El hombre a la luz de Dios. Antropología teológica.
 

Introducción
1. A imagen de Dios
2. Uno en cuerpo y alma
3. Hombre y mujer
4. El pecado
5. El pecado original
6. La concupiscencia
7. La gracia
8. La gracia creada
9. La justificación
10. Escatología
11. Escatología individual
12. Escatología colectiva
Apéndices

 

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11. Escatología individual

Para cada cristiano, Cristo es esperanza frente a su propia muerte. Si el hombre ha sido definido como el animal que sabe que va a morir, el cristiano es el hombre que sabe que, aún a pesar de la muerte, vivirá por Cristo:
 

Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor.

Pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna. Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

2 Timoteo 2,8-15


Pablo toma impulso a partir de la muerte y resurrección de Jesucristo, esta memoria es el fundamento de la esperanza personal del cristiano que se describe en una serie de frases paralelas que merece la pena ir detallando.

Si morimos con él, viviremos con él”: la muerte no es ya simplemente el fin de toda posibilidad de vida. En la muerte y resurrección de Jesucristo se vislumbra un rayo de esperanza. El cristiano no muere sólo, la muerte no es el abismo de separación de la vida que muchas veces pensamos porque en ese abismo ha entrado Cristo, el Señor de la Vida, que allí lo espera como promesa de eternidad. No se trata únicamente de tener una vaga esperanza de cierta vida más allá de la muerte, cosa bastante extendida, sino de tener a Cristo como garantía de la verdad y valor de nuestra vida aún por encima de la muerte. El mismo Cristo que alienta en gracia la vida del cristiano es el que el cristiano espera encontrar en la muerte.

Si perseveramos, reinaremos con él”: la consecuencia de la esperanza no es el olvido de la vida actual, sino la perseverancia. No se trata de esperar un más allá distinto y alejado del más acá. El cristiano espera reinar con Cristo como el fruto cumplido de la siembra de su vida como imagen de Dios en el mundo. Donde no hay perseverancia no hay auténtica esperanza cristiana, sino vana ilusión. La auténtica esperanza se nutre de la vivencia ya presente de los valores definitivos del reino de Dios.

Si lo negamos, también él nos negará”: la posibilidad del rechazo total de Cristo sigue siendo una posibilidad de la libertad humana que el amor de Dios no destruye. Si Dios nos hizo para la libertad esto incluye la posibilidad del rechazo de Dios. Ese negarnos de Cristo si lo negamos a él no debemos entenderlo como una venganza resentida, sino como la aceptación por parte de Cristo de un rechazo radical que, a pesar de aparecer como una posibilidad inaudita, está en nuestras manos, porque en ellas la quiso Dios cuando nos dio la libertad.

Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”: a pesar de todo siempre queda la palabra de la esperanza que se mantiene en Cristo, él está permanentemente ante nosotros como posibilidad de salvación. La oferta de Dios no es un trance pasajero, sino la apertura de su ser como amor que se ofrece del todo y para siempre. La posibilidad de la salvación y de la condenación no son paralelas, no se trata de dos caminos equivalentes entre los que elegir: Dios ofrece el camino de la salvación siempre, rechazar ese camino es construir una senda propia que es simplemente rechazo de una buena voluntad de Dios para la humanidad que siempre se mantiene.

Concluyendo podemos decir que en este texto tenemos expresados en la forma más breve los temas fundamentales de la escatología individual que ahora desarrollaremos.

En primer lugar está la cuestión de la muerte, que se mantiene siempre en el horizonte de nuestra vida como posibilidad de pérdida total y radical. Vista en su entera realidad la muerte no es únicamente una realidad biológica, sino también un problema teológico, ya que en ella sale se pone de manifiesto la posibilidad del abandono definitivo por parte de Dios, fuente de la vida.

Es esa experiencia de abandono último de Dios la que hace de la muerte una amenaza radical a todo lo que de bueno y hermoso tiene la vida humana. Por esa experiencia pasó Jesús en la cruz, y desde esa experiencia introdujo en la realidad misma de la muerte la posibilidad de vivirla como entrega libre al amor de Dios. En esa muerte única de Cristo tanto en el abandono de Dios como en la entrega confiada en sus manos, queda abarcada toda muerte y acogida en la relación trinitaria del Padre y el Hijo sostenida por el Espíritu. Esa muerte de Cristo es hecha propia por el cristiano en el bautismo:
 

Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya.

Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado: porque el que muere ha quedado absuelto del pecado.

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un vivir para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Romanos 6,3-11


En primer lugar está la unión sacramental con la muerte y resurrección de Cristo por el bautismo. Haber muerto con Cristo significa participar ya de su nueva vida, y esto implica dos cosas: vivir ya los valores de la vida de Cristo como liberados del pecado y saber que esa vida ya no termina porque ha superado, en Cristo, a la muerte.

Si tomamos la realidad del bautismo con la seriedad que requiere comprenderemos su valor inaudito: para los bautizados la muerte no es sólo una certeza futura, sino una experiencia pasada. Sabemos de la vida más allá de la muerte porque ya vivimos en Cristo y con Cristo. Es la unión con la muerte y resurrección de Cristo la que transfigura nuestra experiencia de la vida y de la muerte a imagen de la suya. Nada de cuanto de bueno hay en nuestra vida está destinado a perderse porque en todo ello está presente la gracia de la vida en Cristo que da valor eterno a lo que de valioso hay en nosotros.

Tanto pensar la muerte como un simple hecho biológico propio de nuestra realidad material como racionalizarla entendiéndola como separación de alma y cuerpo son formas insuficientes de acercarnos a ella. El dato fundamental es la relación con Dios que la muerte pone en duda y que Cristo, desde la misma muerte, sostiene y garantiza. La pregunta es la posibilidad de llegar finalmente a esa unión plena con Dios a la que el hombre está llamado desde su creación a imagen suya, y la respuesta no es la nada, sino Cristo.

La muerte del cristiano es el cumplimiento final de su unión con Cristo ya comenzada por el bautismo, y esto significa al mismo tiempo encuentro con Cristo juez, porque no puede haber un morir en Cristo que no sea al mismo tiempo morir al pecado. Cristo es juez porque es la luz que manifiesta lo más auténticamente humano del hombre y quita todo aquello que no es verdadera vida en él. La finalidad primaria del juicio de Cristo no es ver desde fuera y colocar en la balanza los hechos buenos y malos de cada uno para ver en qué sitio queda, sino dar consistencia definitiva a todo aquello que de auténtica imagen de Dios hay en el hombre. La muerte por parte del hombre es la terminación del tiempo de lo provisional, del tiempo de la libertad indecisa, y por parte de Dios es la terminación de su autoentrega en Cristo, ambas, libertad humana y autodonación divina por fin se encuentran para llevar a su fin la historia personal del hombre. El juicio es la comprobación de la correspondencia de nuestro amor con el amor de Dios que se nos ha otorgado en Cristo, el crisol en el que el pobre amor de cada uno se liberará por fin de todo lo que empaña su autenticidad como amor de Cristo digno de eternidad.

Comparar nuestro amor con el amor de Dios supone comprobar, y no sin dolor, que damos mucho menos de lo que recibimos de Dios. Comprobar a plena luz lo poco que respondemos frente a un Dios que se nos entregó sin reservas. Esto es lo que afirma la doctrina del purgatorio, tenemos la dolorosa necesidad de desprendernos de todo aquello que rebaja la calidad de nuestro amor para estar a la altura del amor de Cristo. Esto supone dolor, pero no un dolor infringido externamente por Dios, es la misma presencia amorosa de Dios la que pone de manifiesto y destruye todo lo que en nosotros no es respuesta auténtica a su amor. Es esto lo que afirma la fe de la Iglesia sobre el purgatorio, no es, como también veremos respecto al cielo y el infierno, un lugar, sino una situación existencial consecuencia del encuentro definitivo con Cristo en la muerte.

