometidas todas las cosas (cf.
1 Cor 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en
la tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son
glorificados contemplando claramente al mismo Dios, Uno y Trino,
tal cual es; mas todos, aunque en grado y formas distintas,
estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de
gloria a nuestro Dios. porque todos los que son de Cristo y tienen
su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí, formando una
sola Iglesia (cf. Ef 4,16). Así que la unión de los
peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de
ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de
la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes
espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más
íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la
Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella misma ofrece
a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más
dilatada edificación (cf. 1 Cor 12,12-27).
LG 49 |
|
Si la muerte no rompe, sino que profundiza nuestro lazo
de unión con Cristo, lo mismo ocurre con la unión de la Iglesia, cuerpo de
Cristo. Este es el fundamento de la oración por los difuntos y de la
veneración a los santos. La comunión eclesial en Cristo abarca el
tiempo y la eternidad, por eso nos sentimos unidos tanto a aquellos
que son purificados como a aquellos que gozan de la intimidad de Dios.
El juicio purificador de Cristo tiene un destino, la
entrada en la vida trinitaria de Dios, único final que colma
plenamente su ansia de felicidad. Participar en la vida trinitaria de Dios
no significa abolir la diferencia entre Dios y el hombre, lo cual
supondría sencillamente aniquilar al hombre como ser personal. Esta
participación en la vida humana de Dios se realiza en modo humano y
finito, es recibir el amor y el conocimiento de Dios como un vaso
puesto en una fuente que nunca deja de estar lleno, pero nunca deja de
llenarse.
La eternidad es una realidad dinámica, porque no
elimina ese continuo ir más allá de sí mismo que es el hombre, sino que
lo llena de contenido en Dios. La vida eterna no es una prolongación
indefinida del tiempo, sino su completa maduración y fructificación. No
podemos hacernos una idea concreta de qué es la eternidad porque somos
seres temporales, y sólo Dios es eterno. Lo que podemos saber es que en la
eternidad de Dios nuestra libertad habrá llegado a ser un infinito
cumplimiento del ansia de Dios que es el motor que la mantienen en
permanente búsqueda.
Compartir la vida de Dios es el destino del hombre,
no de una parte del hombre, lo cual nos plantea la cuestión del estado
del ser humano, que es alma y cuerpo, tras la muerte. En ocasiones se
resuelve fácilmente el expediente suponiendo una vida como alma
separada del cuerpo en espera de la resurrección corporal al fin del
tiempo. Esta concepción supone pensar que es posible la bienaventuranza
del hombre en el alma, pero el hombre es alma y cuerpo, no sería posible
una bienaventuranza realmente humana si no abarcara al hombre entero.
A causa de estas dificultades se ha buscado otra forma
de comprensión que se basa en el hecho de que la eternidad no es una
prolongación del tiempo, como hemos dicho. Según esto, al morir, cada uno
pasaría a la eternidad, es decir llegaría al cumplimiento definitivo,
no sólo de la persona, sino también de la historia y la creación. Lo
que ocurriría es que, en la muerte, el hombre pasaría directamente al
estado de la resurrección corporal y universal.
Ninguna de estas dos visiones carece de dificultades.
Por una parte no debemos confundir a la totalidad de la persona con su
alma, por otra, tampoco es lo mismo el juicio final de la historia que el
del individuo. Lo que nos dice la doctrina de la Iglesia es que el
juicio tiene una dimensión individual y otra comunitaria. Ambas
dimensiones son constitutivas del ser humano y realmente diferentes, no
debemos separarlas totalmente como cosas absolutamente distintas, ya
que el hombre sólo es hombre en su relación con los demás, pero tampoco
podemos confundirlas.
Relacionado con estas cuestiones está el problema de la
resurrección de la carne. En torno a esto lo que afirma la fe de la
Iglesia es, sencillamente, que la resurrección y la vida eterna son el
futuro del hombre, no sólo de una parte del hombre. En ese sentido la vida
resucitada tiene que ser una vida corporal. Pero esto no implica
necesariamente la identidad material del cuerpo, como sabemos por la
ciencia, ésta identidad material varía a lo largo del tiempo. Un adulto no
tiene un cuerpo formado por las mismas partículas materiales que cuando
era niño, y sin embargo en ambos casos se trata de un cuerpo que siente
como propio y único. En ese sentido la vida resucitada incluye la
corporalidad, cómo pueda ser esto no está dentro del alcance de nuestro
conocimiento, lo que podemos saber es que la promesa de Dios es para la
totalidad del ser humano, no solo para una parte de él.