Pensar esto en profundidad significa también darse cuenta de lo innegablemente terrible que puede resultar este trance: vernos medidos a la medida de Dios. Pero en ese trance el hombre no está abandonado, se encuentra con Cristo en el que lo llama el amor de Dios y lo sustenta la comunión de la Iglesia. Cristo, como cabeza de la Iglesia y origen de toda gracia, es, en esta situación promesa y perspectiva de salvación, y también, como presente en la Iglesia que es su cuerpo, es garantía de unidad y solidaridad con la comunidad cristiana total:
 

Así, pues, hasta cuando el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles (cf. Mt 25,3) y destruida la muerte le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Cor 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en la tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente al mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos, aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios. porque todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí, formando una sola Iglesia (cf. Ef 4,16). Así que la unión de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella misma ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación (cf. 1 Cor 12,12-27).

LG 49


Si la muerte no rompe, sino que profundiza nuestro lazo de unión con Cristo, lo mismo ocurre con la unión de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Este es el fundamento de la oración por los difuntos y de la veneración a los santos. La comunión eclesial en Cristo abarca el tiempo y la eternidad, por eso nos sentimos unidos tanto a aquellos que son purificados como a aquellos que gozan de la intimidad de Dios.

El juicio purificador de Cristo tiene un destino, la entrada en la vida trinitaria de Dios, único final que colma plenamente su ansia de felicidad. Participar en la vida trinitaria de Dios no significa abolir la diferencia entre Dios y el hombre, lo cual supondría sencillamente aniquilar al hombre como ser personal. Esta participación en la vida humana de Dios se realiza en modo humano y finito, es recibir el amor y el conocimiento de Dios como un vaso puesto en una fuente que nunca deja de estar lleno, pero nunca deja de llenarse.

La eternidad es una realidad dinámica, porque no elimina ese continuo ir más allá de sí mismo que es el hombre, sino que lo llena de contenido en Dios. La vida eterna no es una prolongación indefinida del tiempo, sino su completa maduración y fructificación. No podemos hacernos una idea concreta de qué es la eternidad porque somos seres temporales, y sólo Dios es eterno. Lo que podemos saber es que en la eternidad de Dios nuestra libertad habrá llegado a ser un infinito cumplimiento del ansia de Dios que es el motor que la mantienen en permanente búsqueda.

Compartir la vida de Dios es el destino del hombre, no de una parte del hombre, lo cual nos plantea la cuestión del estado del ser humano, que es alma y cuerpo, tras la muerte. En ocasiones se resuelve fácilmente el expediente suponiendo una vida como alma separada del cuerpo en espera de la resurrección corporal al fin del tiempo. Esta concepción supone pensar que es posible la bienaventuranza del hombre en el alma, pero el hombre es alma y cuerpo, no sería posible una bienaventuranza realmente humana si no abarcara al hombre entero.

A causa de estas dificultades se ha buscado otra forma de comprensión que se basa en el hecho de que la eternidad no es una prolongación del tiempo, como hemos dicho. Según esto, al morir, cada uno pasaría a la eternidad, es decir llegaría al cumplimiento definitivo, no sólo de la persona, sino también de la historia y la creación. Lo que ocurriría es que, en la muerte, el hombre pasaría directamente al estado de la resurrección corporal y universal.

Ninguna de estas dos visiones carece de dificultades. Por una parte no debemos confundir a la totalidad de la persona con su alma, por otra, tampoco es lo mismo el juicio final de la historia que el del individuo. Lo que nos dice la doctrina de la Iglesia es que el juicio tiene una dimensión individual y otra comunitaria. Ambas dimensiones son constitutivas del ser humano y realmente diferentes, no debemos separarlas totalmente como cosas absolutamente distintas, ya que el hombre sólo es hombre en su relación con los demás, pero tampoco podemos confundirlas.

Relacionado con estas cuestiones está el problema de la resurrección de la carne. En torno a esto lo que afirma la fe de la Iglesia es, sencillamente, que la resurrección y la vida eterna son el futuro del hombre, no sólo de una parte del hombre. En ese sentido la vida resucitada tiene que ser una vida corporal. Pero esto no implica necesariamente la identidad material del cuerpo, como sabemos por la ciencia, ésta identidad material varía a lo largo del tiempo. Un adulto no tiene un cuerpo formado por las mismas partículas materiales que cuando era niño, y sin embargo en ambos casos se trata de un cuerpo que siente como propio y único. En ese sentido la vida resucitada incluye la corporalidad, cómo pueda ser esto no está dentro del alcance de nuestro conocimiento, lo que podemos saber es que la promesa de Dios es para la totalidad del ser humano, no solo para una parte de él.

En la Biblia este encuentro definitivo con el Hijo del hombre adquiere también en ocasiones tintes más oscuros que no podemos dejar de lado:
 

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Entonces los justos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá: -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

Y entonces dirá a los de su izquierda: -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán: -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel y no te asistimos?

Y él replicará: -Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo. Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

Mateo 25,31-46


En primer lugar se nos habla de aquellos que son acogidos por Cristo para heredar el Reino. Puede parecer a primera vista que lo que motiva esta posibilidad de heredar el reino son únicamente unas actitudes morales respecto a los demás. Si fuera así al final terminaríamos reduciendo la existencia cristiana a una cuestión moral, pero la respuesta del Hijo del hombre es bastante más profunda que todo esto, lo que da un valor decisivo a todas esas actitudes morales, ya de por sí buenas, es que lo que se hace a los humildes se hace también a Cristo. Es la decisión en favor de Cristo que se realiza en la persona de sus hermanos la que provoca la acogida del mismo Cristo. Esta decisión podrá ser o no consciente, pero es por Cristo, con lo que volvemos a encontrarnos con lo que antes veíamos: es la fuerza de la vida de Cristo la que confiere peso y eternidad a las actitudes humanas que están en comunión con él.

Y aparecen también en esta escena los que rechazan a Cristo. Se trata, como hemos visto antes, de rechazar a Cristo, no sólo de ciertas actitudes morales. Respecto a esto el texto nos dice dos cosas importantes, la primera que es posible este rechazo y la segunda que se realiza en las actitudes que tenemos hacia los demás. La posibilidad del rechazo de Cristo nos habla de la amplitud de la libertad humana: Dios no ha querido una humanidad limitada en su posibilidad de elección, no quiere de nosotros un amor que no pudiera no darse, porque entonces no sería un amor auténtico. Es precisamente la voluntad de Dios de crear en el hombre una posibilidad de libre acogida del don de la gracia la que condiciona la posibilidad del rechazo. Deberíamos recibir esto como un inmenso don de Dios que no nos impone la salvación, sino que por amor a nuestra condición de personas libres hace que exista la posibilidad del rechazo. El infierno no es la falta de misericordia de Dios sino, al contrario, la misericordia de Dios no aceptada.

Lo segundo que nos dice el texto es que esa posibilidad del rechazo se da en la propia vida. No se trata de una utopía, sino de una posibilidad real y concreta que se nos ofrece de hecho. En nuestra pequeña vida humana se juega realmente la cuestión de la eternidad, y esto ocurre porque el eterno ha querido hacerse presente en la vida de los hombres. Cristo, haciéndose hombre, ha eliminado la distancia entre Dios y la humanidad, por eso es la comunión con Cristo en los hermanos la que determina el valor último de nuestra vida como aceptación del amor de Dios. De nuevo debemos darnos cuenta que es la grandeza del don de sí mismo que hace Dios al hombre lo que fundamenta todas estas ideas.

El infierno no es la cruel venganza de un amante despechado, sino la forma en que se pone de manifiesto el tremendo respeto y valor que concede Dios a nuestra propia personalidad y libertad. Lo que nos dice la doctrina de la Iglesia en este tema es que es realmente posible rechazar de forma definitiva el amor de Dios. El infierno, como libertad definitivamente perdida y pervertida, sigue siendo para nosotros un impenetrable misterio de iniquidad que sólo podemos iluminar a la luz del misterio de la voluntad de Dios que ha dado existencia en nosotros a un ser finito capaz de mirar cara a cara al infinito.

Todo esto lo conocemos sólo como posibilidad, no podemos saber y la Iglesia nunca ha pretendido saber si esa posibilidad ha sido hecha efectiva realmente en algún caso. No podemos decir de nadie que esté en el infierno, lo que sabemos es que esa posibilidad abismal no está fuera de lo que cada uno de nosotros puede hacer porque Dios valora nuestra dignidad y nuestra posibilidad de elección.
 

EL ESCOLIASTA

   

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