En la Biblia este encuentro definitivo con el Hijo del
hombre adquiere también en ocasiones tintes más oscuros que no podemos
dejar de lado:
|
 |
Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y
todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y
serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de
otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá
las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá
el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre;
heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del
mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me
disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo
y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y
vinisteis a verme.
Entonces los justos contestarán: -Señor,
¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos
de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y
te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a
verte?
Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que
lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo
hicisteis.
Y entonces dirá a los de su izquierda:
-Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el
diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer,
tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me
hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la
cárcel y no me visitasteis.
Entonces también éstos contestarán: -Señor,
¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o
enfermo o en la cárcel y no te asistimos?
Y él replicará: -Os aseguro que cada vez que no
lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis
conmigo. Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida
eterna.
Mateo 25,31-46 |
|
En primer lugar se nos habla de aquellos que son
acogidos por Cristo para heredar el Reino. Puede parecer a primera vista
que lo que motiva esta posibilidad de heredar el reino son únicamente unas
actitudes morales respecto a los demás. Si fuera así al final
terminaríamos reduciendo la existencia cristiana a una cuestión moral,
pero la respuesta del Hijo del hombre es bastante más profunda que todo
esto, lo que da un valor decisivo a todas esas actitudes morales, ya de
por sí buenas, es que lo que se hace a los humildes se hace también a
Cristo. Es la decisión en favor de Cristo que se realiza en la
persona de sus hermanos la que provoca la acogida del mismo Cristo. Esta
decisión podrá ser o no consciente, pero es por Cristo, con lo que
volvemos a encontrarnos con lo que antes veíamos: es la fuerza de la vida
de Cristo la que confiere peso y eternidad a las actitudes humanas que
están en comunión con él.
Y aparecen también en esta escena los que rechazan a
Cristo. Se trata, como hemos visto antes, de rechazar a Cristo, no
sólo de ciertas actitudes morales. Respecto a esto el texto nos dice dos
cosas importantes, la primera que es posible este rechazo y la segunda que
se realiza en las actitudes que tenemos hacia los demás. La posibilidad
del rechazo de Cristo nos habla de la amplitud de la libertad humana: Dios
no ha querido una humanidad limitada en su posibilidad de elección, no
quiere de nosotros un amor que no pudiera no darse, porque entonces no
sería un amor auténtico. Es precisamente la voluntad de Dios de crear en
el hombre una posibilidad de libre acogida del don de la gracia la que
condiciona la posibilidad del rechazo. Deberíamos recibir esto como un
inmenso don de Dios que no nos impone la salvación, sino que por amor a
nuestra condición de personas libres hace que exista la posibilidad del
rechazo. El infierno no es la falta de misericordia de Dios sino, al
contrario, la misericordia de Dios no aceptada.
Lo segundo que nos dice el texto es que esa posibilidad
del rechazo se da en la propia vida. No se trata de una utopía, sino de
una posibilidad real y concreta que se nos ofrece de hecho. En
nuestra pequeña vida humana se juega realmente la cuestión de la
eternidad, y esto ocurre porque el eterno ha querido hacerse presente en
la vida de los hombres. Cristo, haciéndose hombre, ha eliminado la
distancia entre Dios y la humanidad, por eso es la comunión con Cristo en
los hermanos la que determina el valor último de nuestra vida como
aceptación del amor de Dios. De nuevo debemos darnos cuenta que es la
grandeza del don de sí mismo que hace Dios al hombre lo que fundamenta
todas estas ideas.
El infierno no es la cruel venganza de un amante
despechado, sino la forma en que se pone de manifiesto el tremendo respeto
y valor que concede Dios a nuestra propia personalidad y libertad. Lo que
nos dice la doctrina de la Iglesia en este tema es que es realmente
posible rechazar de forma definitiva el amor de Dios. El infierno, como
libertad definitivamente perdida y pervertida, sigue siendo para nosotros
un impenetrable misterio de iniquidad que sólo podemos iluminar a
la luz del misterio de la voluntad de Dios que ha dado existencia en
nosotros a un ser finito capaz de mirar cara a cara al infinito.
Todo esto lo conocemos sólo como posibilidad, no
podemos saber y la Iglesia nunca ha pretendido saber si esa posibilidad ha
sido hecha efectiva realmente en algún caso. No podemos decir de nadie que
esté en el infierno, lo que sabemos es que esa posibilidad abismal no está
fuera de lo que cada uno de nosotros puede hacer porque Dios valora
nuestra dignidad y nuestra posibilidad de elección.
|
|
EL ESCOLIASTA
|
|